Lucas
Solté el aire cuando vi partir el último camión.
Había sido una mañana larga y parte de la tarde también, pero todo había salido según lo planeado.
—Vayan a descansar, se lo han ganado —les dije a mis hombres.
—Gracias, jefe.
—¿Por qué no vamos a la taberna a celebrar que...?
El capataz ni siquiera terminó la frase cuando le lancé una mirada asesina. El hombre cerró la boca de inmediato. Por su culpa estaba metido en serios problemas, si no hubiese insistido con aquella estúpida salida, Renata no me habría vomitado encima.
Y yo no la habría visto casi desnuda.
—Mejor no vamos a ningún lado.
Me di la vuelta antes de que alguien tuviera la brillante idea de insistir.
Guardé la montura de mi caballo y me quedé unos minutos cepillándolo y dándole algunas palmadas en el cuello. Los animales siempre eran más fáciles de entender que las personas.
Especialmente que Renata.
Cuando salí del establo, lo último que esperaba era encontrarme con ella.
—Hola.
Me detuve tan bruscamente que casi resbalé, retrocedí un paso por puro reflejo. Renata estaba a pocos metros de mí, sonriendo.
Una sonrisa enorme y lo primero que pensé es que vino a matarme.
Mi mirada recorrió rápidamente los alrededores, la puerta del establo, la cerca, mi camioneta.
Necesitaba identificar una ruta de escape.
—¿Acaso no sabes saludar?
—¿Qué haces aquí?
—Vine a traerte una tarta de manzana.
Fruncí el ceño.
Observé la bandeja que sostenía entre las manos, luego la observé a ella y después volví a mirar la tarta.
—¿Está envenenada?
—¿Qué?
—La tarta.
—No.
—¿Seguro?
—Lucas, es una tarta.
—Eso no responde mi pregunta.
Ella cerró los ojos durante un segundo. Como si estuviera contando hasta diez mentalmente.
Otra señal de peligro.
—¿Por qué la envenenaría? —preguntó con una sonrisa demasiado rígida—. Ayer me ayudaste.
Su ojo izquierdo dio un pequeño tic, lo vi perfectamente.
Definitivamente era una señal de alarma.
—No hice nada ―Levanté las manos ―Lo juro.
—¿Cuál es tu miedo?
Dio un paso hacia mí y yo di uno hacia atrás.
—No tengo miedo.
—Claro.
—Lo digo en serio.
—Lucas.
—¿Qué?
—Acabas de retroceder otra vez.
Maldita sea.
Ni siquiera me había dado cuenta.
Ella suspiró.
—Sé que ayudaste a Anabel y a mí a llegar al hotel.
Asentí lentamente.
—También sé que te vomité encima.
—Lo recuerdo.
—Y quería disculparme.
La observé con desconfianza.
Aquello sonaba demasiado razonable para ser Renata.
—No es necesario que me tengas miedo.
—No te tengo miedo.
—Para ser un hombre de un metro noventa y cinco, te tiembla mucho la voz.
—No me tiembla la voz.
—Sí te tiembla.
—No.
Renata soltó una carcajada y, por primera vez desde que apareció, aquella risa pareció genuina. no había tensión, no había dientes apretados, no había miradas asesinas.
Solo diversión.
Eso me puso aún más nervioso, porque no entendía qué estaba pasando y cuando se trataba de Renata, las cosas incomprensibles solían terminar muy mal para mí.
Ambos nos quedamos observándonos en silencio.
—Entonces... —me extendió la bandeja una vez más—. ¿No piensas recibirla?
—No, gracias.
—Deja de ser ridículo. Ya te dije que no está envenenada.
Levanté una ceja.
—Eso mismo dijiste hace unos años con los dulces de tu abuela.
Renata hizo una mueca.
—Otra vez con eso.
—Terminé en el hospital. ―Gruño molesto.
—Porque eres un débil.
—Porque les pusiste laxante.
—Solo un poquito.
—¡Tres días!―Grito.
—Qué exagerado.
—Tuve que recibir suero.
—Drama―Rueda los ojos.
—Casi muero.
—No seas mentiroso.―Bufa—Y además fuiste de chismoso a contarle a todo el pueblo que te había puesto veneno.
—No dije veneno.
—Dijiste insecticida.
—Porque pensé que querías matarme.
—Por tu culpa no pude volver a vender pasteles.
—Por tu culpa casi no vuelvo a comer.
Renata soltó una carcajada.
—Oh, sí lo recuerdo. Debiste usar pañales después de eso.
—Lárgate.
Su sonrisa se hizo más grande.
—Fue gracioso.
—No tuvo nada de gracioso.
—Yo me reí mucho.
—Claro, porque eres una amenaza para la sociedad.
—Y tú un llorón.
Decidí que aquella conversación había durado demasiado.
Me di la vuelta y empecé a caminar hacia la casa.
—¡Espera!
—No.
—Lucas.
—No.
—¡Lucas Walker!
Apreté los dientes.
—¿Qué?
—No puedes ser tan maleducado.
Decidí ignorarla y caminar más rápido. Escuché sus pasos detrás de mí.
Maldición.
Seguía siguiéndome, aceleré el paso y ella también.
—¿Por qué estás caminando tan rápido?
—Porque voy a mi casa.
—¿Y por qué parece que huyes?
—No estoy huyendo.
—Claro que sí.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Me detuve de golpe.
Renata casi chocó contra mi espalda.
—¿Qué quieres?
Por primera vez pareció perder un poco de confianza, bajó la mirada hacia la tarta y volvió a mirarme.
—Solo quería agradecerte.
Parpadeé.
—¿Qué?
—Por ayudarnos anoche.
Fruncí el ceño.
—No fue nada.
—Para mí sí.
Su sonrisa apareció de nuevo y por alguna razón eso me incomodó mucho más. Porque Renata Salazar insultándome era normal, pero Renata Salazar agradeciéndome algo era profundamente sospechoso.
—Bien —dije finalmente—. Ya me agradeciste.
—Sí.
—Entonces puedes irte.
—No.
―¿Qué estas tramando?―Cruzo los brazos.