Una cita con la reina

22.

Las clases terminaron. El sol aún colgaba alto en el cielo, inundando la plaza de la universidad con una luz brillante, casi cegadora. El calor de la tarde se mezclaba con el aroma a césped recién cortado de los jardines del campus y el murmullo de los estudiantes que salían en tropel tras las lecciones. Aurora sentía que su alma cantaba. El día de hoy lo había cambiado todo: Nazar ya no era un extraño, se había convertido en parte de su realidad, de su entorno. Y esa sensación era más dulce que cualquier éxito previo.

—Y bien, Lisovyi —Aurora le dio un empujoncito juguetón con el hombro mientras se acercaban a su coche, que relucía en el aparcamiento—, ¿cómo estás? ¿Sigues vivo tras semejante dosis de conocimientos académicos y socialización inesperada?

Nazar respiró hondo, echando la cabeza hacia atrás y ofreciendo su rostro a los cálidos rayos del sol.

—Más vivo que nunca —confesó con una ligera sonrisa—. Sabes, pensaba que me quedaría allí sentado como una pieza de museo a la que todos señalan. Pero resultó... resultó que tus amigos son bastante agradables. Son geniales, Aurora. Gracias por presentárnoslos.

—No me des las gracias. No tenía ninguna intención de presentarte a nadie.

—¿No?

—No. Preferiría llevarte de la mano y no dejar que nadie se te acercara. ¿Y si las otras chicas ven lo increíble que eres y también se cuelan por ti?... No necesito competencia.

Nazar no pudo contener la risa.

—Nadie en todo el mundo es capaz de hacerte competencia —la rodeó con un brazo y, atrayéndola hacia sí, le dio un beso en la coronilla. Las mariposas en el estómago de la chica organizaron una discoteca instantánea.

—Así que... si te ha gustado lo de hoy… ¿podrías venir mañana también? —se detuvo junto a la puerta del conductor, conteniendo el aliento—. Si no tienes otros asuntos, claro.

—Vendré —respondió él con firmeza—. ¿Por qué no?

—¡Súper! Entonces, igual que hoy, paso a buscarte a las ocho —Aurora empezó a abrir la puerta, pero Nazar la detuvo suavemente.

—Oye, verás... —vaciló, buscando las palabras—. Gracias por traerme hoy. Pero no quiero que conviertas esto en una obligación. No necesito una chófer personal.

—¡No me cuesta nada!

—Tienes que dar un gran rodeo para recogerme. No está... bien.

Aurora frunció el ceño, pero sus ojos bailaban con chispas de diversión.

—Lo que no está bien es que un chico pierda una hora en el metro en lugar de pasar esos quince minutos conmigo. Si tanto te preocupa mi papel de «chófer», pues intercambiemos los asientos. Yo me quedo al lado tomando café y tú me llevas a clase. Creo que es el punto medio ideal.

Nazar retrocedió como si ella le hubiera propuesto algo prohibido.

—¡¿Qué?! ¡No! ¿Estás de broma? Este coche cuesta una fortuna. Me da miedo hasta respirar cerca de él, como para ponerme al volante.

—Venga ya. ¡Es solo un medio de transporte! —Para confirmar sus palabras, Aurora le dio una patadita a la rueda—. Puedes usarlo cuando quieras. Si tienes que recoger a Dani de la escuela o ir a hacer recados.

—No.

—¿Pero por qué?

Nazar se calló de repente. Su seguridad se esfumó, dejando paso a una turbación casi indefensa. Bajó la vista hacia sus zapatillas y dijo en voz baja:

—Es que... no sé conducir.

Aquella confesión sonó tan sincera que Aurora se quedó inmóvil un momento. En su mundo, saber conducir era algo básico, como respirar. Casi todos sus amigos recibían coches por su decimoctavo cumpleaños o como premio por entrar en la universidad.

—¿En serio? —preguntó con dulzura.

—Ajá. Nunca hemos tenido coche. Quise aprender, pero la autoescuela es demasiado cara. Y total, ¿para qué, si no puedo comprarme ni un ciclomotor?

Aurora sintió que el corazón se le encogía de ternura.

—¡Pues entonces yo te enseño! —exclamó, y sus ojos se iluminaron.

—No…

—¡Escúchame, es una idea fantástica! Iremos a explanadas vacías. Seré una instructora estricta pero justa, ¡lo prometo!

—Aurora, no —Nazar negó con la cabeza, aunque en su mirada ya asomaba el interés—. Tu coche... es de lujo. No quiero rayarlo.

—Es más resistente de lo que parece a simple vista —Aurora le tomó la mano, entrelazando sus dedos—. Vamos, déjame al menos intentarlo. Claro que no te daré el carné, pero te enseñaré lo básico. ¡Por si acaso te hiciera falta en una situación extrema!

—¿En caso de apocalipsis?

—En tu familia hay un apocalipsis casi cada día. Créeme, saber conducir no te vendrá nada mal.

Nazar la miró durante un largo minuto. En su cabeza luchaban el miedo racional y el deseo loco de sentir, por una vez, el volante entre sus manos y la libertad que da la carretera.

—Bueno… tengo tres horas hasta la entrevista… —empezó.

—¡¿Entonces aceptas?!

—Un par de vueltas en un descampado —dijo con una sonrisa—. En algún sitio donde no haya ni gente ni farolas.

—¡Hecho! Vamos ahora mismo a buscar un lugar adecuado. Hoy darás tu primer paso hacia el carné de conducir, Lisovyi.

Nazar asintió, apretando con fuerza la mano de ella. Aún no sabía cómo pisar los pedales correctamente, pero ya sabía con certeza que con esa chica estaba dispuesto a ir a cualquier parte.




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