La noche se desplegó ante ellos como un lienzo infinito sobre el cual, a partir de ese momento, podían pintar lo que quisieran. La ciudad cambiaba gradualmente: de los suburbios desgastados con aceras rotas pasaron a las avenidas centrales lavadas por la lluvia, donde los escaparates de las lujosas boutiques brillaban con una luz fría y fantasmal.
La incomodidad que al principio les pesaba sobre los hombros se disolvía con cada kilómetro recorrido. Era como si los contornos de los objetos se desdibujaran en una niebla densa. Nazar ya no apretaba los puños y Aurora había dejado de retocarse el cabello a cada minuto. Sus pasos se sincronizaron poco a poco, creando un ritmo único en las calles desiertas.
Aprovechando la ocasión, Nazar quiso conocer mejor a su compañera. Le preguntaba por sus padres, su infancia, sus aficiones y sus planes para el futuro. Hacía las preguntas con tal curiosidad que parecía que Aurora fuera una visitante de otro mundo. Un mundo en el que, para él, seguramente no habría lugar.
Aurora hablaba en voz baja, casi en un susurro, como si temiera asustar esa armonía repentina. No mencionó sus viajes, ni el lujoso piso que le regalaron al cumplir la mayoría de edad, ni sus contactos con gente famosa. Por primera vez en su vida, todo aquello le pareció trivial e insignificante. Se atrevió a expresar lo que realmente la inquietaba: el peso de ser la "niña de oro" de la que siempre se espera la perfección.
—Sabes —dijo ella, mirando la sombra bajo sus pies—, a veces siento que vivo en una bola de cristal. Es bonito y está limpio, pero no hay aire para respirar. Todos ven el estatus, pero nadie nota a la chica que solo quiere ser ella misma. Y lo más absurdo es que, en algún momento, yo misma me creí que necesitaba todo esto. Me meto en concursos de belleza… invierto nervios, dinero y tiempo. ¿Para qué? ¿Para sentirme como un perro de raza en una exposición? ¿Para atraer la atención de algún millonario que quiera tenerme como un accesorio bonito? No, gracias…
Nazar sintió que sus palabras resonaban en él con una pizca de tristeza. Quería animarla, sacarla de ese "cautiverio de cristal" y recordarle que la vida no es solo su responsabilidad o su deber de cumplir expectativas ajenas. La vida también es puro absurdo.
—Bueno… al menos no fuiste una estrella del burlesque travesti —soltó él con una risita, haciendo que Aurora levantara la vista sorprendida.
—¿Y tú sí?
—Ajá, tuve una experiencia de la que no me siento orgulloso —Nazar no esperaba contarle esa historia; esperaba enterrar esos recuerdos en lo más profundo de su memoria—. Hace dos años, Sam tenía una actuación en un club clandestino. Su pareja se enfermó y el espectáculo estaba a punto de cancelarse. Sam lloraba tanto que el rímel le llegaba a la barbilla…
Aurora estalló en carcajadas.
—¡Quiero detalles!
—Es un trauma de por vida —continuó Nazar, alegrándose de haber hecho reír a Aurora—. ¡Me maquillaron! Me pusieron pestañas postizas. Y luego me embutieron en un disfraz enorme... era algo intermedio entre un pavo real y un algodón de azúcar rosa.
—¿Un flamenco?
—¡Exacto! Me encasquetaron una peluca de tres kilos que se me caía sobre los ojos todo el tiempo. Sam me dijo: "Tú solo sal y saluda con la mano como la Reina de Inglaterra". Pero me tropecé con la cola de aquel flamenco-pavo real justo al salir y entré en el escenario boca abajo. Ah, y para que entiendas la profundidad de mi humillación: ¡llevaba medias! ¡Medias, Aurora! El público pensó que era una performance de vanguardia. Yo estaba ahí tirado entre plumas rosas, mirando los focos y pensando: "Lisovyi, ¿cómo has llegado a esto?".
Aurora ya no solo sonreía; se reía a carcajadas, cubriéndose la cara con las manos.
—¿Y qué hiciste? —preguntó entre lágrimas de risa.
—Me levanté, me sacudí las plumas e hice una reverencia. Luego Sam dijo que fui un "flamenco demasiado bruto", pero hicimos caja. Y los clientes quedaron encantados. Así que, Aurora, cuando pienses que tu vida en la bola de cristal es un asco, acuérdate de mí cubierto de lentejuelas rosas. Te prometo que te sentirás mejor.
Llegaron al borde del mirador en el parque central. El aire se había vuelto gélido, propio del momento previo al amanecer, pero ya no importaba. Nazar se situó detrás de Aurora, casi rozando sus hombros, creando para ella un refugio contra el viento. Ella sentía su calor, y esa protección era más cálida que cualquier abrazo.
En un momento dado, la mano de Nazar rozó accidentalmente la de ella. No se apartaron. Al contrario, Aurora entrelazó sus dedos con los de él. Fue un contacto inocente, casi ingrávido, pero atravesó a Nazar con más fuerza que cualquier frío. El mundo entero se redujo a ese punto de contacto.
El cielo empezó a cambiar de color. El azul profundo se disolvía lentamente, dando paso a franjas de color rosa pálido y melocotón. La ciudad abajo comenzaba a despertar: el rumor lejano de los primeros trolebuses, algún ladrido distante, el sonido de teléfonos móviles.
—Mira —susurró Aurora—. Qué belleza…
El sol apareció de repente, como una moneda de oro que se desliza del bolsillo del cielo. Sus primeros rayos golpearon los tejados, doraron los cristales de los rascacielos y finalmente acariciaron sus rostros.
Nazar no miraba el amanecer. Miraba cómo la luz dorada jugaba en el cabello de Aurora, cómo ella seguía sonriendo al recordar su historia sobre el show de Sam. En ese instante, sintió lo mismo que ella había mencionado en la gasolinera. Libertad.
No tenía trabajo. Le esperaba un día difícil. Pero allí, con la mano de ella entre la suya, sintió que esa noche había cambiado su vida para siempre.