Renata
Bajo las escaleras sintiendo el corazón latir con fuerza. Por poco me pilla con las manos en la masa. Miro la tarjeta de crédito que tengo entre los dedos, ni siquiera me di cuenta en qué momento la tomé.
Mentirosa... —me regaño a mí misma.
Bufo y me sobresalto al escuchar unos pasos.
Guardo la tarjeta rápidamente en el bolsillo trasero del pantalón y corro hasta la cocina, donde agarro un trapo y empiezo a fingir que limpio.
Escucho que baja las escaleras, se detiene. Todo queda en completo silencio y unos segundos después vuelve a caminar hasta la cocina.
—De verdad limpiaste.
—Para eso fui contratada.
Permanece callado un momento, me doy la vuelta para mirarlo.
—Ve a cenar. La comida se enfría.
—¿Por qué tanto afán de que coma? —cruza los brazos—. Ahora sí estoy seguro de que está envenenada.
Bufo rodando los ojos.
Camino hasta él, lo tomo del brazo y empiezo a arrastrarlo fuera de la cocina. Para mi sorpresa, se deja llevar porque si quisiera, no lograría moverlo ni un centímetro.
—Siéntate.
—Tú a mí no me das órdenes.
—¡Que te sientes!― Pierdo la paciencia y le grito.
Sorprendentemente, obedece.
—Bien.
Respiro hondo.
Tomo una cuchara, la lleno de comida y me la llevo a la boca. Lucas me observa fijamente mientras mastico. La verdad es que, aunque esté recalentada, la comida no sabe nada mal.
De repente llevo una mano a mi garganta, empiezo a jadear. Los ojos de Lucas se abren de golpe y se pone de pie.
—¡Renata!
Empiezo a ahogarme exageradamente. Me llevo ambas manos al cuello mientras finjo que no puedo respirar. Él entra en pánico y da un paso hacia mí sin saber qué hacer. Cierro los ojos y dejo caer todo el peso de mi cuerpo.
Termino desvaneciéndome entre sus brazos.
—¡Renata!
Me sacude desesperado.
—¡Maldición!
Me carga en brazos y empieza a correr hacia la puerta, no puedo aguantar más.
Abro los ojos y estallo en carcajadas.
—¡Qué idiota!
Lucas se queda completamente inmóvil.
—Te dije que no estaba envenenada, así que deja el drama.
Su mandíbula se tensa.
—Eres una...
Gruñe entre dientes.
Camina conmigo hasta la sala y, sin ninguna delicadeza, me deja caer sobre uno de los sillones.
Por suerte fue sobre el mueble y no sobre el suelo.
—Quiero que te vayas.
Me pongo de pie sacudiéndome la ropa, el sillón levanta una nube de polvo.
—Tranquilízate, ¿quieres? Ahora ve a comer antes de que se enfríe. Tu madre fue quien preparó la comida.
—No necesito que me mandes como si fuera un niño.
—Pues te aguantas porque de aquí no me pienso mover.
—¿Estás segura?
Gruñe dando un paso hacia mí.
Retrocedo instintivamente.
—¿Qué haces?
—No me has dejado otra opción.
Da otro paso.
—O te vas por las buenas...
Sonríe de una forma que no me gusta nada.
—...o te vas por las malas.
Abro los ojos.
—¡Ni se te ocurra!
Grito cuando se lanza sobre mí. Envuelve sus brazos alrededor de mi cuerpo y ambos caemos encima del viejo sofá. El impacto levanta una enorme nube de polvo, empiezo a toser sin parar.
¿Desde cuándo no limpia esta casa?
—¿Estás bien?
Niego con la cabeza mientras sigo tosiendo, entonces noto un peso sobre mí.
Abro los ojos.
Lucas está prácticamente encima de mi cuerpo, su rostro queda a escasos centímetros del mío. Por un instante me mira con preocupación y antes de que alguno diga algo, ambos empezamos a estornudar.
Se incorpora de inmediato y me ofrece la mano.
Me levanta de un tirón.
—¿Estás seguro de que no necesitas ayuda?
Empiezo a sacudirme el polvo de la ropa. Cuando vuelvo a mirarlo, no puedo contener la risa, tiene toda la cara cubierta de polvo.
—Quedaste hecho un desastre.
—Igual que tú.
Me señala.
Bajo la vista, toda mi ropa está gris. Parezco haber salido de una mina de carbón.
—¿Hace cuánto no limpias esta casa?
—No he tenido tiempo. Trabajo demasiado.
—Eres un puerco, esto parece un chiquero― Lo señalo con el dedo —¿No ves cómo tienes este lugar?
Para mi sorpresa, baja un poco la cabeza.
—Lo siento.
Parpadeo.
¿Acaba de disculparse?
Parece realmente avergonzado.
—No me importa lo que digas. Necesitas ayuda y no pienso irme de aquí, así que más te vale...
—Está bien.
Me interrumpe.
Se da la vuelta y camina hacia el baño y lo sigo. No cierra la puerta, escucho el agua correr mientras se lava las manos.
Me siento completamente confundida.
—¿Qué dijiste?
—Que tienes razón ― Levanto las cejas —Necesito ayuda.
Sonrío sin poder evitarlo.
Por fin.
Después de lavarse las manos pasa por mi lado.
Lo sigo nuevamente entra al comedor, se sienta y empieza a comer. Me quedo observándolo unos segundos, no puedo creer que me haya hecho caso.
Voy al baño, me lavo las manos y regreso para sentarme frente a él.
Comemos en completo silencio, cuando termina, recoge ambos platos y los lleva hasta la cocina y los lava.
Después sube las escaleras sin decir una sola palabra.
Me quedo sentada tratando de entender qué acaba de pasar, no sé si gané o perdí. Lo único que tengo claro es que poner esta casa en condiciones va a ser mucho más difícil de lo que imaginaba. Termino de limpiar la cocina y subo al segundo piso, ahora debo averiguar dónde voy a dormir.
Estoy completamente segura de una cosa, no será en la habitación de Lucas.
Empiezo a abrir puertas.
La mayoría de las habitaciones están abandonadas. Al final encuentro una que no parece tan descuidada, cambio las sábanas, me doy una ducha y, completamente agotada, me acuesto mirando el techo.