El bar era un local a medio llenar, de luces tenues y muebles de madera maciza. Nazar seguía sintiéndose completamente fuera de lugar, intentando improvisar sobre la marcha alguna excusa para marcharse.
—Señor Kim, de verdad que esto es una mala idea. No creo que el alcohol ahora mismo... —empezó a decir, pero Tae-Kwon se limitó a asentar con la cabeza hacia la barra sin siquiera aminorar el paso. Su imperturbabilidad le ponía de los nervios, pero al mismo tiempo, Nazar no podía evitar admirarla.
Se sentaron en unos taburetes altos. Tae-Kwon, sin mirar la carta, pidió una botella de whisky de malta de treinta años. Cuando el camarero puso ante ellos dos vasos pesados, Nazar tomó un sorbo con cautela y enseguida hizo una mueca: el fuego le abrasó la garganta con un regusto a humo y un olor que le recordaba al sillín de cuero de una bicicleta vieja.
—Horrible —raspó—. ¿Podría pedir una Coca-Cola?
Tae-Kwon hizo girar su vaso pensativo, observando los reflejos ambarinos.
—Esta botella cuesta tanto que, por puras leyes de la física, no puede saber tan mal —sentenció, y le dio un trago. Su rostro también se desencajó por un momento debido al amargor, pero se limitó a posar el vaso con calma sobre la mesa—. Una porquería de las raras. Pero cara, al fin y al cabo. Así que beberemos por las malas.
La primera copa entró con dificultad; la segunda, algo mejor. El silencio entre ellos dejó de ser tenso para volverse denso, relajado. Tae-Kwon habló primero, mirando hacia algún punto más allá de las botellas en los estantes.
—No me has pedido consejo, pero te lo voy a dar. No le des la espalda a tu padre, Nazar —dijo con una suavidad sorprendente—. Entiendo y hasta respeto tu orgullo. Pero te has ganado el apoyo que no tuviste en la infancia. Te has pasado la vida luchando con uñas y dientes, pero ahora... ahora puedes finalmente relajarte. Recibir lo que mereces. Yo también crecí en la pobreza. Sé lo que es empezar una vida sin cimientos. Es condenadamente difícil... No rechaces los cimientos que te ofrecen ahora, aunque la oferta llegue un poco tarde. Es necesario para ti y para tus hermanos.
—Lo entiendo, pero...
—No puedes aceptarlo. Sientes que cualquier gesto por parte de Aleksandr se interpretará como un soborno para limpiar su conciencia.
—Exacto.
—¡Pues que así sea! Ese hombre te debe, maldita sea, veinte años de vida. Tienes derecho a todo lo que te ofrezca. Y a más.
Copa tras copa, las barreras caían. Nazar notó que a Tae-Kwon le afloraba un leve acento coreano —más suave, casi musical— que solía ocultar bajo un ucraniano perfecto. El propio Nazar sintió de pronto una valentía inusitada. El alcohol había borrado el miedo ante el temible señor Kim, haciéndolo parecer tan poco amenazante como Sam.
—¿Puedo hacerle una pregunta? Es que tengo curiosidad... —Nazar se giró hacia él, tambaleándose un poco en el taburete—. ¿Por qué usted... bueno, nos permitió a Aurora y a mí estar juntos? Es decir, no es que necesitáramos su permiso, lo habríamos hecho igual... pero usted simplemente dio un paso atrás. ¿Por qué?
Tae-Kwon, que ya estaba visiblemente entonado, se quedó quieto al principio. Frunció el ceño como si intentara concentrarse. Primero trató de construir una frase compleja sobre valores familiares y la elección personal en su habitual estilo de negocios. Abrió la boca, empezó la frase, luego la cerró y suspiró profundamente. Al final, simplemente hizo un gesto con la mano, mandando al traste el protocolo.
—Mira —se inclinó más cerca de Nazar, y sus ojos brillaron de una forma totalmente... humana—. Yo solo quería ver al lado de mi hija a un chico con huevos. ¿Me entiendes? Y no a esos niñatos malcriados que suelen rodearla. Tú no me tenías miedo. Y eso lo valoré.
—A decir verdad... le tenía tanto miedo que estuve a punto de hacérmelo encima —confesó Nazar.
Tae-Kwon se quedó mudo un instante y luego soltó una carcajada sincera que retumbó en todo el bar. Nazar, sin darse cuenta, empezó a reírse también.
Le tendió la mano a Tae-Kwon.
—Gracias. Por Aurora y por el apoyo.
Tae-Kwon le estrechó la mano con firmeza. En ese apretón de manos entre dos hombres borrachos en un bar había más verdad que en las mil palabras dichas hoy en el funeral.
Para cuando la botella de whisky se había vaciado en sus dos terceras partes, el mundo alrededor de la barra se había vuelto un lugar asombrosamente acogedor. Tae-Kwon se había quitado la chaqueta y desabrochado los botones superiores de la camisa. Su corbata colgaba ahora del cuello de Nazar. El propio Nazar se sentía extrañamente relajado. Tenía ganas de dormir y de hablar al mismo tiempo. ¡Hablar mucho, de todo en el mundo! ¡Sobre todo porque su interlocutor resultaba ser tan interesante!
De repente, el teléfono de Tae-Kwon se iluminó: era su esposa. Él rechazó la llamada con un solo movimiento. Pero el teléfono volvió a sonar.
—Mujeres... —dijo filosóficamente, levantando su vaso—. Siempre quieren controlarlo todo.
Un minuto después, la pantalla se encendió de nuevo. Esta vez era Aurora. Tae-Kwon miró la foto de su hija, sonrió con picardía y también pulsó "rechazar".
—No molestes a papá mientras habla con un tío legal —murmuró para sus adentros—. Nazar, tú eres un tío legal, ¿verdad?
—Sí. Soy legal —asintió Nazar, plenamente convencido de ello.
Al cabo de un minuto, el teléfono sonó en el bolsillo de Nazar. También era Aurora.
—Oh... es ella.
—¡Corta!
—No, señor Kim. Tengo que contestar —Nazar intentó enderezar la espalda, pero el taburete empezó a balancearse traicioneramente. Tuvo que agarrarse a la barra con una mano.
—Calzonazos —sentenció Tae-Kwon, entornando un ojo.
Nazar pulsó "aceptar", intentando dar a su voz la máxima seriedad posible.
—¿Di-ga? ¿Aurora?
—¡Nazar! ¿Cómo estás? ¿Por qué no llamas?
—¡Todo de maravilla!
—¿Qué te pasa en la voz?