Durante todo el trayecto, Nazar y Aurora le habían estado contando al anciano la misma leyenda: que era un veterano, que volvía a casa después de un paseo y que allí lo esperaba Julia, su cuidadora, y sus hijos, a quienes quería como a sus propios nietos. Petro Ivánovich absorbía la información como una esponja. A ratos les cortaba diciendo que ya lo sabía todo, pero al minuto siguiente olvidaba dónde estaba o quién era. En un momento dado, incluso soltó que estaba en un crucero y que las dos personas de los asientos delanteros eran el capitán del barco y una joven enfermerita.
—Ya tiene la cabeza hecha un lío... —suspiró Nazar—. Y nosotros encima le metemos más mentiras. Es cruel.
—No se va a poner peor por eso.
—Lo sé. Pero aun así, me remuerde la conciencia.
Finalmente llegaron a la casa del abuelo Tarás. Nazar asomó la cabeza por la ventana para asegurarse de que no los esperaba una emboscada de una decena de policías. Solo entonces bajó del coche.
—¡Rápido, adentro con él! —ordenó, ayudando al anciano a bajar del vehículo.
Petro Ivánovich volvió a su silla de ruedas. No parecía importarle lo más mínimo que dos desconocidos lo llevaran a una casa ajena. Solo le interesaba una cosa: si en aquella casa habría mermelada.
—Parece que el amor por el dulce es lo único que mantiene su conciencia a flote —observó Aurora.
—¡Si todo sale bien, le compraré una caja entera de dulces!
Desde el interior de la casa llegaban las voces de los hermanos. Nazar empujó la silla hacia dentro, echó un vistazo a su alrededor y se quedó de piedra. En medio del salón, junto a una mesa puesta, había una mujer. Llevaba una blusa cerrada y una falda de flores pequeñas, el pelo recogido en un moño discreto y una chaqueta blanca sobre los hombros que, efectivamente, pertenecía a su madre.
—¡Al fin! ¿Por dónde andabais metidos? —dijo la «mujer» con voz suave y algo cansada.
A Nazar le recorrió un escalofrío. Era Sam, pero el maquillaje, la luz de la vieja lámpara de pie y su postura profesional habían logrado lo imposible. En su perfil, en la inclinación de la cabeza, en la forma en que colocaba la servilleta, Nazar vio a Julia. A su madre. La sensación era tan real y, al mismo tiempo, tan macabra que por un instante le faltó el aire.
—Sam... —susurró con la piel de gallina.
—Para vosotros soy mamá —Sam le guiñó un ojo fugazmente, un gesto que rompió la ilusión y devolvió a Nazar a la realidad—. ¡Señor Tarás, bienvenido a casa!
—¿Y qué hacen aquí estos dos mocosos? —preguntó el abuelo, señalando a Vlad y a Dani—. Yo no los he invitado.
—Somos sus amigos —respondió Vlad—. Venimos a visitarlo todos los días para que no se aburra. Jugamos al ajedrez, vemos la tele...
—¡Y hacemos comederos para pájaros juntos! —añadió Dani. Le tendió la mano al anciano para ayudarlo a sentarse en el sofá—. Usted es muy viejo... Su piel parece una manzana asada que se olvidaron en el horno. Intente no morirse en las próximas dos horas.
Pero el falso Tarás no tenía intención alguna de morirse. Había encontrado un objeto de atención mucho más interesante: Sam, que se había puesto a servir el té.
—Y tú, jovencita... ¿No estarás casada, espero? —el abuelo enderezó la espalda de repente, tratando de parecer un galán formal—. Qué palidez tan noble y qué... manos tan fuertes. Eres el ideal de la belleza femenina.
Sam, sin salirse del personaje, se llevó una mano al pecho y bajó la mirada con timidez:
—¡Ay, señor Tarás, qué bromista es usted! Solo soy una humilde ama de casa. Acérquese a la mesa, que le voy a servir un té de tilo.
—¡Con mermelada!
—Por supuesto. Aquí tiene... de cereza, de ciruela.
—El té está bien —el abuelo agarró de repente la manga de Sam con cuidado y susurró para que se oyera en toda la habitación—: Y después del té, Julita, quizá podríamos pasear por la cubierta. Hace un tiempo estupendo y no hay ni una ola en el mar.
Nazar se cubrió la cara con las manos.
—Esto es una catástrofe. Está flirteando con mi tío, que finge ser mi madre. Me voy a poner enfermo.
—Pues imagínate yo —masculló Sam entre dientes—. Después de este numerito voy a necesitar terapia.
—Tú la necesitas de forma permanente.
Aurora, conteniendo la risa a duras penas, le puso al abuelo la chaqueta con las medallas.
—La reportera llegará pronto. ¡Nazar, concéntrate! ¡Vlad, Dani, a vuestros puestos! Sam... digo, Julia, mejor mantén las distancias con él. No queremos que la entrevista se convierta en un drama romántico.
—Tranquilos, niños —Sam se sentó majestuosamente en una silla, alisándose la falda—. Mamá lo tiene todo bajo control.
Nazar, observando aquel caos, se giró bruscamente hacia Aurora.
—No pensarás quedarte aquí, ¿verdad?
—En realidad, sí quería. ¿O es que no puedo?
—No, tienes que irte —dijo él en voz baja pero firme—. Tu cara es demasiado conocida. Creo que hasta la he visto en una valla publicitaria junto al supermercado... No conviene llamar la atención de la periodista. Ya has hecho lo imposible. Del resto nos encargamos nosotros.
Aurora se quedó inmóvil un momento y en sus ojos cruzó una extraña decepción, como si la echaran justo en el clímax de una película. Quiso replicar, llegó a abrir la boca, pero la mirada suplicante de Nazar la hizo cambiar de opinión.
—Está bien —susurró—. No estaré con vosotros durante la entrevista.
—Gracias.
—¡Pero me quedaré en la habitación de al lado, tras la pared! ¡Me quedaré quietecita escuchando!
—Bueno, menos es nada.
Ella se escabulló rápidamente hacia el fondo de la casa, cerrando la puerta justo en el instante en que fuera se oía el sonido de un coche frenando. Nazar respiró hondo, miró a su «madre», a sus hermanos —que ahora parecían angelitos obedientes— y al abuelo.
—¿Listos? —preguntó.
Todos asintieron. El abuelo se metió en la boca otra cucharada de mermelada.