—Yo, por cierto, vivo cerca —dijo Aurora, señalando con la cabeza hacia un barrio de élite que se vislumbraba tras el parque—. Te agradecería mucho si me acompañaras a casa. Porque, un poco más, y me quedo dormida en el primer banco que encuentre.
Nazar sintió cómo se le encogía el corazón ante la idea de ponerle punto final a esta noche. Deseaba que esa ruta fuera eterna, que las calles no terminaran nunca y que el sol se quedara atascado en algún lugar tras el horizonte. Pero la realidad se imponía: sus ojos también se cerraban sin piedad, se le trababa la lengua y bostezaba más de lo que respiraba. Nazar comprendía que el momento de la despedida llegaría de todos modos, por mucho que intentara estirar cada minuto compartido, así que se limitó a asentar en silencio, ajustando su paso al de ella.
La ciudad a su alrededor despertaba: los barrenderos rascaban el asfalto con sus escobas, de las panaderías emanaba el aroma a bollería recién hecha y café, y los primeros rayos de sol iluminaban cruelmente el cansancio en sus rostros. Pero era un cansancio agradable; era la prueba de que esa noche realmente había sucedido.
El camino a casa de Aurora resultó demasiado corto. Nazar habría querido dar media vuelta hacia el parque y recorrerlo todo de nuevo. Cuando se detuvieron ante la puerta de cristal de su portal, la magia se desvaneció. El mundo volvió a ser demasiado real, duro e injusto. Allí, entre ventanas pulidas y céspedes perfectos, Nazar volvió a sentir con agudeza cada hilo deshilachado de su vieja sudadera. En su cerebro aullaba una sirena advirtiéndole que estaba en territorio ajeno. No era su lugar, ni ese barrio de lujo ni, mucho menos, estar al lado de una chica como ella.
Quería besarla. Primero en el mirador, pero no se atrevió. Ahora, al despedirse, era otro momento ideal… pero una nueva ola de indecisión lo arrolló. ¿Quién era él? Un estudiante desempleado con un montón de problemas. Y ella era Aurora. Hasta su nombre era celestial, como si sus padres la hubieran bautizado así para subrayar que era inalcanzable para fracasados como él.
Nazar vaciló, y ese instante fue fatal. En lugar de dar un paso al frente, la abrazó con torpeza.
—Gracias por el paseo y por el apoyo —masculló, retrocediendo—. Me lo he pasado muy bien.
—Adiós, Nazar —respondió ella en voz baja. En sus ojos cruzó una sombra de decepción—. Me pasaré al caer la tarde a recoger el coche.
—Sí, vale. ¡Nos vemos!
Se dio la vuelta y se marchó. Con cada paso se recriminaba a sí mismo: "¡Idiota! ¡Eres un cobarde, Lisovyi! Un simple cobarde…".
—¡Nazar! —se oyó la voz de Aurora cuando él ya casi llegaba a la esquina del edificio.
Se giró al instante. La chica estaba en la puerta, sujetándola con la mano. Parecía confundida, como si buscara una excusa para que no se fuera en ese preciso momento. Al menos, ese pensamiento impidió que la autoestima de Nazar se hundiera del todo.
—Yo… quería preguntarte —dijo ella por fin—. ¿No podría quedarme con uno de los gatos? Dijiste que Danik aceptaría… Me gustaría tener un animal, después de todo.
Nazar se quedó paralizado un segundo. ¿Un gato? ¿En serio?
—Bueno… creo que es una idea estupenda —soltó una risita nerviosa—. Se lo preguntaré a Danik. Te buscará el gato con el carácter menos insufrible.
—Genial. ¡Gracias!
Ella empezó a cerrar lentamente la maldita puerta. Nazar miraba cómo la rendija se hacía cada vez más pequeña y, de repente, algo explotó en su interior. Todo el absurdo de esa noche, la historia de las lentejuelas rosas, el amanecer en la montaña y ese diálogo sin sentido sobre un gato; todo se mezcló.
Salvó la distancia hasta la puerta de dos saltos y la interceptó en el último segundo, impidiendo que la cerradura encajara. Aurora se sobresaltó, alzando hacia él unos ojos asombrados y muy abiertos.
—Sobre el gato… —exclamó él respirando con dificultad, como si hubiera corrido un maratón. Su rostro estaba muy cerca del suyo—. Quería aclarar una cosa más…
—¿El qué? —susurró Aurora, conteniendo el aliento.
Nazar vaciló un instante y luego, sencillamente, mandó todo a la mierda. No aclaró nada. En su lugar, tomó su rostro entre sus manos —ásperas, cálidas, un poco temblorosas— y la besó.
No fue un beso perfecto de melodrama. Fue desesperado, sabía a aire frío matinal y al chocolate dulce de la gasolinera. En ese beso estaba toda su protesta contra Timur, contra la pobreza y contra su propia indecisión. Aurora dejó escapar un leve sonido de sorpresa y luego sus manos se clavaron en la sudadera de él, atrayéndolo aún más cerca, como si hubiera estado esperando esto toda la noche.
Cuando finalmente se separó, el mundo alrededor parecía borroso y un poco… ¿más brillante?
—Así que… el gato y yo te esperaremos —repitió Nazar con voz ronca, y por fin una sonrisa apareció en sus labios.
Se alejó de su casa. No iba exactamente en la dirección correcta, ¿pero a quién le importaba? El asfalto bajo sus pies ya no parecía duro ni frío; era como si tuviera muelles, impulsándolo hacia arriba. El cansancio que diez minutos antes le pesaba en los ojos se evaporó de golpe, dando paso a una euforia salvaje, casi infantil. En sus labios aún persistía el sabor de su beso, y en su cabeza resonaba un único pensamiento: "¡Ha pasado!".
Caminaba por la avenida vacía de la mañana, sonriendo a los transeúntes malhumorados. En un momento dado, se dio cuenta de que su cuerpo empezaba a dar saltitos al son de un ritmo imaginario. Nazar estuvo a punto de ponerse a bailar en mitad de la acera, haciendo giros cómicos y moviendo los brazos como aquel mismo flamenco rosa en el escenario del club. Le daba absolutamente igual la pinta que tuviera. En ese minuto, se sentía el hombre más feliz del mundo.