Una apuesta con el vaquero

Capitulo 13

Lucas

Esto es una mala señal.

—No.

—¿No?

—Dije que no.

—Eres un arrogante, un hipócrita y un desalmado.

Levanto una ceja.

Sabía que su máscara de amabilidad terminaría cayéndose tarde o temprano. Era demasiado bueno para ser verdad.

—¿Soy todo eso porque no te doy trabajo?

Cruzo los brazos sobre el pecho mientras la observo.

—No. Eres todo eso porque disfrutas hacerme sufrir.

—Bueno, en eso tienes razón. Disfruto hacerte sufrir.

—Idiota.

Estoy a punto de responderle, pero decido que es mejor evitar problemas.

—¿Terminaste? —pregunto señalando la puerta—. Ya puedes irte.

—No puedes hacerme esto. De verdad lo necesito.

Su expresión cambia por completo, la ira desaparece y por un instante parece derrotada.

—Renata, no necesito ayuda en el rancho.

—Eso es mentira.

—¿Perdón?

—Tienes cientos de hectáreas, ganado, caballos y empleados corriendo de un lado a otro. Siempre hay algo que hacer. Además, tu casa necesita limpieza. Yo puedo ocuparme de ella.

—Y también tengo suficientes trabajadores para hacerlo.

—Uno más no te hará daño.

—A mí no.

—Entonces contrátame.

—No.

—¿Por qué?

—Porque no.

Su respiración se agita, es como si estuviese perdiendo la paciencia.

—Esa no es una respuesta.

—Claro que lo es.

—No lo es.

—Para mí sí.

Su ojo izquierdo comienza a temblar. El mismo tic que aparece cada vez que está a punto de perder la cordura.

Definitivamente es una señal de peligro.

Retrocedo un paso.

—Te odio.

—El sentimiento es mutuo.

—Eres insufrible.

—Y tú desesperante.

—Solo necesito un empleo.

—Busca en otro lugar.

—No hay otro lugar.

—Ese no es mi problema.

Me observa con una mezcla de rabia y frustración. Luego da un paso hacia mí y yo me pongo todavía más nervioso. Miro discretamente a mi alrededor buscando una ruta de escape porque con esta mujer nunca se sabe.

Está completamente loca.

Retrocedo hasta chocar contra el mesón, ya no tengo por dónde huir.

Maldición.

¿Va a atacarme?

Probablemente.

Aunque no debería preocuparme. Le saco casi cuarenta centímetros de altura y bastante peso, pero tampoco puedo confiarme.

Renata es pequeña, sí.

Pequeña como un demonio de Tasmania salido de una caricatura.

Levanto los antebrazos cuando hace un movimiento brusco y cierro los ojos esperando el golpe, pero el golpe nunca llega.

Frunzo el ceño.

Abro un ojo y luego el otro y me quedo inmóvil. Renata está arrodillada frente a mí, su orgullo parece haberse quedado en algún lugar del camino y por primera vez desde que la conozco, no veo rabia en su mirada.

Solo desesperación.

—Por favor —susurra—. Te necesito.

Por un instante olvido respirar. Porque jamás pensé escuchar esas palabras salir de la boca de Renata Salazar.

—¿Qué está pasando aquí?

La voz de mi madre hace que me dé la vuelta.

Maldición.

—¿Renata? —pregunta sorprendida—. ¿Qué haces ahí arrodillada?

Mi madre se apresura a llegar hasta ella y la ayuda a ponerse de pie.

Grave error.

Nunca ayudes a una serpiente herida.

—Lo... lo siento, señora Walker.

Su labio empieza a temblar y entonces llora. Llora de verdad o al menos parece de verdad.

—Vine a pedirle trabajo a su hijo, pero él no ha hecho más que humillarme y tratarme mal― Solloza. Incluso se limpia una lágrima, una actuación digna de un premio —Me dijo que si quería trabajo debía arrodillarme y suplicarle.

Abro los ojos.

—¿Qué?

—Incluso sugirió que debía lamer sus botas.

—¡¿QUÉ?!

—¡LUCAS WALKER!

El grito de mi madre retumba por toda la casa. Estoy bastante seguro de que también lo escucharon en el pueblo.

—¡ESO ES MENTIRA!

—Yo solo quería trabajar —lloriquea Renata—. No sabía que pedir ayuda era tan humillante.

—Mamá, no le creas.

—¿Cómo puedes decirle algo así a una mujer?

—Porque jamás ocurrió.

—¡No mientas!

—¡No estoy mintiendo!

Renata empieza a llorar con más fuerza.

Dios mío.

Sabía que no podía confiar en ella, jamás debí bajar la guardia.

—¿Qué sucede aquí?

Mi padre entra en la sala y nos observa con atención, mi madre gira hacia él inmediatamente.

—Tu hijo ha humillado a Renata por el simple hecho de pedirle trabajo.

Mi padre frunce el ceño.

Luego me mira y después observa a Renata secándose las lágrimas y finalmente vuelve a mirarme.

Con decepción.

—Papá, no le creas.

—¿Le pediste que se arrodillara?

—¡No!

—¿Le dijiste que lamiera tus botas?

—¡Por supuesto que no!

—Entonces, ¿por qué está llorando?

Abro la boca y la cierro. La vuelvo a abrir, porque esa es una excelente pregunta.

¿Por qué está llorando?

Hace cinco minutos quería arrancarme la cabeza y ahora parece una princesa indefensa.

—Porque está loca.

—¡Lucas!

—¿Qué? ¡Es la verdad!

Renata se cubre la cara con ambas manos, mi madre inmediatamente la abraza.

Mi propia madre.

Traición, pura traición.

—Pobrecita.

—¡No es una pobrecita!

—Lucas, basta.

—¡Mamá!

—Pídele disculpas.

—¿Qué?

—Ahora mismo.

Miro a Renata.

Ella levanta ligeramente la cabeza por encima del hombro de mi madre y me guiña un ojo.

Una sola vez.

Lo justo para que nadie más lo vea.

La muy bruja.

—No pienso disculparme.

La sonrisa de Renata se hace apenas visible y en ese instante comprendo que he caído directamente en su trampa.

—No... no se preocupe, señora Walker. Yo mejor me voy.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.