Una apuesta con el vaquero

Capitulo 8

Lucas

Cuando terminé la jornada, lo único que quería era una ducha fría y mi cama.

Había sido un día largo.

El ganado ya estaba listo para ser transportado a su nuevo dueño y, después de pasar horas supervisando documentos, corrales y remolques, mi paciencia estaba prácticamente agotada.

Por eso, cuando vi a varios de mis trabajadores reunidos junto a las camionetas, supe exactamente lo que venía.

—Vamos al pueblo por unas cervezas —anunció uno de ellos.

—Sin mí.

Seguí caminando.

—Siempre dices lo mismo.

—Porque siempre tengo cosas que hacer.

—Mentira.

Ignoré las protestas.

—Me debes una.

Maldición.

Me giré hacia mi capataz.

—¿Otra vez con eso?

—Claro que otra vez con eso.

—Han pasado meses.

—Y sigo esperando mi regalo de cumpleaños.

Los demás comenzaron a reír.

—No te regalé nada porque no fui.

—Exactamente.

Se cruzó de brazos.

—Me dejaste plantado.

—Estaba trabajando.

—Siempre estás trabajando.

—Porque alguien tiene que hacerlo.

—Y alguien también tiene que salir de vez en cuando.

Solté un suspiro.

Sabía que no me dejarían en paz.

—Una cerveza.

—No.

—Sabes que no vamos a dejarte ir.

Mis hombres se alinearon cruzando los brazos tratando de intimidarme, pero todos sabemos que pueden que sean cinco y yo uno, pero no podrían conmigo.

Una hora después estábamos entrando en la única taberna decente del pueblo.

El lugar estaba más lleno de lo habitual, la música sonaba fuerte y las conversaciones llenaban el ambiente. Apenas crucé la puerta, varias personas me saludaron.

Levanté una mano en respuesta.

Conocía prácticamente a todo el mundo, era una de las ventajas de vivir en un pueblo pequeño y también una de las desventajas.

Me dirigí directamente hacia la barra.

—Walker.

—Joe.

Le estreché la mano al dueño.

—¿Lo de siempre?

—Lo de siempre.

Mientras preparaba mi bebida, comenzamos a hablar sobre ganado, clima y algunos negocios locales.

Una conversación normal, tranquila. Exactamente lo que necesitaba hasta que mi mirada se desvió y la vi.

Renata.

Maldición.

Estaba en medio de la pista de baile riéndose, girando. Bailando con Anabel y medio pueblo.

Negué con la cabeza.

Increíble.

—¿Problemas? —preguntó Joe.

—No.

—Entonces deja de mirar así.

Aparté la vista.

—No estoy mirando nada.

—Claro.

Tomé un trago.

Una mujer no debería beber hasta ese punto. Era ridículo y claramente Renata ya había cruzado esa línea hacía varias copas. Movía los brazos por todas partes, se tambaleaba, se reía de cualquier cosa. Parecía una adolescente en su primera fiesta.

Intenté concentrarme en la conversación.

De verdad lo intenté, pero cada poco segundos mi mirada regresaba a ella y cada vez parecía estar divirtiéndose más.

Gruñí por lo bajo.

—Definitivamente tienes un problema.

—No tengo ningún problema.

—Entonces deja de mirar a Renata.

Volví la vista hacia Joe.

—¿Quién dijo que la estaba mirando?

El hombre soltó una carcajada.

—Todo el bar.

Ignoré el comentario.

Porque era absurdo.

No me interesaba lo que hiciera Renata, no me interesaba si bailaba, no me interesaba si bebía y definitivamente no me interesaba verla sonriendo.

Volví a beber, entonces ocurrió.

La vi detenerse en seco, su sonrisa desapareció. Se llevó una mano a la boca.

Fruncí el ceño.

—Oh, no.

Renata comenzó a caminar, después a correr hacia el baño hasta que nuestras miradas se cruzaron y se detuvo hasta que empezó a correr hacia mí y en ese momento comprendí exactamente lo que estaba pasando.

—Ni se te ocurra...

Demasiado tarde.

Renata llegó hasta mí, abrió la boca y vomitó directamente sobre mi pecho.

El bar entero quedó en silencio, Joe dejó caer un vaso. Alguien soltó una carcajada y yo permanecí inmóvil.

Completamente inmóvil.

Mirando hacia abajo, mirando mi camisa, mirando el desastre.

Luego levanté la vista.

Renata parpadeó.

—Te... odio...

Y acto seguido se desplomó.

Por puro reflejo la atrapé antes de que golpeara el suelo. Su cuerpo quedó completamente inerte entre mis brazos. La observé durante varios segundos, luego miré mi camisa otra vez.

Después volví a mirarla.

—Increíble.

—¿Está viva? —preguntó alguien.

—Lamentablemente sí ―Gruñí completamente furioso.

Varias personas comenzaron a reír, yo no. Porque estaba sosteniendo a mi peor enemiga cubierto de vómito en medio de una taberna llena de testigos y no podía matarla ahí mismo. En ese momento tuve la desagradable sensación de que aquella noche acababa de empeorar muchísimo.




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