Una cita con la reina

7.1

Mientras Aurora reflexionaba sobre si estaba preparada para adoptar un gato, Nazar pensaba en si estaba preparado para ingresar en un psiquiátrico. Ya no podía más. En una hora tenía que estar en el trabajo, y en casa acababa de ocurrir otra catástrofe.

Vlad, de pronto, sintió un terrible malestar por el enchufe roto junto a la cama. Llevaba unos tres años sin funcionar, pero solo ahora se había vuelto críticamente necesario. Así que, sin pensarlo mucho, encontró un videotutorial en YouTube y decidió arreglarlo. La precaución era para débiles; cortar antes la electricidad desde el cuadro, también. El resultado fue que recibió una descarga y de la pared salió un estallido de chispas que ni en el Día de la Independencia se ve.

La casa quedó sumida en la oscuridad.

El tío Sam se asustó, recogió sus cosas y huyó. Dani se echó a llorar porque justo iba a ponerse a jugar a la consola. Nazar… Nazar intentaba averiguar de dónde había salido esa consola en su casa. Él no la había comprado, lo que significaba que existía una alta probabilidad de que pronto llamaran a la puerta sus verdaderos dueños. O la policía.

—Todo bien, la consola no es robada —aseguró Vlad, aplicándose hielo en los dedos quemados—. Cambié unas cosas para conseguirla.

—¿Qué cosas? —se tensó aún más Nazar.

—La cortadora de césped.

—¿Estás loco?

—No. Lo pensé todo —Vlad se metió un cubito de hielo en la boca y lo mordió—. Tengo colegas que nos cortarán el césped gratis. Me deben favores.

—¿Cuántas veces he dicho que no tenéis derecho a vender cosas que no comprasteis?

—Nadie vendió nada —se encogió de hombros—. Fue un intercambio. ¿Notas la diferencia?

Al entender que nadie se llevaría la consola, Dani se calmó un poco.

—Quiero ir al baño —anunció.

—Pues ve. ¿Cuál es el problema?

—Está oscuro. Tengo miedo a la oscuridad, deberías saberlo…

—No cierres la puerta.

—Entonces no podré relajarme…

—Que vaya Vlad contigo. El apagón fue por su culpa.

Vlad frunció el ceño.

—¡No voy a oler sus cagadas! —declaró con firmeza.

—¡Claro que sí, y lo harás hasta que consiga que vuelva la luz! ¡Y encima ni siquiera me da tiempo a llamar al electricista…! ¿Por qué sois tan problemáticos? ¿POR QUÉ?

—¿Para qué necesitamos un electricista? —se burló Vlad—. Yo mismo lo arreglo. Solo hay que averiguar cómo entrar en la caseta del transformador.

—Ni se te ocurra. ¿Me oyes? NO TE ACERQUES AL TRANSFORMADOR —repitió, marcando cada palabra—. Porque es mortalmente peligroso. Y tu funeral saldría más caro que los servicios de un electricista.

—Vale, vale… qué escándalo.

Vlad agarró a Dani por la manga y lo arrastró hacia el baño.

—Ya estás muy grande para tener miedo a la oscuridad. Podrías haber cogido una linterna…

—¡Y tú podrías no jugar con la electricidad! —refunfuñó Dani en respuesta.

Nazar pulsó varias veces el interruptor, con la esperanza de que la luz regresara de forma mágica. Pero qué va… ¿de dónde iba a salir la magia en su miserable realidad? ¿Qué hacía ahora? No podía faltar al trabajo. Y dejar a sus hermanos solos en una casa a oscuras era aceptar la alta probabilidad de que encendieran velas y provocaran un incendio.

—¡Nazar! —se oyeron voces preocupadas—. Aquí pasa algo… algo raro con el váter.

—¿Qué le pasa? —gruñó Nazar entre dientes.

—No… no tira de la cadena. Le hemos dado tres veces y vuelve a subir… ¡Ay! ¡Necesitamos ayuda! ¡Rápido!

Nazar cogió un cojín del sofá, se lo apretó contra la cara y gritó dentro de él. El psiquiátrico, en su imaginación, empezaba a parecer cada vez más atractivo. Silencio. Paredes blancas. Limpieza. Nadie le destrozaba los nervios. Nadie le pedía dinero ni comida. Como mucho, le preguntarían cómo se sentía. Y, maldita sea, eso sería tan agradable. Hacía tiempo que nadie le preguntaba cómo estaba…

—Dani, ¿otra vez tiraste el relleno del arenero del gato por el váter? —se quejó, caminando hacia el baño—. ¿Otra vez lo hiciste, maldita sea?

—No.

—¡Confiesa!

—¡Fue él! —delató a su hermano Vlad—. Lo vi con mis propios ojos. Incluso le advertí que no lo hiciera.

—¡Mentiroso! ¡Dijiste que lo importante era que Nazar no lo viera!

Por los ruidos, había empezado un forcejeo. Nazar esperó un par de minutos para que se desquitaran entre ellos en lugar de hacerlo con él. Solo entonces abrió la puerta.

—¡Estáis castigados los dos! —dijo, evitando mirar lo que salía del váter—. Cambiaos de ropa, coged las mochilas con los deberes. Hoy venís conmigo al trabajo. Os quedaréis en el almacén toda la jornada haciendo tareas.

—¡A mí no me mandaron deberes! —protestó Vlad.

—¿Y si llamo a tu profesora?

—Entonces oirás muchas cosas desagradables. ¿Te hace falta?

Nazar fulminó a su hermano con la mirada.

—Te doy cinco minutos para averiguar qué deberes tienes y preparar tus cosas —dijo con una voz que incluso a él mismo le asustó.

—¿Y de dónde saco los libros?

—¿¡No tienes libros!? ¡El segundo semestre ya está por terminar, Vlad!

—Bueno… ¿y para qué los quiero ya? No te das cuenta y ya llegan las vacaciones…

Intentando contener la irritación, Nazar se volvió hacia el otro hermano.

—Dani, ¿tú al menos tienes libros?

—Claro —asintió el pequeño—. Yo, por cierto, estudio bien.

—Bien hecho —dijo, orgulloso del menor. Y luego recordó que por su culpa pasaría la mañana siguiente con un desatascador en las manos, y esa ternura momentánea desapareció sin dejar rastro.

Tras cerrar la casa, se arrastraron juntos hasta la parada del autobús. Su intuición le decía que ese día de trabajo sería duro. Pero ¿qué podía hacer? Dejarlos solos no era una opción. Sam no volvería a una casa sin electricidad ni baño. Y no conocía a ningún adulto responsable que pudiera cuidarlos.

En momentos así, Nazar imaginaba cómo habría sido su vida si no hubiera convencido al tío para que solicitara la tutela también de los pequeños. Podrían haberlos adoptado buenas personas. Él los vería los fines de semana, y viviría solo en un piso alquilado cerca de la universidad. Estudiaría, iría a clases. Tal vez incluso tendría algún hobby… Viviría su propia vida, y sería maravillosa.




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