Renata
Si existía una persona capaz de arruinarme el día con solo aparecer, esa persona era Lucas Walker y eso que el día ya había comenzado bastante mal.
Había pasado toda la mañana revisando facturas atrasadas del hotel, discutiendo con el proveedor de lavandería y tratando de ignorar la carta del banco que seguía sobre el escritorio como una amenaza silenciosa.
Lo único que necesitaba era comprar algunas cosas para la cocina del hotel y regresar a trabajar.
Nada complicado.
Nada peligroso.
Nada relacionado con Lucas Walker.
Por desgracia, el universo parecía odiarme. Empujaba mi carrito por el supermercado cuando lo vi al final de uno de los pasillos.
Alto.
Molestamente atractivo.
Con su estúpida camisa de cuadros arremangada y ese sombrero de vaquero que parecía pegado a su cabeza desde el nacimiento. Lucas estaba examinando unas latas de café, mi primer impulso fue girar el carrito y desaparecer.
El segundo fue más fuerte.
—No sabía que el circo había llegado a la ciudad― Mis palabras salen automáticamente, no puedo desaprovechar el momento para insultarlo.
Lucas levantó la vista, sus ojos azules se encontraron con los míos.
—Y aquí tenemos al payaso más tonto de todos―Cruzo los brazos y una sonrisa apareció lentamente en su rostro.
La sonrisa de alguien que acababa de encontrar entretenimiento gratis.
—Deberían fumigar más seguido―Dice sin despegar la mirada.
Fruncí el ceño.
—¿Qué?
—Hay bichos que no se acaban fácilmente y cucarachas que sobreviven hasta al veneno.
Abrí la boca, indignada.
—¿Me llamaste cucaracha?
—Tú me dijiste payaso.
Respiro hondo conteniendo mi instinto asesino.
—Estamos a mano.
—Eres un imbécil.
—Y tú una molestia.
—Nadie te preguntó.
—Nadie te invitó a hablar.
Sentí cómo mi paciencia desaparecía. No era una sorpresa, Lucas tenía ese efecto en mí desde que éramos niños. Habíamos crecido en el mismo pueblo, asistido a la misma escuela, compartido demasiados años de peleas, discusiones y venganzas absurdas y después de todo ese tiempo seguíamos sin soportarnos.
Algunas personas estaban destinadas a enamorarse, nosotros parecíamos destinados a declararnos la guerra.
Lucas tomó una lata de café y la metió en su carrito.
—Bueno, cucaracha, fue un placer verte.
—No me llames así―Gruñí furiosa.
—Nos vemos… Cu-Ca-Ra-Cha.
Sonríe antes de darse la vuelta y empezar a alejarse y entonces tomé una decisión terrible.
Una decisión impulsiva.
Infantil.
Completamente necesaria.
Corrí dos pasos y salté sobre su espalda y le agarré las orejas.
—¿Quién es la cucaracha ahora?
—¡Renata!
Lucas soltó un grito que hizo girar varias cabezas.
—¡Suéltame!
—¡Pídeme disculpas!
—¡Estás loca!
—¡Dilo!
—¡Bájate de encima!
Intentó sujetarme las muñecas mientras daba vueltas sobre sí mismo y yo me aferré con más fuerza.
—¡Jamás!
—¡Te vas a matar!
—¡Tú primero!
—¡Renata!
Perdió el equilibrio y durante una fracción de segundo ambos comprendimos exactamente lo que iba a pasar.
—Oh, no...
Fue lo único que alcancé a decir.
Lucas tropezó contra una exhibición de productos de limpieza. Las cajas comenzaron a tambalearse y después a caer y finalmente nosotros caímos con ellas.
El estruendo resonó por todo el supermercado. Botellas de detergente rodaron por el suelo, paquetes de esponjas salieron volando. Una montaña entera de productos terminó desplomándose sobre nosotros.
Durante unos segundos reinó un silencio absoluto.
Luego escuché una voz horrorizada.
—¡Dios mío!
Otra.
—¡Llamen al gerente!
Y una tercera.
—¿Otra vez ustedes dos?
Abrí los ojos.
Seguía acostada sobre Lucas y varias personas nos observaban como si fuéramos animales escapados de un zoológico.
Lucas me miró, yo lo miré.
—Te odio ―Susurro cerca de mi rostro.
—El sentimiento es mutuo― Murmure sin despegar la mirada de odio.
—Esto fue tu culpa.
—¿Mi culpa?
—Si no hubieras nacido, nada de esto habría pasado.
Antes de que pudiera responder, la voz del gerente resonó por el pasillo.
—¡RENATA! ¡LUCAS!
Lucas cerró los ojos.
Yo hice exactamente lo mismo.
Porque cuando el gerente usaba ese tono, significaba que estábamos a punto de ser expulsados del supermercado por tercera vez en menos de un año.