Una apuesta con el vaquero

Capitulo 9

Lucas

Estaba furioso.

No.

Furioso no era la palabra correcta.

Estaba cubierto de vómito, con el orgullo herido y atrapado con dos mujeres completamente borrachas. Todo por culpa de Renata Salazar.

—Puedes hacer silencio, vas a explotar mis tímpanos —gruñí apretando el volante.

—La música se siente, no se canta —respondió Anabel desde la parte trasera de la camioneta.

Luego continuó destrozando una canción que ni siquiera reconocí.

Miré por el espejo retrovisor, Renata seguía inconsciente. Ni siquiera se había movido.

Perfecto.

Una cantaba y la otra parecía muerta y yo era el idiota que había terminado llevándolas a casa.

—La próxima vez las dejo tiradas en la taberna.

—Eres muy gruñón para ser tan guapo.

—Y tú hablas demasiado para estar tan borracha.

Anabel soltó una carcajada.

Cinco minutos después llegamos al hotel.

Fruncí el ceño.

Todo estaba oscuro, no había luces, no había movimiento, no había vehículos.

Nada.

Apagué el motor.

—¿Dónde están los huéspedes?

Anabel parpadeó varias veces.

—¿Qué huéspedes?

—Los del hotel.

La mujer volvió a reír.

—No hay huéspedes.

—¿Cómo que no hay huéspedes?

—No hay nadie.

Se dobló de la risa.

—Nadie.

Aquello me dejó incómodo porque un hotel vacío nunca era una buena señal.

Jamás.

Solté un suspiro y bajé de la camioneta.

Ayudé a Anabel a bajar o al menos lo intenté. La mujer parecía haber olvidado cómo funcionaban sus piernas.

—El suelo se mueve.

—No. Eres tú.

—Eso también.

Después rodeé la camioneta y abrí la puerta. Observe por un momento a la mujer inconsciente en la parte de atrás y no me quedo otra mas que cargar a Renata.

—Problema número dos.

Anabel volvió a reír.

—A ella le gustas.

—No digas tonterías.

—Y tú también...

—Anabel.

—Está bien.

No estaba bien, nada de aquello estaba bien. Llegamos a la entrada principal.

—Abre la puerta.

Anabel sacó un enorme llavero.

Lo observó durante varios segundos.

—¿Cuál es?

—La llave.

—Hay muchas llaves.

—Entonces encuentra la correcta.

La mujer intentó tres veces, falló tres veces. Al final tuve que quitarle el llavero.

—Dame eso.

—Controlador.

—Borrachas.

—Guapo.

Abrí la puerta, empujé y entré. Anabel encontró el interruptor, las luces se encendieron y entonces pude ver el lugar. Me sorprendí porque el hotel era bonito o al menos había sido bonito, aunque todavía conservaba encanto. La madera, la decoración, la enorme chimenea. Las fotografías antiguas, pero también se notaban los años. La pintura descascarada, algunas grietas, muebles desgastados, detalles que necesitaban reparación.

Demasiados detalles.

Por primera vez comprendí que los rumores sobre los problemas económicos de Renata probablemente eran ciertos.

—Sígueme.

Anabel apareció tambaleándose por un pasillo. La seguí escaleras arriba y finalmente abrió una puerta.

—Su habitación.

Entré.

La habitación era sencilla, acogedora. Dejé a Renata sobre la cama, ella ni siquiera abrió los ojos.

Perfecto.

Mi trabajo había terminado, me giré para marcharme.

—Espera.

—¿Qué?

—Tienes que cambiarla.

Parpadeé.

—¿Qué?

—Su ropa.

Señaló a Renata.

—Está llena de vómito.

—No voy a cambiarla.

—Entonces cámbiale al menos la camisa.

—No.

—Lucas...

—No.

—La ropa limpia está ahí.

Señaló una camiseta doblada sobre la cama.

—Anabel.

—Yo voy por agua.

—No me dejes solo con...

Pero ya había desaparecido. La puerta se cerró y me quedé inmóvil sin saber que hacer. Miré a Renata y maldije una y otra vez caminando de un lado a otro con las manos en la cintura sin dejar de observarla.

Miré la puerta, luego a Renata. Quizás debería irme, desaparecer como si nunca hubiese pisado este lugar, pero…

Gruñí.

Tomé aire y me acerqué. Con mucho cuidado le quité la chaqueta y ella ni se inmutó, me asegure de que siguiera respirando y empecé a quitar botón a botón de su camisa, observé mis manos y estaban temblando y no sé porque lo hacía, una perla de sudor bajo por mi frente y la seque con la mano antes de seguir desabotonándola.

No sé porque estaba tan nervioso, podía jurar que mi corazón hacia eco en la habitación y quite el ultimo botón abriendo con cuidado la tela y mis ojos se posaron en ese sostén rojo y como la punta de uno de sus pezones se asomaba en el escote. Trague grueso, no podía apartar la vista de monte rosado que hizo que mi lengua pasara por mis labios como si quisiera saborearlo.

¿En qué estoy pensando?

Estaba hipnotizado, en shock y cuando escuche un ruido cerré la blusa de inmediato y levante la mirada hacia el rostro de Renata.

Grave error.

Renata había despertado, tenía los ojos abiertos y me miraba.

—Yo…

Di un paso atrás y luego otro. Me giré, abrí la puerta y prácticamente escapé de la habitación como si mi vida dependiera de ello.

Aunque lo hace porque si Renata me atrapa soy hombre muerto.




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