Una apuesta con el vaquero

Capitulo 5

Lucas

No me sentía precisamente de buen humor.

El dolor de cabeza no ayudaba y, para rematar, la conversación con mis padres me había dejado un sabor amargo en la boca.

No me gustaba decepcionarlos, nunca me había gustado. Pero tampoco podía convertirme en la persona que ellos querían que fuera.

Era soltero y me gustaba serlo.

Después de la decepción que me llevé con mi ex comprendí que no había nada malo en estar solo. Al principio me costó aceptarlo. Pasé meses preguntándome qué había hecho mal y pensando que quizá las cosas habrían sido diferentes si hubiera actuado de otra manera.

Pero el tiempo terminó haciendo lo suyo.

La superé.

Lo que mis padres parecían incapaces de entender era que superar a alguien no significaba salir corriendo a buscar una nueva relación.

He visto a demasiados amigos peleando constantemente con sus parejas, discutiendo por tonterías o viviendo pendientes de los problemas de otros. La única relación realmente perfecta que conozco es la de mis padres y, siendo sincero, las probabilidades de encontrar algo así son prácticamente nulas.

Por eso aprendí a disfrutar de mi soledad. No tenía que darle explicaciones a nadie, no tenía que justificar mis horarios, no tenía que preocuparme por nada más que por mi rancho y así estaba bien.

Entré al supermercado empujando un carrito de compras. De inmediato sentí varias miradas sobre mí.

Maldición.

—Hola, Lucas —saludó una de las cajeras.

—Hola.

—Lucas, qué alegría verte.

Ni siquiera tuve que girarme para reconocer aquella voz.

Matilda.

Excompañera de colegio.

Coqueteadora profesional, problema recurrente.

—Justo estaba pensando en ti.

Seguí caminando.

—¿Necesitas algo?

—Sí.

Aceleró el paso para colocarse a mi lado.

—Me preguntaba cuándo vas a invitarme a cenar.

Pestañeó varias veces, parecía que intentaba seducirme o expulsar una pestaña del ojo.

Todavía no estaba seguro.

—Estoy ocupado.

—No seas grosero.

Se cruzó delante del carrito.

—La otra vez dijiste que lo haríamos.

—Dije que lo pensaría.

—¿Y?

—Y ya lo pensé.

Su sonrisa se amplió.

—Perfecto.

—Y la respuesta es no.

Su sonrisa desapareció.

Aproveché el momento para seguir caminando.

El carrito golpeó ligeramente su costado.

—Lo siento.

No lo sentía.

Continué avanzando mientras escuchaba sus protestas detrás de mí.

Odiaba venir al pueblo.

Las mujeres parecían convencidas de que estar soltero significaba que estaba buscando esposa y no era el caso. Tomé varias cosas de los estantes y las lancé al carrito.

Cuando pasé frente a la sección de bebidas, agregué algunas botellas de licor. Quizá una copa me ayudaría a soportar aquel día.

O quizá dos.

—No sabía que el circo había llegado a la ciudad.

Cerré los ojos.

Por supuesto.

Porque el universo todavía no había terminado de castigarme. Giré la cabeza y allí estaba.

Renata Salazar.

Con su expresión desafiante, sus brazos cruzados y esa capacidad sobrenatural para arruinar cualquier momento de paz.

—Y aquí tenemos al payaso más tonto de todos.

Sonreí.

Quizá aquello era exactamente lo que necesitaba. Porque si había algo que disfrutaba más que trabajar con ganado, era fastidiar a Renata.

—Deberían fumigar más seguido.

La observé de arriba abajo.

Su ceño se frunció de inmediato.

—¿Qué?

—Hay bichos que no se acaban fácilmente.

Hice una pausa.

—Y cucarachas que sobreviven hasta al veneno.

Abrió y cerró la boca varias veces.

Perfecto.

Mi humor acababa de mejorar.

—¿Me llamaste cucaracha?

—Tú me dijiste payaso.

La observé apretar los puños, su respiración aumentó. Sus ojos brillaron de indignación y tuve que contener una sonrisa.

—Estamos a mano.

—Eres un imbécil.

—Y tú una molestia pública.

—Nadie te preguntó.

—Nadie te invitó a hablar.

Aquello claramente estaba funcionando.

—Bueno, cucaracha, fue un placer verte.

Toqué el ala de mi sombrero en una falsa despedida.

—No me llames así.

—Nos vemos.

Di media vuelta.

—Cu-ca-ra-cha.

Sonreí.

Y cometí el peor error posible.

Dar la espalda.

Debí haber sabido que atacaría.

Siempre atacaba.

—¿Quién es la cucaracha ahora?

De un segundo a otro la tenía colgada sobre la espalda tirándome de las orejas.

—¡Renata!

—¡Pídeme disculpas!

—¡Estás loca!

—¡Dilo!

—¡Bájate de encima!

Intenté sujetarla sin hacerle daño. Porque sí, era una amenaza para la sociedad, pero no quería verla lastimada.

—¡Jamás!

—¡Te vas a matar!

—¡Yo te mataré a ti!

—¡Renata!

Perdí el equilibrio y en ese momento supe que estábamos acabados.

—Oh, no...

Tropecé contra una exhibición.

Las cajas comenzaron a caer y nosotros con ellas. Cuando vi los productos desplomarse sobre nosotros, reaccioné por puro instinto.

La cubrí con mi cuerpo.

El golpe resonó por todo el supermercado.

—¡Dios mío!

—¡Llamen al gerente!

—¿Otra vez ustedes dos?

Abrí los ojos.

Renata seguía debajo de mí y seguía tan enfadada como siempre.

—Te odio —murmuro.

—El sentimiento es mutuo―Digo.

Me puse de pie.

—Esto fue tu culpa―Me señala tratando de limpiarse el desastre que trae encima.

Yo estoy igual o peor.

—¿Mi culpa?

—Sí.

—Si no hubieras nacido, nada de esto habría pasado.

—¡RENATA! ¡LUCAS!

Genial.

El gerente ya venía hacia nosotros y, una vez más, estaba metido en problemas por culpa de aquella bruja.




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