Una Corona En El Siglo 21

PROLOGO

Hay naciones que no mueren en las batallas, sino en la lenta agonía de la indiferencia.

Para el invierno de 2026, Corea del Sur ya no era el milagroso país en auge que una vez deslumbró al mundo, era una sombra pálida que se arrastraba entre los escombros de su propia codicia. Las luces de Neón de Seul parpadeaban como velas a punto de apagarse en una noche helada. Las tiendas que antes exhibían lujo hoy ostentaban aparadores vacíos y cristales rotos. Las madres ya no enseñaban a sus hijos a soñar con el futuro, sino a racionar el pan de mañana.

Decían que el hambre borra la memoria, pero en Seúl provocó lo contrario: despertó la nostalgia.

Cuando la democracia se rompe por la mitad y los partidos políticos se ven unos a otros como enemigos y no como adversarios, el país entra en una era de superpoblación, escasez de recursos o cambio climático descontrolado, los procesos electorales y las leyes que tardan años en aprobarse pueden ser vistos como un "lujo ineficiente". Cada vez que cambia el gobierno, se desmonta todo lo hecho por el anterior.

La pérdida total de fe en las instituciones democráticas debido a la corrupción generalizada. La gente siente que los políticos solo roban para sí mismos porque sus cargos son temporales.

Aquel martes, el aire olía a gas lacrimógeno y a desesperación. Más de dos millones de almas inundaban las avenidas principales, un mar humano sofocado que no marchaba por una bandera partidista ni por una promesa electoral vacía. Marchaban sosteniendo un símbolo traído del pasado: estandartes negros con el dragón dorado bordado en hilo desgastado, el emblema de la Casa Real Jeon.

El pueblo busca recordar una figura histórica o un linaje tradicional que represente el "orgullo del país". La narrativa mental cambia a: "Un presidente sirve a su partido; un Rey encarna a la Patria". Además, bajo la lógica monárquica, la familia real no "roba" al Estado porque el Estado y el prestigio del país son su propio patrimonio y legado para sus hijos, lo que teóricamente alinea sus intereses con el bienestar de la nación.

El país no elige un rey por "ganas de volver al pasado", sino por desesperación hacia el presente. El pueblo renuncia a votar a cambio de tres cosas clave que el sistema anterior no le daba: Estabilidad, Unidad y Continuidad a largo plazo.

"Nos quitaron al Rey y nos dejaron con buitres", rezaba una pancarta gigante colgada desde el techo de un edificio gubernamental. La gente no extrañaba un palacio; extrañaba la época en que el país tenía un alma.

Para comprender el abismo en el que hoy se ahoga nuestra nación, es necesario recordar los pasos del tiempo y regresar al año en que la esperanza fue forjada con sangre: 1910.

Aquel lejano 19 de julio de 1907, el trono de la península fue ocupado por Yi Sunjong, una sombra sin voluntad, un rey títere cuyos hilos eran movidos desde la penumbra por el imperio japonés. La tragedia no tardó en reclamar su cuota. Para el año 1910, cuando la guerra estalló con furia indomable, el enemigo logró infiltrarse en las entrañas del palacio, masacrando sin piedad al Rey Sunjong y extinguiendo en una sola noche de horror a todo su linaje.

Pero mientras la corona caía en el palacio, en las fronteras heladas la dignidad aún se negaba a morir.

Allí combatía el hombre más joven en ostentar el título de Marqués: Jeon Young. Con solo veintiún años e hijo del ministro de Guerra, Young no era un noble moldeado en seda, sino en acero y barro. Aunque la noticia de la muerte del rey llegó como un hacha sobre sus tropas, él no entregó la espada. Sabía que un rey puede caer, pero el pueblo permanece. Al mando de una diminuta y exhausta tropa, regresó al corazón del país para plantar cara al invasor, barriendo a los escuadrones enemigos en una contienda sangrienta que se prolongó durante meses. Ver a su joven marqués resistir el combate sin retroceder un solo paso inyectó en el corazón de sus soldados una fuerza sobrehumana y admiración.

Tras diez meses de agonía, el Imperio Japonés no tuvo más opción que retirarse, dejando tras de sí una Corea victoriosa, pero desangrada y en ruinas.

El país necesitaba un guía urgente para no desplomarse. La ley ancestral dictaba que, ante la muerte de un monarca sin herederos directos, el poder debía buscarse en las ramas colaterales de la sangre real. Sin embargo, no había a quién recurrir; la masacre había sido absoluta. Fue entonces cuando el llanto del pueblo y el clamor unánime de los ministros se unieron en un solo rugido: el trono no pertenecía a un nombre de cuna, sino al héroe que los había rescatado del infierno.

Así, Jeon Young fue coronado como el nuevo Rey de la nación.

Los viejos ancestrales de la historia lo recuerdan con letras de oro como el soberano más grande que jamás pisó estas tierras. Con una inteligencia brillante y una visión estratégica sin igual, descubrió yacimientos minerales en las entrañas de las montañas, utilizando esa riqueza para tejer alianzas comerciales internacionales que transformaron el destino de su pueblo. En cuestión de décadas, Corea dejó de ser una víctima para convertirse en uno de los tres pilares económicos más poderosos del planeta, erradicando la pobreza a niveles jamás vistos. El pueblo no solo lo respetaba, lo amaba con la devoción que se le profesa a un padre. Durante cincuenta y siete años prósperos, la nación floreció bajo su manto.

Pero la grandeza siempre despierta el veneno de la envidia.



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En el texto hay: politica, romance, accion

Editado: 30.08.2026

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