En la sala se apagaron las luces y en la pantalla parpadearon los primeros fotogramas de los tráilers publicitarios. Aurora sacó el teléfono.
—Tenemos que hacer una foto de reporte —susurró.
Nazar obedientemente giró la cabeza.
—¿Podrías sonreír como si hubieras venido aquí por voluntad propia y no bajo amenaza de fusilamiento? —le siseó ella, manteniendo de forma milagrosa una sonrisa perfecta para el selfie—. Tienes cara de disgusto.
—Siempre tengo esta cara —respondió Nazar, aunque aun así intentó dibujar algo a medio camino entre un espasmo muscular y la demostración de dientes en la consulta del dentista.
Clic. Foto lista. Aurora amplió la imagen. Solo entonces notó que Nazar llevaba una camiseta nueva y el cabello cuidadosamente peinado y arreglado. ¿De verdad se había preparado?
—Qué comienzo tan sombrío —comentó cuando, en los primeros minutos de la película, un maníaco apuñaló a tres personas—. ¿Esto es una peli de terror?
—Ni idea —respondió Nazar con sinceridad, echando la cabeza hacia atrás contra el respaldo.
—¿Cómo que ni idea? Tú compraste las entradas.
—Elegí la película según lo cómodos que eran los asientos de la sala. Estos son perfectos.
—¿Tienes problemas de espalda?
—No, Aurora. Tengo problemas de falta de sueño —cerró los ojos—. Tengo una regla de oro: si hay oportunidad de sentarse y no oír a mis hermanos, hay que dormir. Es una cuestión de supervivencia. Así que disfruta de la trama y me despiertas cuando termine la película.
Aurora frunció el ceño. Había pasado casi una hora atascada en el tráfico para llegar al centro, lo había esperado… ¿y este pseudogalán pensaba simplemente desconectarse? ¡Qué descaro! Era un nuevo récord en su ranking personal de las peores citas. Nazar incluso superó al chico que se pasó toda la noche hablando de su ex.
—Eres increíble —masculló, pero Nazar ya no respondió. Su respiración empezó a volverse lenta y regular.
Sin embargo, la magia del sueño no duró mucho. El bolsillo de los vaqueros de Nazar empezó a vibrar. Primero de forma breve, luego en tandas largas y persistentes. Se sobresaltó, palpó el teléfono y rechazó la llamada. Al minuto, el móvil volvió a vibrar como si quisiera abrirse paso a mordiscos hacia la libertad.
Aurora le lanzó una mirada de fastidio.
—Tu “sueño” es muy ruidoso. ¡La gente de la fila de abajo se está girando!
Nazar abrió un ojo, sacó el teléfono y miró la pantalla. Siete llamadas perdidas de Sam. Un mensaje. Abrió el chat, y el resplandor azul del smartphone iluminó solo dos palabras, escritas en mayúsculas:
«CÓDIGO ROJO»
Nazar se enderezó de inmediato. El sueño se le cayó de encima como una cáscara vieja. Él mismo había inventado ese sistema. Código Verde: una pataleta de Daniel. Código Amarillo: Vlad había roto algo. Código Rojo significaba una sola cosa: o la casa estaba ardiendo, o la asaltaba un comando especial, o el tío Sam estaba completamente desesperado.
—Perdón. Tengo que salir —dijo, poniéndose de pie de un salto.
—¿Vas a volver?
—Si te soy sincero, no lo sé… Lo dudo.
Aurora atrapó su mirada y vio en ella una mezcla de ansiedad y responsabilidad tan intensa que su enfado se disipó al instante.
—Voy contigo —declaró con determinación, levantándose tras él.
—No, no. No hace falta. Mira la película.
—Es que da miedo —confesó—. Sin ti no la voy a ver.
Nazar asintió con incomodidad. Salieron corriendo de la sala, dejando tras de sí los suspiros de los espectadores molestos, a los que les habían arruinado la inmersión en la atmósfera del thriller.
Nazar llamó a su tío. Su rostro, que unos minutos antes estaba relajado, ahora parecía una máscara de tragedia griega. Respiraba ruidosamente por la nariz, apretando los dedos en puños. Mientras escuchaba los tonos, recorrió el vestíbulo de un lado a otro.
—¡Por fin! ¿Qué demonios ha pasado?! —gritó al auricular cuando por fin contestaron.
Al otro lado solo se oían sollozos desgarrados y susurros sobre “el fin de todo”.
—¡Sam, cálmate! ¡Respira! ¿Les pasó algo a los niños?! ¿Están vivos?
Por fin Vlad le arrebató el teléfono. Su voz era tranquila, pero fría como el hielo.
—Nazar, perdón por arruinarte la cita, pero te necesitamos. Ven de inmediato. Sam está en shock, empezó con valeriana y luego pasó al martini.
—Dime de una vez qué ha pasado.
—No lo diré por teléfono. Es un secreto… y un delito. Solo vuelve a casa, por favor.
—¡De acuerdo, ya voy!
Ya se había girado para correr hacia la salida cuando de pronto se acordó de Aurora, y solo porque ella le bloqueó el paso.
—Voy a ir contigo —dijo la chica con firmeza.
—¡No, no vienes! —Nazar hizo un gesto para apartarla—. No lo entiendes. Este no es tu nivel de problemas. Mi familia otra vez se ha metido en alguna mierda, y no quiero que tu nombre aparezca junto al nuestro en las crónicas criminales. Mejor llama a Timur. Con gusto te acompañará a casa o… bueno, ya os arreglaréis.
—¡No me interesa ese Timur! —ella agarró a Nazar por la muñeca—. Quiero ayudarte. Mira el reloj. Para cuando esperes el metro y llegues, pasará una eternidad. Yo hoy recogí el coche del taller, está aparcado cerca. Te llevo en quince, veinte minutos como máximo.
—Gracias, pero aun así no —intentó soltarse, pero ella lo sujetaba con demasiada fuerza.
—Si me dejas aquí y te vas… —Aurora entrecerró los ojos, y en su voz apareció un tono frío, de acero—. No te devolveré ni un céntimo del dinero de la subasta. Puedes olvidarte del motociclo o de lo que sea que pensabas comprarte.
—Ciclomotor.
El dinero. El maldito dinero. Aurora golpeaba directo al blanco.
—Eres una manipuladora —escupió él, mirándola a los ojos.
—Soy tu aliada —replicó ella, sacando ya las llaves del bolso.
Nazar apretó los dientes, comprendiendo que había perdido.
—Está bien… Pero tú lo has querido. Luego no te quejes.