Una apuesta con el vaquero

Capitulo 6

Renata

No sé cuánto tiempo me quedé observando aquel sobre rojo, quizá fueron minutos o quizá horas.

La verdad es que había dejado de importar.

Porque sin necesidad de abrirlo ya conocía su contenido. Más advertencias, más plazos, más amenazas disfrazadas de lenguaje formal y menos tiempo.

Mucho menos tiempo.

—¿Vas a quedarte mirando esa carta todo el día?

Levanté la vista.

Anabel estaba apoyada en el marco de la puerta con dos tazas de café en las manos.

—Estoy considerando prenderle fuego.

—No creo que el banco desaparezca por eso.

—Déjame soñar.

Entró en la oficina y dejó una de las tazas frente a mí.

—¿Tan mal está la cosa?

Solté una risa amarga.

—Si estuviera bien no estaría escondiendo las cartas del banco cada vez que llegan.

Anabel tomó asiento frente al escritorio.

Su sonrisa desapareció.

—¿Cuánto tiempo nos queda?

Nos.

No dijo te queda.

Dijo nos queda y esa simple palabra me hizo sentir peor. Porque ella no tenía por qué cargar con mis problemas.

—Muy poco.

—¿Qué significa muy poco?

—Significa que, si no consigo el dinero pronto, perderemos el hotel.

El silencio se instaló entre nosotras.

Anabel bajó la mirada, yo hice exactamente lo mismo. Ninguna tenía una solución mágica.

Porque si existiera, ya la habríamos encontrado.

—Podrías vender una parte de las tierras.

La propuesta me golpeó como un puñetazo.

—No.

—Renata...

—No.

—Escúchame.

—Ya te escuché.

Me puse de pie y caminé hacia la ventana. Desde allí podía ver gran parte de la propiedad, los extensos campos que rodeaban el hotel, las cercas de madera, los senderos que atravesaban los pastizales, los pocos caballos moviéndose a la distancia.

El paisaje que enamoraba a todos los huéspedes que llegaban por primera vez.

—Las tierras tienen valor —insistió Anabel—. Mucho más que el edificio.

—Lo sé.

—Entonces...

—No.

Mi voz salió más firme de lo que esperaba. Porque aquella conversación la había tenido conmigo misma cientos de veces y la respuesta siempre era la misma.

No.

—Cariño, estoy intentando ayudarte.

—Lo sé.

—Entonces deja de actuar como si fuera tu enemiga.

Cerré los ojos durante un segundo, Anabel no era mi enemiga. Era la única persona que seguía luchando conmigo.

—Mira por esa ventana.

Mi amiga se acercó.

—¿Qué ves?

—Campos.

—No.

Negué con la cabeza.

—Eso es mucho más que campos.

Se hizo un silencio.

—Mi abuelo compró estas tierras antes de construir el hotel, se enamoró de esta vista, del amanecer, de la tranquilidad, de los caballos corriendo libres. De todo esto.

Señalé el paisaje frente a nosotras.

—¿Sabes por qué la gente viene aquí?

Anabel no respondió.

—Porque cuando despiertan y abren las cortinas no ven edificios, no ven carreteras, no escuchan ruido. Ven esto, los campos, el cielo, la libertad.

—Renata...

—Si vendo las tierras, el hotel seguirá aquí.

Tragué saliva.

—Pero dejará de ser el hotel de mi abuelo.

Mi amiga suspiró.

—¿Y qué prefieres? ¿Perder una parte o perderlo todo?

Aquella pregunta se quedó suspendida entre nosotras. Porque no tenía una respuesta o quizá sí y simplemente no quería admitirla.

Volví a mirar el paisaje.

Los campos dorados por el sol, las colinas a la distancia, el viejo establo, los caballos. Todo aquello que había formado parte de mi vida desde que tenía memoria y por primera vez sentí un miedo tan intenso que me dejó sin aire.

Porque tal vez Anabel tenía razón y pronto llegaría el momento de elegir entre perder una parte de mi hogar o perderlo por completo.




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