Una cita con la reina

21.

La mañana de Aurora no empezó con el habitual pitido de la alarma, sino con un suave y cauteloso roce cerca de la almohada. Abrió los ojos y no comprendió de inmediato dónde estaba. Por un momento, incluso pensó que se había quedado a dormir en casa de los Lisovyi, al sentir el cosquilleo de unos largos bigotes felinos en su mejilla. Milka, que había dormido a sus pies toda la noche, se había acercado y ahora estudiaba a su nueva dueña con sus ojos ambarinos.

—¡Oh... hola, preciosa! —acarició la cabeza de la gata.

Era su primera noche juntas. Aurora temía que la gata no lograra adaptarse a su nuevo hogar, pero Milka resultó ser sorprendentemente delicada. No exigía demasiada atención; enseguida entendió dónde estaba el arenero y el rascador para sus uñas. Adornó un poco con su pelo el abrigo favorito de Aurora al quedarse dormida sobre él, pero eso eran minucias. Tras varias visitas a casa de Nazar, la joven empezaba a comprender que contra el pelo no se puede luchar: simplemente hay que acostumbrarse.

—¿Tienes hambre? —preguntó Aurora.

Milka parpadeó con sus ojazos.

—Yo también. Vamos a desayunar…

Ese día, Aurora se preparaba para la universidad como si fuera una fiesta. Un ligero nerviosismo no la dejaba tranquila, pero la idea de pasar todo el día en compañía de Nazar la hacía sonreír. Se vistió rápido, se hizo una trenza y se aplicó un maquillaje ligero. Metió todo lo necesario para las clases en su bolso, agarró las llaves del coche y se despidió de Milka. Era extraño... nunca pensó que la presencia de un gato en el apartamento pudiera crear tanto hogar. Incluso esa breve despedida, a la que Milka se mostró totalmente indiferente, le daba sentido al día y disipaba la sensación de soledad.

Cuando Aurora llegó a casa de los Lisovyi, Nazar y Dani ya esperaban junto a la valla. Nazar se veía inusual: con una camisa bien planchada (seguramente Sam había ayudado) y el pelo aún un poco húmedo tras la ducha. Intentaba ocultar su sonrisa, pero en su mirada brillaban luces más intensas que las guirnaldas de un árbol de Navidad.

—¡Hala! ¡Ni me lo creía cuando Nazar dijo que tú me llevarías a la escuela! —gritó Dani, corriendo hacia el coche—. ¡Guau, asientos con calefacción! Se puede calentar el trasero, las manos e incluso la comida. ¡Me siento como un rico!

De camino a la escuela, Dani se comportaba como si fuera un príncipe heredero que por fin iba camino de su coronación. Tan pronto abría la ventana para saludar a los vecinos como comentaba entusiasmado cada detalle del panel de instrumentos. Cuando Aurora se detuvo, Dani saltó del coche con un aire tan orgulloso que Nazar no pudo evitar reírse.

—Adiós... chóferes —exclamó el pequeño, cargando la mochila al hombro—. ¡Que tengáis un buen día!

Se quedó saludándolos durante un buen rato, feliz por haber llegado a la escuela por primera vez en coche y no en tranvía. Aurora sintió cómo un calor agradable la invadía. Y aunque Nazar intentaba bromear sobre la prepotencia de Dani, ella comprendía lo mucho que significaba para él ver a su hermano tan contento. Parecía una nimiedad, pero cuánta alegría encerraba...

—Llegamos justo para la primera clase —dijo ella, consultando el reloj.

—¡Incluso me he comprado una libreta para los apuntes! —presumió Nazar.

—A finales de quinto curso...

Cuando entraron en el recinto de la universidad, Aurora ignoró deliberadamente un sitio libre en un rincón del aparcamiento. En su lugar, aparcó justo frente a la entrada principal, donde solía reunirse toda la élite de su facultad.

En cuanto se abrieron las puertas, las conversaciones alrededor empezaron a apagarse. Aurora bajó primero y luego apareció Nazar. El efecto fue como si hubiera estallado un petardo en mitad de una clase aburrida. Los estudiantes cuchicheaban; algunos miraban descaradamente, sin dar crédito a sus ojos. Nazar Lisovyi —a quien solo conocían por su apellido en la lista de alumnos y por los rumores sobre el robo de una rata— bajaba ahora del coche de la chica más guapa de la universidad.

—¿Has visto? —llegó la voz de alguien—. ¿Es que... están juntos?

—Si es así, la subasta ha salido rentable...

Aurora no hizo caso del murmullo. Sentía una descarga de adrenalina increíble. Se acercó a Nazar y, con un gesto deliberadamente posesivo, le arregló el cuello de la camisa.

—¿Listo para ser la estrella del día? —preguntó en voz baja, rozando juguetona la nariz de él con la suya.

—Contigo, estoy listo para venir aquí hasta disfrazado de flamenco —respondió él, y había tanta ternura en su mirada que Aurora olvidó por un momento a la gente que los rodeaba.

Cerca de la puerta estaba Timur. Se había quedado petrificado con un vaso de café en la mano, y su rostro expresaba una mezcla de shock, furia e impotencia. Su plan del despido debería haber aplastado a Nazar, obligándolo a desaparecer, pero en su lugar veía a un rival que, además, lucía como un ganador. El café en las manos de Timur tembló levemente cuando Nazar pasó por su lado, dedicándole un breve y tranquilo asentimiento. Fue una humillación elegante.

Liza, que observaba la escena desde lejos, se limitó a sonreír enigmáticamente. Se acercó a Aurora cuando ya habían entrado en el vestíbulo.

—Sabes, Rory —le susurró al oído mientras Nazar consultaba el horario—. Creía haberte visto de todas las formas posibles. Pero así... Simplemente brillas por dentro. Te queda mejor que la corona de Reina de la Belleza.

Aurora apretó su bolso con más fuerza. Sentía que todo vibraba en su interior. No era una simple visita a la universidad: era su manifiesto. Había elegido su camino, y ese camino estaba ahora junto al tablón de anuncios, calculando cuántas asignaturas ni siquiera había empezado a estudiar todavía.

—Vamos —Aurora se acercó a Nazar y entrelazó sus dedos con los de él—. La primera clase es Economía. Justo lo tuyo.

Nazar rio, apretando su mano en respuesta. Las mariposas en el estómago de Aurora organizaron un auténtico baile. Si aquello no era amor, ¿qué era? ¿Una indigestión?




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