Una Amiga para Aaron

EPÍLOGO

EPÍLOGO

Cinco años después

Aaron

—¡Vamos, Liam, ahora sí mamá ya debe estar terminando!

Mi hijo corrió a buscar su abrigo y se acercó a mí para que lo ayudara a ponérselo.

—¡Las fores, papá! –exclamó, emocionado e inquieto, haciendo que ponerle el abrigo se convirtiera en una hazaña casi imposible–. ¡Las fores! ¡Las fores! ¡Y el cartel!

—¡Sí, sí! ¡Llevaremos todo! ¡No te preocupes!

Esa tarde Liam no había podido jugar. Estuvo conmigo todo el tiempo ansioso, preguntando incansablemente y a cada instante: “¿Ya es hora, papi?” “¿Falta mucho, papi?” Y otras preguntas por el estilo, lo que me llevó a preguntarme cómo un niño de cinco años era capaz de elaborar tanta variedad de preguntas para inquirir siempre lo mismo.

Cuando logré cerrar su cazadora y ponerle el gorro de lana y los guantes –ya que Noviembre anunciaba anticipadamente un invierno muy crudo–, recogimos de la mesa de la sala el ramo de lirios blancos que juntos habíamos comprado para Sussy y el cartel que Liam había dibujado y escrito con mi ayuda para celebrar a su madre, y salimos de prisa de la casa.

Ya en el coche y con mi hijo asegurado en su sillita, nos dirigimos al campus de la universidad. Una vez que aparcamos, alcé a mi pequeño y, con el ramo y el cartel en brazos, nos dirigimos al edificio de la facultad de ingeniería.

Liam no cabía en sí de la emoción y daba pequeños saltitos, nervioso por la espera.

Cuando al cabo de una media hora Sussy apareció en lo alto de la escalinata con una enorme sonrisa en su rostro, supe que había aprobado su último examen.

—¿Ahora? –preguntó Liam a mi lado.

—Sí.

Entonces desplegó su cartelito en el que había trabajado durante los últimos tres días y en que había dibujado un puente, y debajo del cual había escrito la leyenda: “Felicidades, mamá ingeniera!”.

Al vernos, Sussy bajó corriendo las escalinatas, se arrodilló frente a Liam y lo abrazó con fuerza estampando un beso sonoro en su mejilla.

—Gracias –le dijo emocionada tomando el cartel en sus manos y, girándolo, lo leyó con una sonrisa embelesada.

Luego se puso de pie, de la mano de nuestro hijo se acercó a mí sin dejar de sonreír y volvió a decir “gracias” antes de tomar las flores y besarme en los labios.

—Felicidades, ingeniera –musité con una sonrisa llena de orgullo.

Y no era para menos. Sussy se había esforzado mucho todos estos años. Con Liam en brazos, entre pañales y biberones, no había dejado de estudiar un solo día.

Al principio, yo me había mudado a su cuarto y habíamos instalado, en un sector, la mesa de estudio con los libros, la laptop, el escalímetro, el juego de escuadras, compás y estilógrafos, todo cerca de la cuna para no descuidar a Liam. También habíamos aprendido a estudiar en voz baja.

Cuando después de la boda tuvimos nuestra propia casa, en el ala este de la casona, y Liam tuvo su propio cuarto, Sussy siguió estudiando incansablemente sin descuidar a nuestro hijo. Aun cuando yo insistía en hacerme cargo de su cuidado, ella insistía en estar siempre para él. “Los primeros años son esenciales en la formación de la empatía”, decía. “Para que se desarrolle mentalmente sano debemos fortalecer nuestros lazos desde el inicio”.

Nunca había visto en mi vida de lo que era capaz una mujer.

Mi madre no había sido un buen ejemplo, ya que nunca se había hecho cargo de mí, ni siquiera ya casada con mi padre aunque fuera para imitar su ejemplo de dedicación.

Pero Sussy era extraordinaria: sorprendentemente multifacética, todo lo hacía bien.

Como madre era atenta y comprometida, como alumna era inteligente y dedicada, y, al final del día, cuando agotados de tanto ajetreo nos recogíamos en nuestro cuarto, su intensidad como mujer nunca dejaba de sorprenderme.

Así era Sussy, simplemente perfecta.

Por eso se merecía todo nuestro amor y nuestro reconocimiento. El de nuestro hijo y el mío.

En realidad, toda la familia la adoraba, por eso el día en que aprobó su último examen, nos reuniríamos a la noche en nuestra casa, en una cena familiar para celebrar sus logros.

* * *

Sussy

Esa tarde, al terminar de rendir mi último examen de la carrera de Ingeniería Civil en la Universidad del Norte de Arizona, y salir del edificio de la facultad, me sentí la mujer más afortunada del mundo.

Atrás habían quedado los golpes, las humillaciones y los abusos. Esa parte oscura de mi vida ya se sentía lejana y había dado lugar a otra llena de luz y felicidad.

Mi hijo y mi esposo me aguardaban, con una sonrisa de sol y mirada llena de amor, al pie de la escalinata.

Mi pequeño Liam tenía en sus manos, de cabeza, un cartelito en el que había dibujado un puente con sus propias manos, como todo un artista, y había escrito, seguramente con la ayuda de su padre, un mensaje de felicitación.




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