Una apuesta con el vaquero

Capitulo 19

Lucas

Respiro hondo, intentando mantener la calma, pero mi mal humor no hace más que aumentar. No tengo ningún motivo para sentirme así. Debería estar contento de que Renata por fin se haya marchado de mi casa.

Pero no lo estoy.

Llego al pueblo y disminuyo la velocidad. A través de la ventana observo las calles tranquilas, los negocios de siempre y a los vecinos conversando como si el tiempo nunca pasara en este lugar. Aquí todos nos conocemos desde niños y cualquier novedad termina convirtiéndose en tema de conversación antes del mediodía.

Estaciono frente a la ferretería, apago el motor y entro al almacén.

—Hola, qué milagro verte por aquí. Siempre mandas a alguien —dice Jhon apenas me ve.

—Hoy quise venir personalmente.

—Me alegra. Casi nunca sales de ese rancho.

—Tengo demasiado trabajo.

—Te entiendo, yo estoy igual.

Me hace una seña para que lo siga hasta el mostrador.

—Esta es la factura. Los muchachos ya empezaron a cargar el camión.

Asiento mientras tomo los papeles. Meto la mano en el bolsillo, saco la billetera y la abro.

Frunzo el ceño.

Reviso un compartimiento, luego otro. Después vuelvo a revisar el primero, no está. Mi tarjeta no aparece por ninguna parte.

—¿Sucede algo? —pregunta Jhon.

—No... nada.

Sigo buscando entre los documentos de la billetera.

¿Cuándo fue la última vez que la usé?

Pienso unos segundos.

Ayer...

Mi respiración se detiene.

Ayer Renata salió muy nerviosa de mi habitación.

¿Será que...?

No.

Renata podrá ser muchas cosas: insoportable, vengativa, impulsiva y completamente peligrosa para mi estabilidad mental, pero...

¿Ladrona?

No lo sé, aprieto la mandíbula.

Maldición.

No debería confiarme, nunca. Le entrego otra tarjeta a Jhon.

—Cobra con esta.

Mientras él pasa el pago, mi cabeza ya está imaginando todas las formas posibles de estrangular a Renata si descubro que fue ella quien tomó la otra. Siempre he dicho que no quiero gente metida en mi casa.

Precisamente por esto.

—Pobre niña... no sé cómo va a hacer para lograrlo.

La voz de una anciana hace que levante la vista, ella está pagando en otra caja junto a una amiga.

—¿No hay forma de rescatar ese hotel? —pregunta la otra mujer—. Sería una pena que lo perdiera. Ese lugar lleva toda la vida en el pueblo y ya es parte de nosotros.

La primera suspira.

—No lo sé. Esa pobre muchacha no ha hecho más que trabajar de sol a sol intentando reparar el desastre que le dejó su abuelo. Pero ya no tiene dinero. No hay huéspedes, no hay ingresos y cada semana aparece un daño nuevo.

—Sí, escuché que el banco está a punto de quitárselo —comenta la cajera mientras pasa unos productos.

Normalmente ignoraría una conversación ajena, nunca me han gustado los chismes, pero esta vez no puedo evitar intervenir.

—¿De quién están hablando?

Las tres mujeres me miran.

—Del Hotel Encanto, hijo —responde la anciana con una sonrisa triste—. Y de Renata. Esa muchacha está haciendo hasta lo imposible por salvar ese lugar.

—Aunque, siendo sinceras, no creo que pueda lograrlo —añade la otra—. Ese hotel se está cayendo a pedazos.

Trago saliva.

Entonces era verdad.

Renata no estaba exagerando cuando dijo que necesitaba un trabajo.

Recuerdo el estado del hotel la noche en que la llevé hasta allí. La fachada seguía siendo hermosa, con aquella vista privilegiada hacia los campos, pero por dentro todo parecía cansado, viejo... abandonado.

No era el mismo lugar donde mis padres celebraban cada aniversario cuando yo era niño, ni el hotel donde medio pueblo organizaba bodas, cumpleaños y fiestas. Ahora apenas era una sombra de lo que había sido.

Aprieto la factura entre los dedos.

Maldición.

Tal vez fui demasiado duro con ella, no debí echarla de esa manera. Si realmente estaba desesperada por conseguir dinero para salvar el hotel, quizá solo estaba intentando hacer cualquier cosa para salir adelante.

Mi mano vuelve automáticamente a la billetera, la tarjeta sigue sin aparecer.

No.

Una cosa no quita la otra. Si fue ella quien la tomó, tendrá que devolvérmela, no pienso permitir que nadie robe en mi casa, por muy desesperado que esté.

Pero...

Quizá antes debería ir a hablar con ella y averiguar qué demonios está pasando.

Me despido de todos y subo a mi camioneta. He decidido hablar seriamente con Renata, pero lo haré después de terminar mis labores. La buscaré en el hotel. De seguro estará allí.

Ingreso al rancho por el camino que lleva directamente a los corrales, no por el que pasa junto a mi casa, sino por el acceso que utilizan los camiones de carga.

Cuando llegamos, los muchachos empiezan a descargar los materiales mientras yo tomo mi caballo y cabalgo hasta el sector donde necesitamos reparar las cercas.

Nos toma varias horas terminar el trabajo.

Entre revisar los postes, cambiar el alambre y asegurar que no quede ningún hueco por donde pueda escaparse el ganado, el sol termina cayendo poco a poco sobre el campo.

Al final, todo queda listo para recibir el nuevo cargamento.

—Buen trabajo, muchachos.

Ellos se despiden y cada uno toma su camino.

Yo hago lo mismo.

Primero pasaré por la casa para darme una ducha. Estoy cubierto de tierra y sudor, y no pienso ir a discutir con esa loca oliendo a establo.

Cuando la camioneta dobla por el camino que conduce a mi hogar, frunzo el ceño. La vieja camioneta de Renata está estacionada frente a la casa.

¿Qué hace aquí?

Pensé que se había marchado esta mañana, mi corazón da un vuelco.

¿Habrá vuelto para robar?




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