Una apuesta con el vaquero

Capitulo 10

Renata

No hay peor cosa que despertar con una resaca, pero había valido la pena.

Anoche fue una de las mejores noches de mi vida. Hacía mucho tiempo que no me divertía tanto. Bebí, bailé, canté.

Sin duda alguna lo necesitaba.

Una sonrisa se forma en mis labios cuando los recuerdos vienen a mi mente. Mis amigos, vecinos y la gente del pueblo se portaron muy bien conmigo. Durante unas horas consiguieron que me olvidara de todos mis problemas.

Entonces un recuerdo en particular hace que arrugue el ceño.

La imagen de mí corriendo hacia el baño para vomitar.

Abro los ojos de golpe.

Dios.

Bebí demasiado.

Me incorporo en la cama y maldigo cuando una punzada atraviesa mi cabeza como una daga. Respiro hondo y hago una mueca al sentir la boca amarga.

—Por fin despertó la Bella Durmiente.

Anabel entra en la habitación sin tocar y me lanza una botella de agua junto con una pastilla.

—Siento que voy a morir.

Agarro la pastilla y me la trago de inmediato.

—Pero la pasamos muy bien. Deberíamos repetirlo.

—Sin duda alguna.

Gruño mientras vuelvo a acostarme y me cubro hasta la cabeza con la cobija.

—¿Hoy no piensas trabajar? —pregunta en tono divertido—. ¿Piensas quedarte holgazaneando todo el día?

—Hoy no pienso levantarme de esta cama. Quiero dormir hasta mañana.

—Eso quiere decir que hice bien mi trabajo.

Siento cómo la cama se hunde cuando se acuesta a mi lado.

—Sí, la verdad es que tampoco tengo mucho que hacer. Las reparaciones requieren dinero, cosa que no tengo, así que hoy me olvidaré de todo.

—Así se habla.

Me da una palmada en la pierna.

—Por cierto, ¿condujiste borracha?

La observo de reojo. Porque si yo estaba mal, ella tampoco estaba mucho mejor.

—No. Alguien nos trajo.

Me mira con una sonrisa sospechosa.

—¿No recuerdas lo que hiciste?

Frunzo el ceño.

—¿Acaso hice algo malo?

—Depende de a quién le preguntes.

—Anabel.

—¿Qué?

—Habla.

—¿No recuerdas que vomitaste sobre Lucas?

Abro los ojos y me incorporo de golpe.

—¿Lo hice?

—Sip.

Parpadeo varias veces. Luego una enorme sonrisa se extiende por mi rostro y empiezo a reír.

—Sin duda alguna fue la mejor noche de mi vida.

Anabel también se ríe.

La imagen vuelve poco a poco a mi memoria.

Sí.

Había salido disparada hacia el baño, pero entonces vi a Lucas junto a la barra y, la tentación me gano que terminé corriendo hacia él.

—Él fue quien nos trajo al hotel.

Mi sonrisa desaparece.

—¿Cómo que él nos trajo?

—Tú te desmayaste y yo no estaba en condiciones de conducir, así que te cargó y nos trajo.

—¡¿Dejaste que ese infeliz me tocara?!

Me pongo de pie de un salto.

—Técnicamente te salvó de dormir en el suelo de una taberna.

—¡Eso no responde mi pregunta!

—Renata...

—¡¿Me tocó?!

—Te cargó.

—¡Es lo mismo!

—No, no lo es.

—¡Sí lo es!

Anabel empieza a reír.

—También te cambió de ropa.

Me quedo inmóvil.

—¿Qué?

—La ropa limpia.

Señala la enorme camiseta que llevo puesta.

—¡¿Qué?!

Siento cómo la sangre me sube a la cabeza. Mi cuerpo entero comienza a calentarse de pura furia.

—¡Es mentira!

Anabel se levanta riendo.

—Fui yo quien te cambió.

—¡No te creo!

—Es la verdad.

La imagen de Lucas quitándome la camisa aparece en mi memoria.

—¡Voy a matarlo!

Me agacho debajo de la cama y saco la vieja escopeta de mi abuelo.

—¡Renata!

—¡Lo sabía! ¡Sabía que ese degenerado aprovechó que estaba inconsciente!

—Nadie aprovechó nada.

—¡Recuerdo perfectamente que me estaba quitando la blusa!

—Porque estabas llena de vómito.

—¡Eso no mejora las cosas!

Anabel se lleva una mano a la frente.

—Voy a arrepentirme de haberte contado esto.

—Demasiado tarde.

Cargo la escopeta sobre mi hombro y camino hacia la puerta.

—¿Y qué piensas hacer exactamente?

—Matarlo.

—La escopeta no tiene balas.

—Eso no lo sabe él.

—¿Lo vas a matar del susto?

Bajo las escaleras con Anabel siguiéndome los pasos. Hoy pienso cometer un asesinato y no me importa nada, quizás sea bueno que termine en la cárcel porque tendré techo y comida.

Abro la puerta de golpe.

Estoy lista para salir a buscar a Lucas Walker y darle una paliza histórica, pero me detengo en seco. Los señores Walker están al otro lado, los padres del imbécil.

Ambos me observan con una sonrisa amable.

Mi mirada baja lentamente hacia la escopeta que llevo sobre el hombro, luego vuelve a ellos. Nadie dice una palabra durante varios segundos.

—Buenos días, Renata —saluda la señora Walker.

Trago saliva.

No sé por qué están aquí, pero tengo el horrible presentimiento de que esa visita no trae nada bueno.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.