Renata
—No puedo creer que me pidan hacer algo como esto.
—Yo pienso que es tu oportunidad —dice Anabel.
—¿Oportunidad?
—Sí, para salvar el hotel.
Señala el cheque sobre el escritorio.
—Dijiste que estarías dispuesta a venderle el alma al diablo para salvar este lugar y, técnicamente, esto es muy parecido.
—No, definitivamente no.
—Entonces no te quejes cuando pierdas el hotel.
Frunzo el ceño.
—No estás ayudando mucho.
—Lo siento, pero no solo soy tu mejor amiga. También soy tu consejera, tu mentora, tu guía espiritual, tu coach, tu sensei, tu maestro, tu jefe, tu cómplice y la única persona que soporta tus ataques de mal humor.
—Eso último es mentira.
—Lo que quiero decir es que sé lo difícil que lo has pasado intentando salvar este lugar y, sinceramente, no veo que vaya a aparecer una oportunidad mejor que esta.
Bajo la mirada hacia el cheque.
Odio admitirlo, pero tiene razón.
—¿Y cómo crees que voy a hacer esa absurda propuesta? Sabes perfectamente que Lucas y yo nos odiamos. No podemos estar en el mismo lugar sin querer matarnos.
—Encontraremos una forma de hacerlo.
—Lo haces sonar fácil, pero sabes que no lo es.
—¿Quieres salvar el hotel?
Asiento.
—Entonces buscaremos la forma de que termines en la cama con Lucas.
Abro la boca y vuelvo a cerrarla.
—¿Estás drogada? —pregunto cruzándome de brazos—. Pienso que los Walker también están drogados por proponer algo como esto.
—¿Crees que saben del jardín secreto de la abuela?
—No lo creo. Además, aún no estamos seguras de que la abuela hiciera esas cosas. Era una santa.
Anabel me mira como si hubiera perdido la cabeza.
—¿Acaso olvidas que a ti también te drogaba?
—No me drogaba.
—Dormías todo el día y te comías hasta los manteles.
—Eso no prueba nada.
—Prueba muchas cosas.
Entrecierro los ojos.
—Maldita vieja. Espero que estés feliz en el infierno―Doy varios pisotones sobre el suelo como así me fuese escuchar en el infierno.
Un carraspeo llama nuestra atención, las dos giramos la cabeza al mismo tiempo.
—No estamos drogados, si eso es lo que piensas —dice el señor Walker.
Parpadeo.
—¿Ustedes todavía estaban aquí?
La señora Walker suspira.
—Sí, seguimos aquí.
—Oh.
Miro a Anabel, ella me mira a mí.
—Esto es incómodo.
—Muchísimo.
—Creo que debería cavar un hoyo y meterme dentro.
—Yo puedo ayudarte.
—Gracias.
—Para eso están las amigas.
Las dos chocamos los puños.
—En cuanto al jardín secreto de tu abuela, casi todo el pueblo lo conocía —murmura el señor Walker.
Abro los ojos como platos.
—¡Lo sabía! —grita Anabel señalándome—. ¡Sabía que tu abuela era una traficante!
—¡Cállate! La abuela no...―La expresión de los Walker me hace detenerme a media frase —¿En serio?
La señora Walker suelta una pequeña risa y asiente.
—Tu abuela tenía fama de cultivar ciertas plantas muy... especiales.
—¡Lo sabía! —vuelve a exclamar Anabel—. ¡Era una narcotraficante!
—¡No era una narcotraficante!
—¿Entonces cómo explicas el jardín secreto?
—Era una jardinera muy comprometida.
—Con la marihuana.
—¡Anabel!
Mi amiga se encoge de hombros.
—Solo digo que, si las cosas no funcionan con Lucas, siempre podemos dedicarnos al negocio familiar.
—¿Qué negocio familiar?
—La venta de hierba.
—¡Ya te dije que no vamos a convertirnos en traficantes!
Desde que descubrimos el jardín secreto —o el laboratorio clandestino, según Anabel— no deja de insistir con la misma idea.
Aunque pensándolo bien me parece mejor ponerme a vender marihuana que meterme con Lucas.
—¿Entonces? —pregunta Anabel con los brazos cruzados.
—¿Entonces qué?
—¿Qué vas a decidir?
—No lo sé. —Me dejo caer en mi asiento—. Es el dinero que necesito, pero no sé si pueda hacer lo que me piden.
—Renata —me llama la madre de Lucas—, por alguna razón eres la única mujer, aparte de su ex —hace una mueca de disgusto al mencionarla—, que ha logrado estar cerca de mi hijo.
—Pero es diferente. Su hijo y yo hemos estado cerca solo para matarnos.
—Basta de darle negativas a todo —bufa Anabel a mi lado.
—No son negativas, es la realidad. Ustedes pretenden que lo enamore y tenga un hijo con él cuando ni siquiera podemos dejar de discutir.
—¿Ves? Ya parecen un matrimonio.
Le lanzo una mirada asesina a mi amiga.
—¿Por qué no olvidamos por un momento lo del nieto y te enfocas primero en conquistar a Lucas? —propone Anabel—. Si no lo intentas, nunca sabremos qué puede pasar.
—Anabel tiene razón —interviene el señor Walker—. Estamos dispuestos a cancelar la deuda del banco si aceptas intentar conquistar a mi hijo. Y si llega a suceder lo otro, recibirás otra suma de dinero.
—Nunca más tendrás que preocuparte por gastos o deudas —añade la señora Walker—. Nosotros te ayudaremos. El dinero no volverá a ser un problema para ti.
—¿Ves? Hasta yo estoy tentada de aceptar.
—Entonces acéptalo tú y conquista a Lucas.
—¿Estás loca? Él no es mi tipo.
—Tampoco es el mío―Gruño molesta.
—Soy lesbiana―Dice.
—Eso es mentira. No eres lesbiana.
—Me gustan los hombres mayores―Anabel le dedica una sonrisa coqueta al señor Walker.
La señora Walker suelta una carcajada mientras su esposo casi se atraganta.
—Estúpida —bufó rodando los ojos.
Respiro hondo.
Luego vuelvo a mirar el cheque, después el escritorio y finalmente a los Walker.
—Está bien. Voy a aceptar.
Los tres se enderezan en sus asientos.
—Pero el dinero se queda. Y si las cosas no salen como ustedes quieren, no voy a aceptar culpas.