El pánico estalló al instante, como pólvora. Nazar saltó al porche, casi derribando a Vlad. Vacío. Solo un gato callejero de color canela entrecerraba los ojos perezosamente al sol, sin ninguna intención de delatar el paradero del «veterano».
—¡Petro Ivánovich! —gritaba Nazar a pleno pulmón, asomándose a cada rincón—. ¡Abuelo! ¡Salga y le daremos dos botes de mermelada!
Aurora se lanzó también a la búsqueda. Se abría paso entre los arbustos de frambuesas que lindaban con la parcela vecina. Se le enredó el pelo en una rama, se le soltaron varios mechones de la coleta y un rasguño fresco le marcó la mejilla. La probabilidad de que el abuelo estuviera escondido entre las frambuesas era ínfima, pero ya habían subestimado la agilidad del anciano al permitirse que se les escapara literalmente de las manos.
—¡No puede haber ido lejos! —chillaba ella, apartando las ramas espinosas.
Sam, que no había tenido tiempo de salir del todo del personaje de Julia —con falda, pero ya sin maquillaje ni peluca—, corría junto a la valla.
—¡Petro! ¡Cielo! ¡El crucero continúa! —clamaba, asustando a los transeúntes con su aspecto de «mujer en proceso de desmontaje»—. ¡Vuelve, que ya he reservado las tumbonas!
Dani simplemente lloraba a mares. Vlad intentaba consolarlo, pero sin mucho éxito.
Encontraron al fugitivo tres casas más allá. Petro Ivánovich estaba sentado con aire imperturbable en la cabina de un viejo camión ZIL medio desguazado, frente a un taller cerrado. El abuelo giraba con concentración el volante, que ni siquiera estaba conectado a las ruedas, e imitaba con los labios el sonido de un motor potente: «¡Brrr-rum! ¡Pshhh!».
—¡Petro Ivánovich! —Nazar llegó al camión casi sin aliento—. ¿Pero qué ha montado aquí? ¡Nos ha pegado un susto de muerte!
El abuelo le lanzó una mirada severa por encima del hombro y consultó nervioso un reloj imaginario.
—¡No entretengas al chófer, muchacho! La guardería cierra en diez minutos. Mi mujer me ha dicho que recoja a los niños y estoy atrapado en este atasco… —volvió a su tarea de «conducir», dando saltitos sobre el asiento destrozado—. ¡Hay que recoger a los pequeños a tiempo, si no, la maestra volverá a regañarme!
Nazar se quedó petrificado un momento. En aquel deseo absurdo del anciano por llegar a tiempo a por unos niños que no existían (o que habían crecido hacía décadas), había tanta sinceridad desesperada que su furia se evaporó al instante.
—Ellos... ellos ya están en casa, Petro Ivánovich —dijo Nazar en voz baja, tendiéndole la mano—. Su mujer ya ha ido a por ellos. Venga, nosotros lo llevaremos con ella.
Tras lograr sacar al «conductor» de la cabina a duras penas, lo metieron en el Mercedes. Cuando el coche salió a la carretera, un silencio pesado inundó el habitáculo. Nazar se quedó callado, encogido en su asiento y con la mirada fija en sus propias manos. Todo el ímpetu, toda la adrenalina del secuestro y la entrevista se habían esfumado, dejando un poso amargo.
—Oye —Aurora le echó una mirada fugaz—. ¿A qué viene esa cara? Si todo ha salido bien. La periodista se ha ido contenta, el abuelo está a salvo. Es una victoria, ¿no?
Nazar guardó silencio unos segundos y luego suspiró suavemente:
—Es que pienso en él. En Petro Ivánovich.
—¿En que ha intentado mangar un camión ajeno? —intentó bromear ella, pero al ver la expresión de Nazar, se apagó de inmediato.
—En que, tal vez, alguna vez tuvo hijos de verdad —dijo él, y su voz tembló—. Hijos reales a los que recogía de la guardería, a los que compraba helados, a los que enseñaba a montar en bici... Y ahora no los recuerda. ¿Entiendes? Estarán por ahí... o quizá ni existan. Pero para él eso ya no importa. Está solo. Y no solo porque viva sin familia, sino porque se ha perdido a sí mismo.
Aurora no dijo nada.
—Es terrible, Aurora —continuó él—. Quedarse no solo solo, sino quedarse sin recuerdos. Es como vivir en una casa donde han cortado la luz y se han llevado todos los muebles. Estás en tu hogar, pero no sabes quién eres. Y hoy, encima, nosotros... Hemos usado al pobre hombre como un decorado... y me siento fatal por ello.
—Míralo por el otro lado. Hoy hemos creado para él una familia en la que se sentía útil. Y no solo útil, ha sido el héroe del día —dijo ella en voz baja—. Quizá sea lo mejor que podíamos haber hecho por él.
Nazar asintió con dudas.
—Quizá…
Finalmente, apareció ante ellos el tenue letrero de «Otoño Dorado». Por suerte, no había rastro de la policía en la entrada, lo cual infundía esperanzas de que Liza hubiera cumplido con su parte.
—Hemos llegado —Aurora soltó el volante y respiró hondo, activando de nuevo su modo de «miss confianza»—. Ahora, concéntrate. Tenemos que entregar al abuelo como si hubiera estado paseando por el parque todo este tiempo. Tú cállate y asiente; yo me encargo de hablar. ¿Trato hecho?
—Trato hecho.
Nazar miró al guardia de seguridad que ya se dirigía hacia ellos y sintió cómo se le encogía el estómago otra vez. El acto final estaba comenzando.