Lucas
El trabajo tenía algo que siempre había agradecido.
No hablaba, no juzgaba, no intentaba decirme cómo vivir mi vida. Las vacas no preguntaban cuándo pensaba casarme, los caballos no se preocupaban porque todavía no tuviera hijos y los toros, definitivamente, no creían que mi felicidad dependiera de encontrar una esposa.
Por eso prefería pasar mis días en el rancho.
El sol apenas comenzaba a elevarse cuando ya estaba montado a caballo recorriendo los pastizales. Una ligera capa de polvo cubría mis botas y la camisa comenzaba a pegarse a mi espalda por el calor.
Observé al ganado avanzar lentamente hacia los corrales de embarque.
Aquel lote llevaba meses preparándose para la venta y al día siguiente sería transportado a su nuevo propietario.
Todo tenía que salir perfecto.
—¡Más despacio con ese grupo! —grité a uno de los trabajadores.
El muchacho levantó una mano para indicar que me había escuchado.
Moví a mi caballo hacia el extremo del corral mientras vigilaba que ningún animal se separara del resto.
El ganado era caro, un simple error podía costar miles de dólares.
—Revisen otra vez las compuertas —ordené.
—Ya lo hicimos esta mañana.
—Entonces háganlo otra vez.
El hombre soltó una risa.
—Sí, jefe.
Ignoré la burla.
Llevaba demasiados años haciendo aquello para confiarme. Un descuido era suficiente para convertir un día tranquilo en una pesadilla.
Pasé horas supervisando cada detalle.
La alimentación, los documentos de transporte, las vacunas, El estado de los remolques.
Todo.
Cuando finalmente terminé, el sol ya comenzaba a descender. Me dolían los hombros. Tenía polvo hasta en lugares donde no debería existir polvo y lo único que quería era una ducha caliente y una cena abundante.
Lamentablemente, la vida rara vez cooperaba con mis planes.
Supe que algo iba mal en cuanto vi su camioneta en el estacionamiento.
Maldición.
Cerré los ojos durante un segundo, ya conocía esa escena. Entrar, sentarme y escuchar una conferencia sobre mi vida.
Solté un suspiro y me dirigí hacia la entrada.
Mis padres estaban sentados en el comedor cuando crucé la puerta. Mi madre levantó la vista de inmediato y mi padre me observó con una sonrisa tensa.
—Hola, hijo —saludó mi madre.
—Hola.
Me acerqué para besar su mejilla, luego hice lo mismo con mi padre.
—¿Qué hacen aquí?
Mi padre se jubiló joven y me dejo el rancho para que el y mi madre pudieran compartir como pareja antes de que el tiempo le pasara factura y ser demasiados viejos para hacerlo. Por eso se la pasan viajando y ahora mismo pensé que seguían en su viaje por Europa.
—Vinimos a verte, hace mucho que no nos sentamos a hablar.
Eso era exactamente lo que me preocupaba.
Mis padres tienen casas en todos lados, en la ciudad y una cabaña en nuestras tierras para tener privacidad. Los fines de semana cuando ellos están voy y ceno con ellos, pero en esos momentos no se toca ningún tema personal y es agradable, no cuando vienen de esta forma presentándose serios, como si fuese un citatorio y esa razón normalmente terminaba convirtiéndose en un dolor de cabeza para mí.
Tomé una botella de agua del refrigerador.
—¿Y qué hice ahora?
—Nada —respondió mi madre.
—Entonces definitivamente hice algo.
Mi padre soltó una pequeña carcajada.
Mi madre no.
Mala señal.
—Lucas, estás trabajando demasiado.
Ahí estaba.
La cantaleta de siempre.
—Estoy bien.
—No lo estás.
—Mamá...
—Mírate.
Señaló mi ropa llena de polvo.
—Trabajas desde antes de que salga el sol hasta después de que se oculta.
—Porque tengo un rancho que administrar.
—También tienes una vida.
Bebí un largo trago de agua.
—Precisamente esto es mi vida.
Mis padres intercambiaron una mirada.
Otra mala señal.
—Hijo —comenzó mi padre—. No puedes seguir encerrándote aquí para siempre.
—No estoy encerrado.
—Vives para trabajar.
—Y me gusta.
—Porque sigues atascado en el pasado.
Solté un suspiro.
Ahí llegábamos.
Siempre.
Inevitablemente. A ella, a mi ex. La mujer que había hecho varias promesas, la mujer que me había roto el corazón.
La mujer que, según mis padres, seguía gobernando cada decisión de mi vida.
—Otra vez no.
—Lucas...
—No.
Apoyé ambas manos sobre la mesa.
—Ya hemos hablado de esto.
—Entonces escúchanos.
—Los escucho todos los meses.
Mi madre me dedicó una mirada paciente.
—Solo queremos que seas feliz.
—Soy feliz.
—No pareces feliz.
—Porque llevo doce horas trabajando con ganado.
—Sigues solo.
Ahí estaba el verdadero problema.
No el trabajo, no es el rancho, no son las largas jornadas. El problema era que seguía soltero.
Mi padre se aclaró la garganta.
—Tu madre y yo creemos que deberías darte una oportunidad.
—¿Con quién?
—Con alguien.
—Gran plan.
—Lucas.
—No estoy esperando que ella vuelva.
El silencio llenó la habitación.
Porque aquella era la parte que nunca entendían. Sí, había amado a esa mujer. Mucho, más de lo que debería y durante un tiempo había creído que jamás lograría superarlo, pero eso había quedado atrás.
Ya no esperaba llamadas, ya no revisaba fotografías, ya no me preguntaba qué habría pasado si las cosas hubieran sido diferentes.
Simplemente seguí adelante.
Lo único que mis padres parecían incapaces de comprender era que superar a alguien no significaba salir corriendo a buscar otra persona.
—Ella no va a volver —dijo mi madre suavemente.