Una apuesta con el vaquero

Capitulo 2

Renata

Ser regañada como si fuera una niña era una de las experiencias más humillantes del mundo y, por desgracia, siempre terminaba pasando por culpa de Lucas Walker.

Estamos en la oficina de Miguel, el gerente del supermercado. Nos reprendía una vez más por nuestro comportamiento y por el desastre que acabábamos de provocar. Lucas y yo permanecíamos de pie frente a su escritorio, con las manos a la espalda, como dos estudiantes castigados por pelear en el recreo.

—En serio, ustedes dos ya tienen casi treinta años y siguen comportándose como adolescentes.

—¿Qué dijiste? —pregunté indignada—. ¿Treinta? ¿Acaso estás loco?

—Tengo veintisiete —intervino Lucas a mi lado—. Ella diez.

Le lancé una mirada asesina.

—Imbécil.

—Todo esto es tu culpa —continuó señalándome—. Fuiste tú la que me atacó y mira el desastre que ocasionaste.

Abrí la boca, ofendida.

—¿Lo ocasioné yo? ¿Acaso no fuiste tú quien me lanzó contra la estantería?

—¡Basta! —Miguel golpeó el escritorio con la palma de la mano—. ¡Ya son adultos, por Dios! Deben dejar esa estúpida guerra que se tienen antes de que terminen matándose.

Hizo una pausa y nos observó con evidente cansancio.

—O peor, matando a alguien con una de sus imprudencias.

Lucas soltó un suspiro, sacó la billetera del bolsillo y extendió una tarjeta de crédito.

—Cárgalo todo a mi cuenta. Pagaré los daños como siempre.

Luego me dirigió una mirada de reojo.

—Yo sí tengo dinero para hacerlo.

Apreté los dientes.

Odiaba cuando hacía eso.

Odiaba que siempre encontrara la forma de recordarme que él tenía dinero de sobra mientras yo apenas lograba mantenerme a flote.

Sin decir una palabra, giré sobre mis talones y abandoné la oficina.

Siempre era lo mismo.

El idiota encontraba una manera de humillarme. Puede que ahora mismo estuviera al borde de la quiebra y que el hotel de mi abuelo estuviera hundiéndose poco a poco, pero eso no iba a durar para siempre.

Encontraría una solución.

Tenía que encontrarla. Porque no iba a permitir que el lugar donde crecí desapareciera.

—¡Renata!

Escuché la voz de Lucas detrás de mí, pero decidí ignorarlo.

Seguí caminando hasta llegar al estacionamiento y me dirigí a mi vieja camioneta.

—¿Todavía sigues conduciendo esa basura? —preguntó al alcanzarme—. Deberías cambiarla.

—¿Y a ti qué te importa?

Metí la llave en el contacto y la giré.

Nada.

Lo intenté de nuevo y otra vez.

Nada.

Maldición.

Por supuesto que tenía que pasar justo hoy y por supuesto que tenía que ocurrir delante de Lucas.

—¿Quieres que llame al depósito de chatarra para que por fin le den una sepultura digna? —preguntó con una sonrisa burlona.

—¡Cállate!

Volví a intentarlo.

Una vez más.

Y entonces, como si el cielo hubiera decidido compadecerse de mí, el motor rugió.

Una sonrisa triunfal apareció en mi rostro, bajé la ventanilla y le mostré el dedo medio y aceleré. Por el espejo retrovisor alcancé a ver cómo una nube de polvo cubría por completo a Lucas Walker.

Aquello no solucionaba ninguno de mis problemas.

Pero al menos mejoró mi humor.

Llegue al hotel y me quede estacionada observando el lugar.

El hotel de mi abuelo no era un lugar de cinco estrellas ni aparecía en revistas de turismo, era mucho mejor que eso.

Se alzaba sobre una pequeña colina a las afueras del pueblo, rodeado por extensos campos que parecían no tener fin. Desde el porche principal se podía contemplar el amanecer tiñendo de oro los pastizales y, al atardecer, el cielo se convertía en una mezcla de tonos naranjas y rojizos que parecían sacados de una pintura.

El edificio estaba construido casi por completo de madera envejecida. Los años habían dejado marcas visibles en algunas paredes y las barandillas del porche necesitaban una nueva capa de pintura, pero seguía conservando el encanto que lo había convertido en uno de los lugares favoritos de los viajeros.

Una enorme mecedora descansaba junto a la entrada principal, acompañada por varias sillas donde los huéspedes solían sentarse a beber café mientras observaban los caballos correr a la distancia.

Por dentro, el hotel era acogedor y sencillo. Los pisos de madera crujían bajo los pies, las habitaciones estaban decoradas con muebles rústicos y fotografías antiguas del pueblo, y una gran chimenea de piedra ocupaba el centro del salón principal.

No era perfecto.

Algunas habitaciones necesitaban reparaciones, el techo goteaba cuando llovía demasiado fuerte y el negocio llevaba años perdiendo clientes.

Pero para mí era mucho más que un hotel.

Era el lugar donde aprendí a caminar.

Donde mi abuelo me enseñó a montar a caballo, donde la abuela me enseño a hacer galletas. Donde pasé cada verano de mi infancia y también era el último recuerdo que me quedaba de ellos dos.

Por eso no pensaba perderlo, estoy dispuesta a hacer lo que sea por salvarlo e incluso vender mi alma al diablo.




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