Capítulo 24
Aaron
—Aaron –murmuró Sussy, sacudiéndome suavemente para que despertara.
Abrí los ojos con gran esfuerzo y la miré embelesado. Se veía bellísima con el cabello aún revuelto y el camisón ajustado en el vientre.
En los últimos meses, la mirada de sus ojos grises se había convertido en la luz de mis mañanas, y seguir despertando a su lado era todo lo que le pedía a la vida.
—Creo que ya es hora –dijo con suavidad, aunque una mueca de dolor desfiguró su sonrisa.
—¿Hora de qué?
—Creo que Liam quiere nacer.
Esas palabras terminaron de despertarme. De súbito salté de la cama con el corazón comenzando a galopar con fuerza en mi pecho y me vestí de prisa para luego ayudar a Sussy a vestirse. Casi en automático recogí los dos bolsos que desde hacía semanas teníamos preparados para cuando llegara el momento, me los colgué al hombro y salimos al pasillo.
La ayudé a bajar las escaleras con cuidado, ya que a cada paso se detenía y se doblaba de dolor.
Las contracciones se repetían con mucha frecuencia, por lo que me sentí aterrado de que Liam decidiera llegar a este mundo antes que nosotros al hospital.
Una vez en el coche, no tuve reparos en acelerar para llegar cuanto antes al hospital.
Cuando al fin dejé a Sussy al cuidado de las enfermeras creí que mi corazón se calmaría, pero me fue imposible apaciguarlo, la inquietud, la emoción, el miedo, se mezclaban para no darme paz.
Lo peor era que Sussy me necesitaba entero y firme, así que debía hacer un esfuerzo.
Hacía tiempo que me preparaba para ese día, pero para lo que no pude prepararme fue para lidiar con la fuerza de los sentimientos que se agolpaban.
De pronto me vi ofuscado. Las enfermeras iban y venían, controlaban a Sussy, la calmaban, y yo escuchaba y veía todo como a través de un velo.
Fue entonces que la miré, y vi en sus ojos grises la súplica, el pedido de apoyo, y me sentí todo un cobarde. Para ella también era la primera vez, y seguramente estaba tan asustada como yo. Además, esta situación era responsabilidad de ambos, así que debía dejar la cobardía a un lado y hacer lo que me correspondía como hombre: ser su apoyo.
Por lo tanto, me acerqué y tomé su mano para no volver a soltarla. Entonces ella la apretó con fuerza, cerró los ojos, y otra mueca de dolor atravesó su hermoso rostro.
Las contracciones se sucedían con demasiada frecuencia y tuve mucho miedo de que Sussy no soportara tanto dolor.
—Mírame, amor –murmuré junto a su rostro–. Respira conmigo.
Ella levantó su mirada y juntos respiramos al mismo ritmo una y otra y otra vez.
Era lo que habíamos practicado, pero, llegados a este punto, no estaba seguro de que diera algún resultado.
A los pocos minutos llegó la doctora, lo que nos trajo un poco de alivio, y, tras una rápida revisión, dijo con una sonrisa:
—Liam está apurado por ver a su mamá. Así que nos daremos prisa.
Entonces dio la orden de conducirla de inmediato a la sala de parto.
* * *
Con la mano libre retiré con cuidado un mechón de cabello pegado en su frente, mientras Sussy apretaba con fuerza mi otra mano que había hecho suya desde que ingresamos a la sala.
—Lo estás haciendo muy bien –repetía la doctora.
—No creo que pueda –dijo Sussy al borde de sus fuerzas.
Entonces apoyé mi frente sobre la suya, y le susurré:
—Has enfrentado muchas cosas más difíciles, amor. Ahora no estás sola, nunca más. Estoy a tu lado y veo lo valiente que eres.
El gesto de Sussy se transformó y, sin apartar su mirada de la mía, apretó nuevamente mi mano y pujó con todas sus fuerzas.
—¡Ya lo tenemos! –exclamó la doctora.
Los segundos de silencio que la siguieron nos obligó a contener la respiración.
Y luego fue el llanto. Fuerte, claro. El sonido más hermoso que haya escuchado jamás.
Entonces ambos rompimos a llorar.
Lloramos hasta que nuestros corazones encontraron la calma.
—Es un niño precioso y saludable –dijo la doctora colocando a Liam en el pecho desnudo de Sussy.
Y no se equivocaba. Era el bebé más hermoso que jamás había visto.
—Hola, mi amor –dijo Sussy con un hilo de voz, mirando ese pequeño rostro, muy cerca del suyo, que de pronto había dejado de llorar y prestaba especial atención al dulce sonido de su voz–. Papá y mamá te esperábamos con ansias.
Yo contemplaba la escena paralizado por la emoción, intentando grabar en mi retina y en mi memoria ese momento tan poderoso de amor sublime.
—Ven –musitó Sussy levantando su mirada hacia mí.
Me acerqué lentamente, ella tomó mi mano y la apoyó sobre la diminuta espalda de nuestro hijo.
—Es perfecto –musité, con los ojos anegados de lágrimas.