Una apuesta con el vaquero

Capitulo 3

Renata

—¡¿Pero qué fue lo que te pasó?! —preguntó Anabel apenas crucé la puerta.

—Lucas Walker —gruñí sin detenerme.

Seguí caminando hacia las escaleras. Lo único que quería era encerrarme en mi habitación y darme una ducha.

—Eso era de esperarse. Siempre que ustedes dos se encuentran ocurre una catástrofe.

Fue lo último que escuché antes de cerrar la puerta.

Necesité una ducha larga para quitarme la sensación pegajosa que me cubría la piel. Entre detergente, suavizante, jabón y quién sabía qué más, sentía que acababa de sobrevivir a una explosión en una lavandería industrial.

Cuando por fin dejé de oler a productos de limpieza, me vestí y bajé a la oficina.

—¿Qué tenemos para hoy? —pregunté mientras me dejaba caer en la silla detrás del escritorio.

—¿Además de facturas por pagar y daños por reparar? Nada importante —respondió Anabel con evidente sarcasmo.

Levanté la vista.

—No estoy para chistes.

—Lo siento. A veces olvido que después de ver a Lucas Walker tu humor se vuelve insufrible.

Ignoré el comentario y tomé la primera carpeta.

Anabel suspiró.

—Quizá deberíamos salir un rato.

—No tengo ganas.

Abrí una factura, luego otra y otra más.

Cada cifra era una nueva puñalada en el estómago.

—Renata, necesitas despejar la mente.

—No puedo.

—Llevas meses trabajando sin descansar.

—Y seguiré haciéndolo.

Levanté la mirada.

—No voy a dejar que este lugar desaparezca.

Mi voz salió más firme de lo que esperaba.

—Si tengo que trabajar hasta caerme de agotamiento, lo haré.

Anabel negó con la cabeza.

—No digas eso.

—Es la verdad.

—¿Y de qué servirá salvar el hotel si te destruyes en el proceso?

—Lo habré salvado.

—Eso es una tontería.

Se puso de pie y cruzó los brazos.

—Lo que estás haciendo no es vivir. Es castigarte.

Suspiré.

—Ahora mismo no puedo permitirme descansar.

—Y yo te digo que vas a terminar enferma si sigues así.

—Anabel...

—No, escúchame.

—Ya hablamos de esto.

Mi tono dejó claro que la conversación había terminado. Ella me observó durante unos segundos antes de rendirse.

—Eres imposible.

—Lo sé.

Mi amiga salió de la oficina sin decir una palabra más.

Me quedé sola.

Otra vez.

Mi mirada recorrió el lugar. La oficina era pequeña y sencilla. Los muebles tenían años de uso y la pintura comenzaba a desprenderse en algunas esquinas.

Igual que el resto del hotel.

Igual que todo lo que me rodeaba.

Me levantaba antes del amanecer y me acostaba entrada la madrugada. Había aprendido a ser carpintera, plomera, electricista, recepcionista, cocinera, administradora, camarera y limpiadora.

Prácticamente hacía el trabajo de diez personas.

Por eso Anabel había cerrado temporalmente su cafetería para ayudarme. Según ella, era la única forma de asegurarse de que no me encontraran muerta de agotamiento algún día y aunque me burlaba cada vez que lo decía, agradecía su ayuda más de lo que era capaz de expresar.

Porque la verdad era que estaba perdiendo la batalla. Los daños seguían apareciendo, las reservas seguían disminuyendo. Las facturas seguían acumulándose y el dinero seguía desapareciendo.

Mis ojos terminaron posándose sobre un sobre rojo colocado en una esquina del escritorio.

El sello del banco resaltaba como una sentencia.

Mi pecho se tensó, ya no quedaban más prórrogas. Ya no quedaban más oportunidades, sabía perfectamente lo que decía esa carta incluso sin abrirla. Si no conseguía el dinero pronto, perdería el hotel y cuando imaginaba ese edificio vacío, abandonado y vendido al mejor postor, sentía que alguien me arrancaba el aire de los pulmones.

Porque aquel lugar no era solo un negocio, era mi hogar. El legado de mi abuelo y si lo perdía... No estaba segura de poder sobrevivir a eso.




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