Thomas…
En el último piso del edificio de la Comisión, el silencio dentro de la sala de reuniones era un contraste violento con la tormenta que rugía en las calles. Las ventanas de cristal blindado ahogaban los gritos angustiados del pueblo, pero no podían contener el hedor a cobardía que emanaba de aquellos hombres de traje y corbata.
—Mírelos, comisionado —murmuró el actual presidente del país, apoyando las yemas de sus dedos contra el cristal helado mientras miraba a la multitud allá abajo— Un montón de desagradecidos que olvidaron la democracia.
En el otro extremo de la mesa, me encontraba yo, ni siquiera me moleste en mirarlo. Mantenía mis ojos fijos en la pantalla de una tablet donde los datos se actualizaban en tiempo real.
Meses atrás, nada más pisar suelo coreano, convoque un referéndum histórico: la población elegiría si deseaba perpetuar el cadáver de la república o restaurar la corona.
—La democracia no llena estómagos vacíos, señor presidente —respondí con una voz rasposa, desprovista de toda cortesía diplomática— Tampoco cura el cáncer de un Estado que vende el futuro de sus jóvenes al mejor postor y deja que sus ancianos se congelen en la miseria. Esta gente no está pidiendo un monarca por el capricho de llevar cadenas, están pidiendo a gritos un pilar porque la casa que ustedes construyeron se les derrumbó encima. Ustedes son los únicos arquitectos de esta ruina.
—¡Esto es un complot internacional! —reclamó el portavoz del Parlamento, golpeando la mesa con furia impotente. Sus manos temblaban tanto que el agua de su vaso se derramó sobre los documentos— ¡No pueden desmantelar la República por un capricho popular!
—En primer lugar, no me alce la voz y en segundo lugar, no es un capricho. Es la sentencia de muerte de su dictadura disfrazada de democracia —sentencie, dejando la pantalla sobre la mesa.
El brillo azul de la pantalla iluminó las caras pálidas de los ministros con una cifra implacable: 98.6%. Y justo debajo, marcado en letras rojas como la sangre: Aprobado el retorno a la Monarquía Constitucional.
—La ONU ha ratificado los resultados —continue con frialdad—. A partir de este milisegundo, la administración civil queda oficialmente suspendida.
Un jadeo sofocado recorrió la habitación. El presidente, con el rostro desprovisto de todo color, se enderezó con torpeza, se acomodó el saco intentando salvar un resto de dignidad y dio media vuelta para dirigirse a la salida.
—¿A dónde cree que va, señor expresidente? —sentí como mi voz le cortó el aire como una guillotina.
El hombre se detuvo en seco, respondiendo sin girarse del todo y con un temblor inocultable en la voz: —Me retiro. Ya no hay nada más que discutir aquí.
—Se equivoca. Todavía no hemos terminado con usted —dije cruzando las manos tras la espalda— Queda formalmente detenido por agentes internacionales bajo los cargos de alta traición, corrupción sistemática y crímenes contra la humanidad por el sufrimiento provocado a su propio pueblo. Será extraditado de inmediato... ¡Llévenselo!
La puerta se abrió de par en par y varios oficiales armados redujeron al ex mandatario.
—¡No pueden hacerme esto! ¡Malditos sean! ¡Suéltenme! —gritaba el expresidente, pateando el suelo mientras los guardias lo arrastraban fuera de la sala, dejando tras de sí solo el eco de sus suplicas.
Mi secretario se acercó en silencio, contemplando el caos resultante. —¿Cuál es el siguiente paso, señor Comisionado?
—Según el protocolo de restauración —suspire, con los ojos clavados en el horizonte manchado de humo— debemos recabar los archivos históricos de la nación con los registros clasificados de la ONU. Es hora de rastrear el linaje del difunto Rey Jeon y devolverle, aunque sea un poco de paz, a esta tierra devastada.
—Pero señor, quien asegura que su linaje pueda arreglar todo este caos, no serán como el difunto rey —menciono mi secretario con un rostro intrigado
— Lo sé, nadie puede compararse al difunto rey, solo te puedo decir que nadie pueda asegurar que esto pueda funcionar o empeorarlo más, pero de una cosa estoy seguro, una de su descendencia tendrá el carácter del difunto rey y no se quedara de brazos cruzados —dije, con una leve esperanza que este país no se vaya a la mierda.
Minutos después, me encontraba en una conferencia de prensa donde fue transmitida en cadena nacional a través de cada pantalla y altavoz del país:
«PUEBLO DE COREA: CON EL 98.6% DE LOS VOTOS, HAN DECIDIDO CORTAR SUS CADENAS. ANUNCIO OFICIALMENTE EL RETORNO DE LA MONARQUÍA. A PARTIR DE ESTE MOMENTO, NOS ABOCAREMOS A ENCONTRAR AL ÚLTIMO HEREDERO DEL LINAJE REAL DE JEON YOUNG PARA ENTREGARLE EL DESTINO DE SU PATRIA».
Un estallido de euforia pura y llanto liberador retumbó de rincón a rincón en toda la península. Por primera vez en cincuenta y ocho años, la noche cayó sobre Corea no con el frío del abandono, sino con el cálido abrazo de la esperanza.
Desde el gran ventanal, contemplando la luz que volvía a los ojos de la gente, pensé para mí mismo: "Le devolví la voz a este pueblo... ahora solo queda rezar para que las manos que tomen esta corona sean capaces de sanar sus heridas".
Editado: 30.08.2026