Hay una extraña paradoja en habitar esa zona gris de la vida donde las certezas se desvanecen. Es esa etapa en la que, de repente, te encuentras suspendida en un vacío donde parece que no sientes nada y, a la vez, lo sientes absolutamente todo.
Por un lado, hay días de una quietud tan pesada que rozan el entumecimiento. Es como si el alma se hubiera quedado sin batería después de años de correr detrás de calificaciones, entregas, exámenes y expectativas ajenas. Te despiertas y miras los días pasar con una especie de apatía silenciosa, una pausa extraña en la que te preguntas si perdiste la capacidad de emocionarte, si el cansancio te secó por dentro o si simplemente te desconectaste del mundo para protegerte.
Pero, al mismo tiempo, basta con que caiga la noche o con que mires fijamente al techo para que todo te golpee de golpe. Sientes el peso invisible de las expectativas, el vértigo punzante de la página en blanco, el miedo a equivocarte, la nostalgia por lo que fuiste y la presión asfixiante de tener que descifrar quién se supone que debes ser ahora que los pasillos conocidos ya no están. Es un nudo en la garganta sin motivo aparente, una mezcla de frustración, esperanza rota, asombro y una vulnerabilidad tan aguda que hasta el aire duele al respirarlo.
No estás rota por sentirte así. Estás experimentando el choque de un mundo que se termina y otro que todavía no termina de nacer.
Ese no sentir nada de día es solo el mecanismo de defensa de tu mente intentando procesar el ruido, y ese sentirlo todo de madrugada es tu verdadera esencia pidiéndote espacio. Date el permiso de habitar ese caos invisible. No tienes que tenerlo todo resuelto hoy, ni descifrar el mapa entero en una semana. A veces, el único paso posible es sostenerte a ti misma en medio de este silencio ruidoso y recordar que incluso en la nada más absoluta, las raíces más profundas están aprendiendo a respirar.
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Editado: 26.07.2026