Una apuesta con el vaquero

Introducción

—¿Es cierto que mis padres te contrataron para enamorarme?

El corazón me dio un vuelco, pero me obligué a mantener una expresión indiferente.

—No sé de qué estás hablando.

—Renata.

Su voz salió baja y peligrosa.

Mala señal.

—¿Qué?

—No me mientas.

Dejé escapar un suspiro exagerado.

—Ya vas a comenzar con el drama.

—¿Drama?

—Sí, drama. Pareces una de esas telenovelas que veía mi abuela.

Sus ojos se entrecerraron.

—¿Es cierto o no?

Lo observé durante unos segundos.

Negarlo ya no tenía sentido.

—Bien. Sí. Tus padres me contrataron.

Esperé que gritara.

No lo hizo.

Y eso fue peor.

—Increíble.

—Tampoco fue mi idea.

—¿Y de verdad creíste que podrías enamorarme?

Me puse de pie lentamente y crucé los brazos.

—Puedo hacer muchas cosas cuando me lo propongo.

Una sonrisa burlona apareció en sus labios.

—¿Estás segura?

Algo en su mirada cambia que me produce escalofríos, aun así, no le demuestro nada y levanto el mentón con seguridad.

—Completamente.

Lucas se inclinó hacia mí.

—Entonces hagamos una apuesta.

Fruncí el ceño.

—¿Qué clase de apuesta?

—Tienes seis meses.

—¿Para qué?

—Para enamorarme.

Solté una carcajada.

—Eso era exactamente lo que pensaba hacer.

—No. Lo que ibas a hacer era seguir las instrucciones de mis padres.

Sus ojos se clavaron en los míos.

—¿Y qué pasa cuando gane?

La sonrisa de Lucas se ensanchó.

—No vas a ganar, cariño.

—Eso es lo que tú crees.

—No. Eso es lo que sé.

Rodé los ojos.

—Qué humilde.

Lucas soltó una risa.

—Si dentro de seis meses consigues enamorarme, admitiré que me equivoqué contigo. Les diré a mis padres que tenían razón y te daré personalmente el dinero que te prometieron e incluso el doble.

Mi corazón dio un pequeño salto.

—¿Y si pierdo?

Sus ojos brillaron con diversión.

—Entonces renuncias.

—¿Renuncio?

—Al dinero. Al trato. Y admitirás que no pudiste hacerlo.

Lo observé durante unos segundos.

Era una apuesta absurda.

Ridícula y completamente imposible para él. Porque Lucas Walker era arrogante, insoportable y demasiado seguro de sí mismo, justo por eso quería verlo perder.

Le extendí la mano.

—Trato hecho.

Su mirada descendió hasta mi mano, luego volvió a mis ojos.

—Ni siquiera has preguntado la regla más importante.

Fruncí el ceño.

—¿Cuál?

Lucas tomó mi mano y la apretó suavemente.

Demasiado suave.

—Que el primero que se enamore, pierde.

Por alguna razón, mi estómago dio un vuelco.

Y por primera vez desde que comenzó aquella locura, tuve la extraña sensación de que tal vez yo no era la única que estaba entrando en territorio peligroso.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.