Renata
—¡Renata, basta! —gruñe y, esta vez, me empuja, haciendo que ruede hasta mi lado de la cama.
Me quedo quieta, esperando el momento oportuno. Después me doy la vuelta, quedando boca arriba. Levanto el brazo y, sin medir la fuerza, lo dejo caer pensando que aterrizará sobre su pecho, pero termina golpeándolo en el rostro.
¡Plaf!
—¡Renata! —grita, poniéndose de pie.
—¿Qué? ¿Qué? —Me incorporo con los ojos entreabiertos, aparentando estar dormida.
—¡¿Se puede saber qué estás haciendo?!
—¿De qué hablas? —Cierro los ojos y cabeceo como si siguiera dormida.
—¿Sabes qué? Olvídalo. —Gruñe y camina hacia el baño, cerrando la puerta de un portazo.
Sonrío y vuelvo a acostarme.
La verdad es que estoy agotada. Después seguiré con mi tortura.
Pobrecito... Creo que esta vez sí se me fue la mano con el golpe. Hasta la palma me quedó ardiendo.
Cierro los ojos y ni siquiera me doy cuenta de cuándo sale del baño. Para ese momento ya estoy profundamente dormida, soñando con algo extraño.
Observo su cuerpo desnudo, cubierto por una fina capa de sudor. Mi cuerpo arde y me subo encima de él, queriendo sentirlo un poco más.
—¿Estás segura?
—Tómame, soy tuya.
Sus grandes y fuertes manos sujetan mis caderas y descienden hasta mis glúteos, donde los aprieta con fuerza.
Gimo, sintiendo cómo mi cuerpo se estremece, y comienzo a moverme.
—Renata...
—¿Sí?
—Renata... —gruñe con más fuerza.
—Sí... dame más, quiero más.
—Detente.
—¿Qué? —frunzo el ceño mirando hacia abajo.
—Renata, detente.
—¿Qué?
Abro los ojos y me doy cuenta de que estaba soñando y, en este momento, me encuentro sobre el cuerpo de Lucas.
—¿Qué está pasando?
—Eso mismo me pregunto yo —gruñe con voz ronca—. Bájate.
—Yo... lo siento —digo, pero no me bajo. Al contrario, hago un movimiento de fricción que hace que los dos gimamos.
—¿Qué... qué estás haciendo? —pregunta con la voz ronca.
—No lo sé, pero se siente rico.
Echo la cabeza hacia atrás. Lucas gime de nuevo y me pide que me detenga, pero no lo hago y me muevo un poco más.
Estoy justo encima de su pelvis y empiezo a mover las caderas. Lucas aprieta las manos sobre mi cintura tratando de detenerme, pero después afloja el agarre y las baja un poco más mientras yo sigo moviéndome.
—Lucas... —gimo su nombre y bajo el rostro para acercarme a su boca—. ¿Qué es esto? ¿Qué me está pasando? —Acaricio sus labios con los míos—. Siento... siento...
—¿Qué... qué sientes?
—Que voy a explotar...
Ahogo mi voz y termino besándolo. En ese momento siento cómo mi cuerpo convulsiona y parece explotar en mil pedazos. Grito contra su boca. Lucas gruñe, llevando las manos hasta mi trasero para apretarme contra él, y siento que algo palpita. Seguimos besándonos por un momento hasta que, finalmente, nos separamos y dejo caer mi mejilla sobre su cuello.
No puedo creer que acabo de tener un orgasmo sin siquiera haber tenido sexo. Seguimos completamente vestidos.
Me quedo por un momento ahí, sin moverme, recuperando el aliento, hasta que después de un rato logro deslizarme hacia un lado. Lucas permanece inmóvil unos segundos. Luego se levanta y camina despacio hasta el baño, donde se encierra.
Llevo las manos al rostro, no puedo creer lo que acabo de hacer.
Dios, iré al infierno a hacerle compañía a la abuela.
Me cubro con la sábana hasta la cabeza, queriendo que la tierra se abra y me trague entera. Escucho la ducha, así que supongo que Lucas se está dando un baño. La verdad es que yo también lo necesito, pero no voy a salir hasta que desaparezca y así sucede.
Lo escucho salir de la habitación y alejarse. Cuando me asomo con cuidado, ya no hay nadie. Suelto un suspiro y decido quedarme en la cama en lugar de ir al baño por miedo a que regrese.
Sin darme cuenta, vuelvo a quedarme dormida.
Cuando despierto, ya es de día. Me quedo mirando el espacio donde debería estar Lucas, pero al tocar el colchón me doy cuenta de que está frío, así que no volvió a la habitación después de salir.
Suspiro, me pongo de pie, salgo con sigilo y corro hasta mi habitación, donde me encierro. Me doy una ducha y me alisto para seguir con el aseo de la casa, empiezo por las habitaciones del segundo piso, especialmente su recámara que, aunque no está tan mal como las otras, también necesita una buena limpieza.
Mi teléfono suena y respondo poniendo el altavoz.
—Hola.
—¿Cómo te fue? —es lo primero que pregunta Anabel al contestar.
—Dios, fatal —digo, y le cuento todo lo sucedido.
Mi amiga no hace más que reírse.
—No te burles, que esto es serio.
—Míralo por el lado bueno. Pudiste acercarte a él —dice—. Estás haciendo bien tu trabajo y, si sigues así, lo tendrás detrás de ti.
—No lo sé. No creo que deba hacer esto.
—No puedes echarte para atrás. Hiciste un trato con sus padres y estamos hablando de mucho dinero. Dinero que necesitas para salvar el hotel.
—Es que...
—¿Qué sucede? ¿Acaso te has enamorado de él?
—¿Qué? ¿Estás loca? Yo jamás me enamoraría de él —digo, sintiendo que mi corazón se oprime al escuchar esas palabras, aunque decido ignorar esa sensación—. Solo estoy haciendo un trabajo.
—Bueno, eso espero, porque sabes que el que se enamora pierde.
Esas palabras se repiten una y otra vez en mi cabeza mientras cambio las sábanas.
—Necesito que me acompañes a comprar una cama y también unas cosas.
—Ok, me alistaré para que pases por mí. Te quiero.
—Yo igual.
Colgamos la llamada y no puedo dejar de pensar en lo que sucedió anoche, hasta que me sobresalto al escuchar un golpe. Abro la puerta y observo con cuidado el pasillo.