Aurora pasó otra noche en vela. Esta vez, los Lisovyi no salían de su cabeza; todos ellos, pero especialmente Nazar. Ese chico ejercía una influencia extraña sobre ella. A su lado, Aurora se volvía valiente, incluso audaz. Pero al despedirse, a solas con sus pensamientos, esa valentía mutaba en pura vergüenza. ¡¿De verdad había insistido para que la invitara a salir?! ¡No le cabía en la cabeza! Y cuando él se negó, ella decidió tomar las riendas y presentarse allí después de su trabajo. Quizá prepararle la cena…
Un momento. ¿De dónde venía eso? Aurora Kim nunca se arrastraba por un chico. Aurora Kim no secuestraba ancianos con demencia. Pero…
¿Qué estaba pasando? ¿Por qué junto a Nazar se comportaba como una persona totalmente distinta? ¿Y por qué ser esa «otra» le resultaba tan natural? ¿Y si esa era su verdadera identidad? ¿Y si simplemente la había olvidado tras la máscara que se obligaba a llevar para gustar a todo su entorno? Con Nazar no hacía falta máscara; con él se estaba bien… ¿Significaba eso que su zona de confort era un chico al borde de la depresión y su familia desestructurada? Conclusiones vertiginosas que daban ganas de comprar un abono para el psicólogo.
Al bajar del coche, activó la alarma y se dirigió al edificio principal de la universidad. El vestíbulo zumbaba como un panal alborotado, y la causa era la edición fresca del periódico estudiantil, que volaba de mano en mano más rápido que el café en los descansos. Antes de llegar al guardarropa, Aurora sintió sobre ella decenas de miradas: curiosas, escépticas y, en algunos casos, francamente desconcertadas.
Vio un ejemplar en el alféizar de una ventana. Lo tomó y sonrió. En la portada destacaba la foto de su cita «oficial». El titular gritaba algo sobre el «triunfante cierre de la subasta benéfica», aunque lo triunfante debería haber sido la visita al orfanato. Pero, ¿a quién le importan los niños cuando se puede cotillear la vida privada de Aurora Kim?
En realidad… ¿para qué engañarse? Eso era lo que buscaba cuando aceptó participar en la subasta. La popularidad es fácil de perder, hay que alimentarla como sea. Pero ahora, por alguna razón, esa fama no le producía la euforia de antes.
—Oye, ¿pero quién es ese? —oyó Aurora un fragmento de conversación a sus espaldas—. ¿Es de nuestro curso? ¿O de Físicas?
—Qué va, dicen que es de ADE.
—Mira cómo la mira... tiene un aire desafiante.
—¡Claro que es desafiante! Es rico. Todos los ricos van con la nariz por las nubes.
Aurora soltó una risita casi inaudible. Le gustaba que Nazar fuera un rompecabezas que nadie lograba armar. Ahora no era la única que se comía la cabeza por él. El murmullo la escoltó hasta el aula. Entró, echó un vistazo y se dirigió al pupitre que compartía con Liza en la tercera fila.
Liza ya estaba allí, escribiendo concentrada en sus apuntes. Ni siquiera levantó la vista cuando Aurora se sentó a su lado y dejó el bolso sobre la mesa. El aire alrededor de su amiga estaba electrificado por un reproche silencioso que resultaba incómodo incluso a un codo de distancia.
—Hola —dijo Aurora bajito, abriendo su cuaderno.
Liza no respondió de inmediato. Soltó el bolígrafo despacio, alineó sus papeles y solo entonces giró la cabeza hacia Aurora. Su mirada era punzante y tenía los labios apretados como si contuviera una avalancha de palabras.
—El artículo ha quedado... llamativo —observó Liza secamente, echando una ojeada al periódico que Aurora había dejado en el borde del pupitre—. Toda la universidad no hace más que hablar de vuestra cita. Y tú, por cierto, no me habías contado qué tal fue. Primero te quejas de que no quieres ver a ese tacaño, y luego me llamas diciendo que necesitas ir urgentemente a «Otoño Dorado». ¿Para qué? ¡Para robar a un abuelo con él!
Aurora sintió cómo se levantaba un muro invisible entre ellas.
—Liz, veo que estás dolida —Aurora apartó los apuntes, ignorando al profesor que entraba en el aula—. Hablemos de esto.
—No estoy dolida. Estoy… estoy enfadada contigo —replicó Liza tajante, dejando que sus emociones afloraran por fin—. Me dejaste como una idiota ante el guardia, manchaste la reputación del cuerpo de voluntarios…
—¡No exageres!
—… ¡mientras te divertías con un chico al que hace dos días no querías ni ver!
El profesor empezó a trazar un esquema complejo en la pizarra y el murmullo del aula se fue apagando, sustituido por el roce de los bolígrafos. Pero Aurora y Liza ni siquiera anotaron el título de la lección. Se inclinaron la una hacia la otra, continuando la charla en susurros.
—Rory, es que me preocupas —Liza jugueteaba nerviosa con un anillo fino, sin mirar a su amiga a los ojos—. Me he arrepentido mil veces de haber organizado esa subasta. Desde que Nazar apareció en escena, no eres la misma. Estás cerrada, siempre en las nubes, respondes por compromiso. ¿Y lo de ayer en la residencia? Parecíais cómplices que acaban de atracar un banco. Algo está pasando, Aurora, no estoy ciega. Pero por más que miro, no entiendo qué es.
Aurora sintió una punzada de culpa. Tenía ganas de hablarle de los Lisovyi. De Dani y Shchuryk, del abuelo Tarás, de Sam y de la Julia que él interpretaba. Pero sabía que Liza no lo entendería. Para ella, aquello sería el guion de un drama de sobremesa, no la vida real.
—Estoy perfectamente —Aurora le dio un empujoncito bromista en el hombro—. Nada de secretos ni de crímenes. Y Nazar es buena persona. Cuando lo conozcas mejor, lo entenderás.
—No tengo planes de conocerlo mejor. A menos que haga otra donación a nuestro fondo de voluntarios…
—No lo hará. Pero tu olfato profesional merece mis respetos —se rio Aurora.
Liza finalmente alzó la vista y escudriñó el rostro de su amiga. Parecía buscar rastros de mentira, pero no los halló. Al final, relajó los hombros y mostró una sonrisa débil y algo escéptica.
—Está bien —suspiró, animándose un poco—. Te creeré. No habrás olvidado que mañana es el partido de Timur, ¿verdad? Estará toda la universidad, y luego habrá fiesta en el club... Es justo lo que necesitamos.