Caminaron por la calle oscura. En el barrio donde vivía Nazar, no había muchos lugares para pasear. Especialmente de esos donde pudieras andar de noche sin temer que te asaltara uno de los amigos de Vlad.
—Y bien… —empezó Nazar, sin saber cómo terminar la frase. Las palabras se le quedaban trabadas en la garganta como un trozo de pan seco. Todo su arsenal habitual de pullas se había evaporado de repente. Al lado de Aurora se sentía como un adolescente torpe, y eso le irritaba soberanamente—. Yo… no me vendría mal algo caliente. ¿Quieres un cacao? Todas las cafeterías están cerradas, pero hay una gasolinera aquí cerca… Las bebidas allí saben a jabón. No sé por qué he dicho eso.
Aurora sonrió.
—Suelo tomarlo con sirope de coco, pero con sabor a jabón aún no lo he probado. Es una idea estupenda. Con el cacao nos será más fácil ocultar la incomodidad.
—No hay ninguna incomodidad —bufó Nazar, escondiendo la barbilla en el cuello alto de su chaqueta. Intentaba parecer seguro de sí mismo, pero su corazón traicionero marcaba un ritmo de discoteca.
—¡Pero si tartamudeas y te pones rojo cada vez que intentas empezar a hablar! —Aurora le dio un toquecito con el hombro.
—¡No me pongo rojo! Es… una ilusión óptica por la luz de las farolas.
—¡Vaya que si te pones rojo!
Nazar se tocó la mejilla con la palma de la mano. Estaba caliente como una sartén al fuego. Maldita sea.
—Bueno, puede que un poco… —cedió—. Es que hace tanto que no hablaba con chicas que se me ha olvidado por completo cómo hay que comportarse.
—No es la primera vez que nos quedamos a solas.
—Pero es la primera vez que no hay entre nosotros ni discusiones ni planes ilegales.
—Si te hace sentir más cómodo, podemos discutir. Solo hay que elegir un tema… ¡Ah, ya sé! Tú y tu estilo de vida. Es un tema que no me deja tranquila desde hace días.
Nazar se detuvo en seco. Cruzó los brazos sobre el pecho.
—¿Y qué tiene de malo mi estilo de vida? —se extrañó—. No fumo, prácticamente no bebo alcohol, nunca he probado las drogas, ni siquiera las blandas. Y si cuentas mi participación en el equipo de baloncesto, encima hago deporte. Un sueño de chico, vamos.
—No me refiero a los malos hábitos —negó Aurora con la cabeza—. Me refiero a que te hundes en la depresión conscientemente. Trabajas por dos, cargas con demasiada responsabilidad, no te permites relajarte. No eres una persona, eres una navaja suiza. Si sigues a este ritmo, vas a desperdiciar tus mejores años.
—Dices eso como si tuviera elección. El dinero no cae del cielo y los niños tienen que comer. Danik crece, necesita zapatos nuevos cada tres meses, y Vlad… Vlad es una catástrofe andante que requiere financiación constante.
—¡No son tus hijos! Son tus hermanos.
—¿Y qué? Eso no cambia la esencia.
—Sí que la cambia. En primer lugar, los padres deben cuidar de ellos. Si no están, entonces el tutor. ¿Verdad? Y el tutor de Vlad y Danik es Sam. ¿Por qué no asume al menos la mitad de las obligaciones? ¿Por qué te has uncido tú al carro y tiras de todo solo?
Nazar, inesperadamente incluso para sí mismo, soltó una carcajada. Seca y un poco triste.
—¿Has visto a Sam? Vive en un mundo de burlesque y purpurina. ¿De qué obligaciones hablamos? No puede ni con su propia vida, qué decir de unos niños… Le estoy muy agradecido por haber arreglado los papeles para que los pequeños vivieran con nosotros. No le exigiré más. Porque es… inútil.
—¡Pero no puedes olvidarte de ti mismo! —Aurora se acercó más, obligando al chico a mirarla a los ojos—. Ni siquiera... ni siquiera puedes organizar tu vida personal.
—Te preocupas demasiado por mi vida personal, Aurora.
—Alguien tendrá que hacerlo…
Llegaron a la gasolinera. La luz de neón del letrero hería los ojos tras la oscuridad de las calles. Nazar compró dos cacaos grandes en vasos de papel. Le tendió uno a Aurora, junto con una chocolatina.
—Toma. Para que no me sermonees al menos mientras masticas.
—Mi ración semanal de dulce —sonrió ella, rodeando el vaso con las palmas para calentarse—. Y encima después de las doce de la noche… Una locura.
—¿Ya es tan tarde? —se sobresaltó Nazar. Sacó el móvil y miró la hora—. Vaya…
—¿Tienes prisa?
—No, pero…
—… pero, por costumbre, no puedes relajarte.
—¡Ya basta! Sé relajarme —se indignó Nazar.
—Nazar, «dormir en cualquier ocasión» no es relajarse. Hablo de soltarse, de saber pasar de todo durante al menos unas horas y pensar solo en ti. Hay que sentirse libre de vez en cuando.
—Hablas como si yo fuera un viejo aburrido.
—Pues mira, con Petro Ivánovich habría más posibilidades de irse de fiesta.
Nazar dio un sorbo al cacao. El azúcar y el calor surtieron un efecto mágico en él. Miró a Aurora; estaba bajo las luces de la gasolinera, con el pelo alborotado por el viento, y se veía tan linda que de pronto sintió vergüenza por su eterna amargura.
—Puede que tengas razón. Hace mucho que no me sentía libre.
—Entonces vamos a… mmm… —ella miró a su alrededor. La carretera vacía, la ciudad dormida, el silencio—. Vamos a pasear hasta el amanecer.
Las cejas de Nazar se dispararon hasta la mitad de la frente.
—¿En vez de dormir? —preguntó, como si por aburrimiento Aurora hubiera propuesto atracar un banco.
—Sí. Recorreremos toda la ciudad y veremos salir el sol.
—¿Nosotros dos? —especificó él.
—Sí.
Nazar terminó los últimos sorbos de cacao y lanzó el vaso a la papelera.
—¡Pues vamos!