Una apuesta con el vaquero

Capitulo 11

Lucas

No pude dormir.

Cada vez que cerraba los ojos aparecía la misma imagen.

Renata.

Y aquella maldita habitación. Maldije por décima vez antes de girarme sobre la cama, aquello era ridículo. Llevaba años conociéndola, años discutiendo con ella, años soportándola y ahora mi cerebro había decidido convertir aquello en un problema.

Cuando finalmente conseguí quedarme dormido, mi mente volvió a traicionarme.

Soñé que Renata entraba por la ventana de mi habitación empuñando un hacha, venía directa hacia mí con una sonrisa de loca que daba miedo y juraría que gritaba algo sobre arrancarme las orejas antes de descuartizarme.

Me desperté sobresaltado, empapado en sudor.

—Maldición.

Me pasé una mano por el rostro y me quedé sentado en la cama durante varios segundos. Necesitaba olvidar la noche anterior, la taberna, el vómito, el hotel, la habitación.

Todo.

Me levanté y fui directo al baño. Una ducha fría ayudó un poco a despejarme, aunque no lo suficiente. Cuando terminé, me vestí rápidamente y salí de la casa.

Trabajar.

Eso era exactamente lo que necesitaba. Porque mientras estuviera ocupado no tendría tiempo para pensar tonterías.

El aire fresco de la mañana golpeó mi rostro en cuanto salí.

Mis hombres ya estaban reunidos cerca de los corrales, los camiones esperaban alineados junto a la cerca, el ganado estaba listo para ser transportado a su nuevo dueño y por primera vez desde que me desperté sentí algo parecido a la tranquilidad.

El trabajo siempre lograba poner las cosas en orden.

—Buenos días, jefe.

—¿Todo listo?

—Listo para cargar.

Asentí.

Monté en mi caballo y recorrí la línea de corrales observando que todo estuviera en orden. Los animales avanzaban lentamente, los trabajadores abrían y cerraban compuertas, los camiones comenzaban a llenarse.

Era una escena familiar.

Una que conocía de memoria y justamente por eso me gustaba. Aquí todo tenía sentido, aquí todo funcionaba.

Aquí nadie vomitaba sobre mí.

La idea apareció tan rápido que solté un gruñido.

—¿Todo bien, jefe?

—Perfecto.

Mentí.

Porque, por desgracia, una parte de mi cerebro seguía preguntándose si Renata recordaría algo de lo ocurrido y otra parte, mucho más inteligente, esperaba que no.

El trabajo normalmente solucionaba todos mis problemas, pero aquel día no estaba funcionando. Cada vez que conseguía concentrarme en el ganado, mi cerebro volvía a la misma pregunta.

¿Recordaría algo?

Gruñí por lo bajo.

—¿Problemas, jefe?

—No.

Mentira.

Tenía un problema enorme y probablemente estaba despertando en ese mismo instante. Observé el horizonte por encima de los corrales, como si Renata fuera a aparecer montada en un caballo de guerra. Conociéndola, tampoco sería tan extraño.

Volví a concentrarme en los documentos.

Cinco minutos después estaba mirando la entrada del rancho.

—Definitivamente tengo un problema.

Porque no era normal estar esperando un ataque. La mujer me había golpeado, me había apuñalado con un lápiz en primaria, me había mordido una vez cuando teníamos quince años, me había lanzado una piedra cuando teníamos dieciocho y hacía menos de veinticuatro horas me había vomitado encima.

Sinceramente, tenía motivos para preocuparme.

—¿Está esperando a alguien?

Levanté la cabeza.

—No.

—Entonces, ¿por qué mira la entrada cada dos minutos?

—No la miro.

—Claro que sí.

Gruñí.

El capataz sonrió.

—¿Es una mujer?

—No.

—Entonces sí es una mujer.

—Vuelve al trabajo.

El muy desgraciado siguió riéndose mientras se alejaba, Yo no. Porque una parte de mí estaba convencida de que Renata aparecería en cualquier momento.

Y la otra parte estaba intentando decidir cuál sería la forma más dolorosa en la que intentaría matarme.




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