Ni se dieron cuenta de cómo llegaron a la pizzería. Las emociones seguían a flor de piel, así que durante todo el camino Aurora y Nazar no pararon de comentar las peripecias del día. Nazar incluso confesó que toda aquella situación del secuestro y las mentiras se había convertido en el evento más interesante de su vida en los últimos meses. Al principio quiso decir «años», pero se dio cuenta a tiempo de que eso sonaría patético.
—¡Siento exactamente lo mismo! —se rio Aurora, adentrándose en el local—. Ha sido divertido. Aterrador, pero divertido.
Ocuparon una mesa junto a la ventana. Mientras Nazar le dictaba el pedido a la camarera, Aurora lo observaba con atención. Sus gestos, su mímica, su mirada. Tenía la extraña sensación de que frente a ella se sentaba una persona distinta. No era el Nazar con el que había ido al cine. Parecía un erizo que por fin había dejado de temer a los depredadores y de mostrar sus púas. La chica se sorprendió pensando que le apetecía acariciarle la cabeza, solo para comprobar si volvía a erizarse o a bufar.
—Y bien… —empezó ella mientras esperaban—. ¿De qué querías hablar?
Nazar bebió un poco de agua y apretó, casi de forma imperceptible, el borde de la mesa con los dedos. Se le tensaron los hombros.
—En primer lugar, tengo que darte las gracias —por los nervios, lo dijo con un tono algo solemne—. Si no fuera por ti… mi familia ya habría huido de casa para unirse a un circo ambulante. Los conoces, sabes que son capaces de algo así. En segundo lugar… tengo que pedirte disculpas por aquella cita tan desastrosa. Te mereces algo mejor que ver una película malísima al lado de un tipo que intenta desesperadamente no quedarse dormido.
—¡A propósito de la cita! —Aurora se dio una palmada en la frente—. ¡Casi se me olvida! Te he traído el dinero.
Sacó un sobre abultado de su bolso y se lo tendió a Nazar. Él bajó la vista hacia el dinero, pero no hizo amán de tomarlo.
—Déjalo, no puedo… —negó con la cabeza—. Ahora no.
—¡No te he ayudado por el dinero!
—Lo sé. No me refiero a eso. Es solo que… cuando acordamos la devolución, no te conocía. Me parecías vanidosa y centrada exclusivamente en ti misma. Pero me equivoqué.
—Qué va. Soy vanidosa de verdad —confesó Aurora—, no puedo evitarlo.
Volvió a empujar el sobre hacia Nazar.
—Teníamos un trato. Tú cumpliste tu parte, y esta es la mía. Además, Sam y tú tendréis que devolverle el dinero al Estado… No te va a venir mal.
Nazar volvió a negar con la cabeza.
—¡Guarda eso o la camarera pensará que es la propina! —se inclinó sobre la mesa y volvió a meter el sobre en el bolso de Aurora—. Y respecto a los subsidios… En realidad, Sam y yo ya hemos pensado una salida.
—¿Vais a buscar un abogado? Mis padres conocen a uno…
—¡No! Un abogado está fuera de nuestro alcance.
—¿Entonces qué? ¿Vais a intentar tapar la vieja mentira con una nueva?
Nazar esperó a que les sirvieran la pizza. No habló hasta que la camarera se hubo alejado.
—Llamaremos a servicios sociales en nombre de mi madre. Confesaremos que Tarás murió hace tiempo. Diremos que dejen de ingresar fondos por él.
—¿Y los tres años de dinero robado?
—Llegaban a la cuenta de mi madre, a su tarjeta. Se la olvidó cuando huyó con su último amante. Nadie podrá probar que fuimos nosotros quienes sacamos el dinero. Si el Estado quiere recuperar esos fondos, primero tendrá que encontrarla a ella.
—Y cuando la encuentren…
—No la encontrarán. Nunca se queda mucho tiempo en el mismo sitio. Lo más probable es que ni siquiera esté en el país.
Aurora bajó la mirada. Un momento antes tenía muchísima hambre, pero ahora se le había cerrado el estómago.
—¿No tenéis ningún contacto con vuestra madre?
—Ni siquiera recuerdo cuándo fue la última vez que la vi. Y tampoco quiero…
—No me cabe en la cabeza. No entiendo cómo puede dormir tranquila sin saber si sus hijos están vivos. Vale que tú ya eres mayor, pero Vlad, Dani… necesitan el cariño de una madre. Son solo unos niños.
Nazar se encogió de hombros. Era el gesto de alguien que ya había dejado de creer en los milagros.
—Como dice Sam, ella no nació para la familia.
—Créeme, Sam tampoco nació para eso, y mira, se hizo cargo de vosotros.
—Sí… si no fuera por Sam, no viviríamos bajo el mismo techo —deslizó la pizza hacia Aurora—. ¿Por qué no comes?
—No sé… me he puesto triste. La vida es injusta con vosotros.
—Si nuestra vida injusta nos ha enseñado algo, es que se puede estar triste y comer al mismo tiempo —sonrió el chico—. No pasa nada, Aurora.
Ella asintió. Cogió una porción y le dio un bocado.
—Sabes, esta cena se parece mucho más a una cita que lo que nosotros llamamos cita.
—Pero esto no es un restaurante, como tú querías. Es una pizzería corriente.
—Puede ser… El lugar no importa tanto. Lo importante es la compañía. ¿Te importa si me hago otra foto?
—¿No enviaste ya la de ayer a la redacción?
—Sí. Pero ahora quiero una foto para mí —apuntó con el móvil hacia Nazar.
Él casi se atraganta.
—¿Conmigo?
—¿Y qué te sorprende tanto?
—Que quieras tener un recuerdo mío. ¡Bórrala! No ensucies tu galería con mi careto.
Aurora arrugó una servilleta y se la lanzó a Nazar.
—¡Para ya!
—¿El qué?
—¡De menospreciarte! Eres mejor de lo que crees.
—Me conoces demasiado poco para sacar esas conclusiones.
—Pues déjame que te conozca mejor —apoyó los brazos en la mesa, esperando su siguiente movimiento—. Dame esa oportunidad.
—No creo que te convenga…
—¡Vamos, Nazar! Invítame a una cita de verdad.
—No.
—Entonces te invito yo.
—Y yo rechazo la invitación. Créeme, será mejor para los dos.
—Soy vanidosa, ¿recuerdas? No estoy acostumbrada a aceptar un no por respuesta.
—No tengo tiempo para eso —Nazar se aferró a su último clavo ardiendo.