¿Qué piensas de que tu cuerpo te obligue a parar, aunque tú quieras seguir intentándolo?
Tener veinte años es estar en la etapa más eufórica, rítmica y enérgica.
No importa cuál es el objetivo, solo hay una meta y lo damos todo.
Todo el esfuerzo físico. Todo el esfuerzo mental. Todo el tiempo.
E intentamos, e intentamos.
Y si no sale, lo volvemos a intentar.
Y a intentar.
Y a intentar.
Y a intentar.
No importa cuántas veces. No importa cuántos "no".
Se vuelve a intentar porque nuestra mente sabe que es lo correcto.
Nuestra mente lo sabe... pero, ¿nuestro cuerpo?
¿Nuestro cuerpo lo sabe?
Se suele pensar que el cuerpo no es tan importante como la mente,
pero el cuerpo siente lo que la mente calla.
Y no es común escuchar eso hasta que te pasa.
Hasta que un día juras que "estás bien", que "no te afecta",
pero tu cuerpo se queja con dolores mínimos que se vuelven intensos.
Empiezas con un dolor que ni siquiera cerrando los ojos desaparece.
Y ya no sabes qué hacer.
Solo sabes que debes seguir, pero tu cuerpo te amarra.
Cada que quieres seguir, simplemente ya no puedes.
Y no entiendes por qué.
Hasta que te das cuenta:
el dolor aparecía e incrementaba cada vez que forzabas el paso.
Ese monstruo que te amarra no te está hundiendo;
esta vez entiendes que no te amarra... te abraza.
Te protege. Te cuida.
Porque muy dentro de ti,
aunque no te habías dado cuenta antes,
cada rechazo sí te había generado un sentimiento.
Tu cuerpo no es un traidor; es el único que tuvo el valor de llorar
lo que tu mente se obligó a ignorar.
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Editado: 02.04.2026