Una apuesta con el vaquero

Capitulo 7

Renata

La última persona que esperaba encontrarme en la puerta de mi habitación era Anabel y mucho menos con esa expresión de "voy a obligarte, aunque tenga que arrastrarte".

—No.

—Ni siquiera he dicho nada.

—No importa. La respuesta sigue siendo no.

Mi mejor amiga puso los ojos en blanco.

—Vas a salir conmigo.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—Anabel...

—Renata.

La miré, ella me miró. Ninguna estaba dispuesta a ceder.

Por desgracia, Anabel era tan terca como yo.

—Necesitas despejarte.

—Necesito dinero.

—También.

—Necesito salvar el hotel.

—Y precisamente por eso necesitas salir.

Suspiré.

—No tengo ganas.

—Llevas semanas encerrada entre facturas, reparaciones y ataques de nervios.

—No exageres.

—Ayer te encontré hablando sola con una cafetera.

—Porque estaba rota.

—Le estabas pidiendo que cooperara.

Fruncí el ceño.

—No viene al caso.

Anabel sonrió.

—Una hora.

—No.

—Dos.

—No.

—Tres tragos.

Dudé.

Maldita fuera.

Lo notó de inmediato.

—Sabía que eso funcionaría.

Dos horas después, el hotel estaba cerrado. No fue difícil, no teníamos huéspedes.

Otra razón más para deprimirme.

Observé el cartel de la entrada mientras colocaba el candado. Aquel lugar había sido el corazón de mi infancia y ahora apenas conseguía mantenerse en pie.

—Vamos —dijo Anabel tirando de mi brazo—. Esta noche no se habla del hotel.

—Eso será imposible.

—Entonces beberemos hasta que lo parezca.

Por primera vez en días, sonreí.

La taberna estaba llena como siempre. La música sonaba desde una vieja máquina junto a la pared y las conversaciones llenaban cada rincón del lugar.

Apenas cruzamos la puerta, varias personas nos saludaron.

—¡Renata!

—¡Anabel!

—¡Por fin salieron de ese hotel!

Sonreí.

Porque aquello era lo que tenían los pueblos pequeños. Todos se conocían, todos sabían tu nombre. Todos conocían tus problemas y, algunas veces, intentaban ayudarte.

—Esto te lo manda Frank.

El camarero colocó un vaso frente a mí.

—¿Qué es?

—Whisky.

—Yo no lo pedí.

—Él sí.

Señaló una mesa al fondo, Frank levantó su cerveza. Le devolví el gesto y cinco minutos después apareció otro vaso y luego otro y otro más.

—¿Qué está pasando? —pregunté.

—La gente te aprecia.

Miré alrededor.

Varias personas me sonrieron.

Algunos habían celebrado bodas en el hotel, otros se habían hospedado allí durante años. Muchos habían conocido a mi abuelo y todos sabían lo que estaba ocurriendo.

Sentí un nudo en la garganta.

Porque comprendí algo. Perder el hotel no significaba únicamente perder un negocio, significaba perder una parte de mi vida, perder el lugar donde crecí, perder el último pedazo de mi abuelo y probablemente significaba abandonar el pueblo.

Porque sin el hotel no tendría motivos para quedarme.

—No puedo perderlo —murmuré.

—No lo harás.

Anabel chocó su vaso contra el mío.

—Esta noche no.

Decidí creerle.

Al menos por unas horas.

Así que bebí y bailé. Mucho, demasiado.

Bailé con Anabel, con las esposas de los rancheros. Con algunas ancianas que insistieron en enseñarme pasos que claramente ya nadie usaba. La gente aplaudía, reía, brindaba conmigo y por primera vez en meses me olvidé de las facturas, del banco, del miedo.

De todo.

Hasta que el mundo empezó a girar, primero lentamente, luego demasiado rápido.

Parpadeé.

Mala idea.

El suelo pareció inclinarse bajo mis pies.

—Oh, no...

Mi estómago protestó con fuerza.

—Anabel...

—¿Qué pasa?

—Creo que...

Me tapé la boca.

—Voy a vomitar.

Giré sobre mis talones y corrí o al menos intenté correr. Todo estaba borroso, las luces, la música, las personas.

Entonces vi una figura alta junto a la barra.

Sombrero, camisa de cuadros, hombros anchos.

Lucas Walker.

Me debatí si correr hacia el baño o…

Choqué contra él, Lucas giró la cabeza.

—¿Renata?

Abrí la boca.

Y el desastre ocurrió.

Sus ojos se agrandaron.

Los míos también.

—Oh...

Demasiado tarde.

Escuché varios gritos de horror, alguien soltó una carcajada y Lucas se quedó completamente inmóvil.

Cubierto de vómito.

—Te... odio... —alcancé a murmurar.

Después todo se volvió negro.

Lo último que sentí antes de perder el conocimiento fueron unos brazos sujetándome para evitar que me estrellara contra el suelo y lo peor de todo era que pertenecían a Lucas Walker.




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