La vida de Nazar había vuelto a su habitual carrera en círculos: de los libros a los turnos nocturnos, de las aulas universitarias al apartamento de Aurora, y luego a casa. Además, se acercaba la graduación, y había volcado todas sus fuerzas en los estudios, esperando ingenuamente que las fórmulas complejas y la preparación de la tesis desplazaran de su cabeza los pensamientos sombríos sobre el futuro. Quería llenar cada minuto libre con tareas para que no quedara lugar para el silencio, en el que se oía nítidamente la cuenta atrás del tiempo.
Pero no ayudaba. Cuanto más cerca estaba la fecha de partida de Aurora, más pesado sentía el aire en los pulmones. Nazar se dio cuenta de que la frase "si amas a alguien, déjalo ir" suena bien solo en el cine; en la práctica, son cien cristales rotos clavados en el corazón.
A menudo se sorprendía mirando fijamente a un punto, recordando las palabras de Sam. A veces, cerrando los ojos, se permitía el entretenimiento más peligroso: soñar. En esas breves visiones, se veía en un avión junto a ella. Veía los carteles de neón de una ciudad extraña donde simplemente eran dos personas felices, no rehenes de las circunstancias. Veía cómo, finalmente, empezaba a avanzar... Pero la realidad le daba una bofetada cada vez: la cuenta bancaria vacía y la deuda con su familia eran un muro que no se podía derribar solo con sueños.
Mientras tanto Sam, que nunca había sabido morderse la lengua, no aguantó más y se lo contó todo a Dani y a Vlad. Seguramente esperaba que ellos pudieran convencer a Nazar de ir en contra de su conciencia y del sentido común. Y, de hecho, su apuesta funcionó.
—Quieres ir allí, lo vemos —empezó Vlad una tarde, apartando el plato de la cena—. ¿Por qué te torturas? No nos hace ninguna gracia observar tu depresión. Tu sacrificio no nos va a traer alegría ni a mí ni a Daniel.
Dani al principio callaba. Cuando se hablaba de que, en teoría, Nazar podría irse tan lejos y por tanto tiempo, las lágrimas asomaban de inmediato a los ojos del pequeño. Sorbió por la nariz, se limpió las mejillas con la manga enfadado y se fue a otra habitación. Pero con cada día que pasaba, su resentimiento infantil se transformaba en algo mucho más maduro.
—Tienes que irte —dijo de pronto Dani con firmeza de camino a la escuela. Su voz aún temblaba un poco, pero su mirada era obstinada—. Siempre lo has hecho todo por nosotros, pero ya basta. Ha llegado nuestro turno de hacer algo por ti. Somos nosotros quienes debemos dejarte ir, no tú a Aurora. Si te quedas aquí, Vlad y yo nos sentiremos culpables. ¿Quieres que nos avergoncemos por retenerte?
Nazar se quedó petrificado, impresionado por esa lógica impropia de un niño. Miró a sus hermanos —tan difíciles, complicados, pero increíblemente leales— y sintió por primera vez que su mayor obstáculo no era la falta de autonomía de ellos, sino su propio miedo a creer que habían crecido tanto.
Nazar abrió los ojos lentamente. El sol ya se filtraba por las cortinas, dibujando franjas doradas en la pared. A su lado, hecha un ovillo, Aurora respiraba suavemente. Últimamente se quedaba a dormir con más frecuencia; ambos se aferraban con avidez a cada minuto juntos, como si intentaran respirarse el uno al otro para los años venideros.
Durante unos minutos, simplemente la observó. Aurora parecía tan tranquila, tan... suya. La idea de que pronto el calor de sus abrazos se convertiría en un recuerdo le desgarraba el alma. Con cuidado, para no despertarla, se deslizó fuera de las mantas, se puso una camiseta y bajó las escaleras. Necesitaba una buena taza de café para tragar esa tristeza matutina.
Al bajar, Lisovyi oyó el familiar balbuceo infantil. Sus labios se curvaron en una sonrisa involuntaria.
"Ya ha vuelto Lora", pensó. Se había convertido en una visita frecuente en su hogar, pero a Nazar le gustaba. Con Lora aparecía una extraña ilusión de familia completa. Con cada visita, Sam parecía volverse más adulto y la casa más acogedora. Pero lo más importante era que, con ella, siempre venía Michelle.
Nazar entró en el salón y vio de inmediato a la pequeña gateando por la alfombra. Se acercó, la tomó en brazos y la lanzó al aire, haciendo que la niña soltara una risa cristalina.
—¡Hola, renacuaja! ¿Has venido a ver cómo viven tus hermanos? —murmuró con ternura, estrechándola contra sí—. ¡Te echábamos de menos!
Solo entonces levantó la vista y se quedó gélido. En el sillón, frente a Sam, no estaba Lora.
Aleksandr se veía distinto a su primer encuentro. En su postura ya no había esa fría superioridad, solo una notable inquietud que intentaba ocultar apretando con fuerza los dedos sobre sus rodillas. En la habitación reinaba un silencio pesado, casi solemne. Sam y Vlad estaban sentados cerca, y por sus caras se entendía que la conversación llevaba ya tiempo en marcha. Cuando entró Nazar, todos callaron al instante.
—Buenos días —saludó Nazar con voz sorda. De repente se sintió cohibido. Recordó todas esas llamadas perdidas de Aleksandr que había ignorado durante semanas, sin saber qué decir ni cómo comportarse.
El invitado sonrió débilmente.
—Me alegra verte, Nazar —le estrechó la mano al chico—. Siéntate, por favor.
Nazar se sentó obediente en el borde del sofá, todavía con Michelle en brazos. Ella era como un escudo vivo entre él y esa realidad inevitable.
El hombre sacó lentamente un sobre blanco del bolsillo interior de su chaqueta. Ya estaba abierto y un poco arrugado, como si lo hubieran sostenido en las manos durante mucho tiempo. Aleksandr se lo tendió y desvió la mirada.
—¿Qué es esto? —preguntó Nazar.
—Simplemente léelo...
—Está bien.
Sacó la hoja y clavó la vista en las secas columnas de cifras y términos médicos. Sus ojos recorrieron rápido el texto hasta detenerse en la conclusión principal al pie de la página:
Probabilidad de paternidad: 99,9%.
Nazar sintió que todo se detenía en su interior. Lo sabía. Estaba preparado lógicamente para ello, pero ver en blanco y negro la prueba de que tenía ante sí a su padre biológico... era demasiado. En el pecho, en algún lugar profundo bajo las capas de viejo resentimiento y armadura protectora, algo extraño se movió. Era una alegría pequeña, casi infantil. Y aunque demostrar ese sentimiento ahora parecía una traición al pasado, Nazar no logró ocultar el leve temblor de sus dedos.