Renata
Sirvo la mesa cuidando que cada detalle quede perfecto. Mi corazón empieza a acelerarse cuando lo escucho bajar las escaleras y, al darme la vuelta, me encuentro con la sorpresa de que ya se ha duchado.
—Así está bien, siéntate. —Señalo su silla y él duda un momento antes de obedecer.
—Buen chico.
—No me trates como a un perro —gruñe mientras toma la servilleta.
—Como sea. —Sonrío, agarro un plato y le sirvo la comida—. Espero que te guste.
—¿No está envenenada?
—¿Para qué te envenenaría? Necesito que me pagues y muerto no me sirves para nada.
—Tienes mi tarjeta, así que... —Se encoge de hombros, restándole importancia.
—Tu tarjeta está ahí. —Señalo el mesón donde la dejé—. Solo gasté lo necesario. No me compré nada para mí.
Mentiras.
Anabel y yo también hicimos compras para nosotras y para el hotel. Necesitábamos jabón y varias cosas de limpieza, pero eso no pienso decírselo.
—¿Estás segura?
—¿Acaso dudas? Porque, si quieres, puedo traerte la factura. —Me pongo de pie sin saber cómo voy a justificar todos esos gastos.
—Siéntate. No necesito ver nada. Además, no tengo problema con que gastes para ti. Si necesitas algo, no dudes en tomarlo.
Me quedo mirándolo atónita.
Jamás pensé que diría algo así.
—¿En serio?
—Sabes que no hago chistes y mucho menos con algo así.
—Bueno... gracias.
—Huele rico. —Prueba el primer bocado.
Me quedo observándolo, nerviosa, esperando su reacción.
Cuando gime y cierra los ojos, sonrío con orgullo.
—Está... delicioso. Mejor que lo que prepara mamá.
—Gracias. Es una receta de la abuela. Aunque no tiene esas hierbas raras que ella le ponía. No sé por qué razón terminaba de comer y me daba tanto sueño.
—Sí, lo recuerdo. Nos ponía a dormir a todos los niños mientras los adultos disfrutaban en el otro salón.
—¿Lo recuerdas?
—Claro. Fue una de mis mejores épocas. —Sonríe—. Recuerdo que siempre te metías en problemas.
—No era yo. Era Anabel, que nunca se quedaba quieta y siempre me llevaba a la perdición.
Ambos reímos.
—También recuerdo que siempre me hacías la vida imposible, pero cuando me metía en problemas eras tú quien asumía la culpa y el castigo diciendo que habías sido tú. ¿Por qué?― Se queda unos segundos en silencio, mirándome.
—¿Recuerdas que tu abuela tenía una enorme vara colgada en la parte de atrás?
Asiento con la cabeza.
—Decía que con eso te castigaba, así que... no quería que salieras lastimada.
Sonrío con nostalgia.
—La abuela siempre les decía eso a todos los niños. Jamás me golpeó con esa vara. Me jalaba las orejas o el pelo, pero nada grave. Solo amenazaba con que la próxima vez sí la usaría, pero nunca lo hizo. —Suspiro al recordar aquellos momentos—. Gracias. Nunca te lo dije, pero gracias a ti me salvé de muchos castigos.
—Lo sé.
Ambos nos quedamos en un incómodo silencio, así que seguimos comiendo.
Es la primera vez que ninguno de los dos está discutiendo ni agarrándose a los golpes.
Bueno... yo pegándole.
Después de cenar comemos el postre y Lucas me ayuda a recoger las cosas y llevarlas a la cocina.
—Si sobrevives al envenenamiento, hay suficiente para que lleves mañana al trabajo.
Gruñe.
—Por cierto, no vas a dormir en mi cama.
Lo dice después de lavar los platos.
—Eso lo veremos.
—Hablo en serio.
—Yo también.
De nuevo aparece esa rivalidad que siempre hemos tenido.
Ambos nos miramos con desafío y él es quien termina rompiendo la guerra de miradas antes de salir de la cocina. Termino de limpiar sintiéndome nerviosa.
No sé cómo voy a hacer esto y solo hay una culpable: Anabel.
Ella siempre ha sido el diablo que susurra en mi oído y quien me convenció de esta locura.
—Oblígalo a dormir contigo y, cuando se quede dormido, vas y... ¡zas!... te le lanzas encima y lo violas.
—¿Estás loca? No haré eso.
—Gallina.
—¿Qué dijiste?
—Que eres una gallina. Cuac, cuac.
—¿Qué haces?
—El sonido que hacen las gallinas.
—Eso parece un pato.
—¿Pío?
—Esos son los pollos.
—Entonces eres un pollo. Al fin y al cabo vienen de la gallina, son parecidos y también salen corriendo como cobardes.
—Vete a la mierda.
—Gallina, gallina.
—Voy a golpearte. —La señalo con el puño.
Anabel me muestra el dedo medio antes de que las dos nos lancemos encima para golpearnos un poco.
Suelto un suspiro recordando lo de esta tarde.
Termino de limpiar y subo las escaleras.
Lucas está encerrado en su habitación, así que voy a la mía y abro la maleta para ponerme la pijama.
—Hija de perra... —gruño al sacar la pequeña pijama que encontré dentro.
Estoy segura de que eso no fue lo que empaqué.
Es un pequeño short con una blusa de tirantes, tan delgada y fina que hasta mis pezones podrían transparentarse.
Respiro hondo y decido ponérmela.
Tengo un deber que cumplir, no puedo echarme para atrás.
Necesito ese dinero.
Después de ponérmelo, me quedo observándome en el espejo. Mi corazón late con fuerza, como si en cualquier momento fuera a explotar.
Llevo una mano a mi pecho, creyendo que así lograré tranquilizarlo, y después de hacer unos ejercicios de respiración decido caminar hacia la habitación de Lucas.
Me detengo frente a la puerta y, por un momento, pienso que estará con seguro, pero al mover la manija me doy cuenta de que no.
Abro despacio e ingreso, pero me detengo cuando observo una figura salir del baño.
Lucas se queda a mitad de camino, con un pantalón de chándal y una camisa abierta. No puedo evitar observar sus músculos.