Una cita con la reina

16.1

Nazar finalmente logró desenredarse de los auriculares, tirándolos a un lado como si fueran serpientes venenosas. Se pasó una mano por la cara, tratando de borrar el rastro de vulnerabilidad que sabía que ella había captado. En la penumbra de la habitación, sus ojos parecían dos pozos oscuros, cargados de una fatiga que no era solo física.

—No sé qué es peor —masculló, sentándose en el borde opuesto de la cama para mantener una distancia de seguridad—. Que me veas así, o que hayas entrado sin invitación en mi... "fortaleza" de tres metros cuadrados.

—¿Tu fortaleza? —Aurora recorrió con la mirada las paredes desnudas—. Parece más una celda de castigo. No hay ni una foto, Nazar. Ni un solo recuerdo colgado.

—Los recuerdos pesan —respondió él secamente—. Prefiero que no ocupen espacio físico. ¿Qué haces aquí, Aurora? Deberías estar en esa fiesta. Bebiendo algo caro, riéndote de los chistes malos de algún idiota con futuro asegurado... no aquí, en el desván de un tipo que acaba de perder hasta su derecho a freír patatas.

Se hizo un silencio denso. Aurora se fijó en sus manos: estaban inquietas, entrelazándose con fuerza.

—Me lo han contado los chicos —dijo ella, ignorando su tono cortante—. Lo de Timur y su padre. Nazar, lo siento muchísimo. Sé que es por mi culpa, por habernos dejado ver juntos, por...

—No te atrevas —la interrumpió él, alzando la cabeza. Su voz ya no era deprimida, sino amarga—. No te atrevas a cargar con eso. Timur es un matón que solo sabe golpear cuando sabe que el otro no puede devolver el golpe. Lo de perder el trabajo... bueno, es solo una raya más para el tigre. El problema no es el trabajo en sí. El problema es que cada vez que intento sacar la cabeza del barro, alguien me pone el pie encima.

Nazar suspiró y se dejó caer un poco, apoyando los codos en las rodillas.

—Me siento como en el camión de Petro Ivánovich —confesó en un susurro—. Girando un volante que no está conectado a nada. Haciendo ruidos de motor mientras el coche está desguazado. Es patético. Y que tú estés aquí, viéndome en este agujero... solo lo hace más real.

Aurora no se alejó. Al contrario, se inclinó un poco hacia él. En ese momento, no era la chica de portada de la universidad; era simplemente una joven que veía el dolor de un amigo y se negaba a dejarlo solo.

—No eres patético —dijo con una firmeza que lo obligó a mirarla—. Eres la persona más real que he conocido en mucho tiempo. Y si tu volante no está conectado a las ruedas, entonces tendremos que bajarnos de este camión viejo y buscar otro camino. Juntos.

Nazar soltó una risa amarga, pero esta vez fue más breve.

—¿Juntos? Aurora, tu mundo y el mío solo chocan cuando hay un desastre de por medio. No puedes arreglar mi vida con una caja de alitas de pollo y una sonrisa.

—Bueno, las alitas ayudan bastante, según Vlad —intentó bromear ella, aunque sus ojos seguían serios—. Escúchame. No he venido a salvarte. He venido porque no quería estar en ningún otro sitio. Ni en la fiesta, ni con Timur, ni con mi máscara de "chica perfecta". He venido porque aquí, en este cuarto frío, me siento más en casa que en cualquier club de moda.

Se hizo un silencio absoluto. Nazar la estudió, buscando cualquier rastro de lástima, pero solo encontró esa sinceridad desarmante que tanto lo asustaba.

—Tienes frío —observó él de repente, notando un ligero escalofrío en sus hombros—. Este sitio es un congelador por las noches.

Se levantó, cogió una vieja sudadera gris que colgaba del respaldo de la silla y, tras dudar un segundo, se la tendió.

—Póntela. Si te resfrías aquí, tu padre me demandará por negligencia.

Aurora cogió la prenda. Olía a él: a una mezcla de detergente barato y ese aroma metálico de quien pasa el día trabajando. Se la puso sobre el vestido de seda, y el contraste era tan ridículo como simbólico.

—Gracias —dijo ella, hundiéndose en la tela de algodón—. Nazar... mírame.

Él lo hizo.

—No dejes que Timur gane. Si te rindes ahora, él habrá tenido razón sobre nosotros.

—¿Sobre nosotros? —repitió Nazar, y por primera vez en toda la noche, una chispa de curiosidad —o quizás algo más peligroso— cruzó su mirada.




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