Una Corona En El Siglo 21

CAPITULO II

Thomas…

Al amanecer del día siguiente, me dirigí sin perder un segundo a las catacumbas de la Biblioteca Nacional de Corea. Buscaba respuestas en el polvo del pasado, pero solo encontré el eco de una mutilación deliberada: los archivos sobre la estirpe del Rey Young habían sido desaparecidos como si alguien se hubiera encargado de borrar su rastro de la historia.

Con el alma sumida en la frustración, me comuniqué de inmediato a través de una línea segura con mi superior en la sede de la ONU.

—Señor —informé, manteniendo la voz firme a pesar de la aflicción que me oprimía el pecho—, no hay un solo folio sobre la descendencia del difunto monarca. Registré cada rincón. Alguien se aseguró de que el linaje real quedara sepultado para siempre.

Imaginé que te chocarías contra ese muro, Thomas —respondió la voz al otro lado de la línea, calmada y enigmática—. Por fortuna, la codicia humana nunca puede borrar lo que el mundo decidió proteger. Te enviaré un expediente bajo el nivel de seguridad Alfa. No cuestiones el misterio, solo léelo. Ahí encontrarás lo que buscas.

Antes de que pudiera formular una sola pregunta, la comunicación se cortó.

La espera se prolongó durante dos días interminables. Cuando el maletín sellado finalmente llegó a mis manos, mi secretario y yo nos encerrarnos a desentrañar su contenido. Lo que descubrimos nos dejó helados: presintiendo la tormenta de 1968, la ONU había amparado a la familia real otorgándoles identidades falsas y un refugio temporal en Estados Unidos. Sin embargo, la tragedia los persiguió; el único hijo del difunto rey falleció tres años después a causa de una fulminante enfermedad. Su viuda y su joven hijo regresaron en secreto a Corea bajo un nombre común, conservando únicamente el apellido Jeon para no perderse en el olvido.

Con el paso de los años, aquel muchacho creció, se casó y engendró dos hijos. El padre y su primogénito perecieron tiempo después en un devastador accidente automovilístico. En los registros públicos solo figuraba la supervivencia de un segundo hijo... un hombre que en la actualidad habría querido competír en la carrera presidencial: Jeon Min-woon.

—Señor... esto es insólito —murmuró mi secretario, devorando los documentos con los ojos abiertos de par en par— Qué crueles giros da la vida. El único heredero rastreable de la corona es uno de los candidatos de la política corrupta que destruyó a este país.

—Lo sé —respondí con una pesadez que me hundió los hombros— Pero debemos acatar la ley internacional. Envía una citación urgente al señor Jeon... y también a la viuda del hermano mayor. Necesito confrontar esta situación cara a cara.

Mientras mi secretario salía a ejecutar las órdenes, una sombra de incertidumbre me embargó. Entregarle la corona a Min-woon significaba poner a una nación moribunda en manos de un lobo hambriento de poder que solo buscaba saciar su ambición personal. No era justicia; era una condena. En lo más profundo de mi ser, rogué porque el destino tuviera guardada una última carta.

Al día siguiente, desde la oficina presidencial, contemplaba el ventanal aguardando una llegada que prefería evitar. Mi secretario anunció la llegada del señor Jeon.

El hombre cruzó el umbral portando una sonrisa triunfal, proyectando un aura helada y un semblante impregnado de una abrumadora superioridad.

—Señor Comisionado, un verdadero placer —saludó Min-woon, extendiendo la mano con la arrogancia de quien ya se sabe victorioso— ¿A qué debo el privilegio de esta citación tan repentina?

—Tome asiento, señor Jeon —indiqué, señalando la silla de caoba frente a mí y midiendo cada una de mis palabras— Lo que estoy por revelarle alterará de forma irreversible el curso de su vida. Asumo que conoce el propósito de mi estadía en su país.

—Por supuesto, Comisionado. Busca a la descendencia del viejo Rey —replicó él, acomodándose en el sillón con un gesto estudiado—. Aunque me pregunto qué relación tiene eso con un servidor.

—La investigación ha concluido, señor Jeon —declaré, fijando mi mirada en la suya—. Según los archivos clasificados, usted y su difunto hermano pertenecen a la línea de sangre directa del Rey Young.

Una chispa de ambición voraz destelló en los ojos del político, aunque fingió conmoción.

—¿Yo...? Santo cielo... Jamás imaginé que la sangre real corriera por mis venas.

—Así es —continué con tono sobrio—. Dado que usted es el único sobreviviente y que su hermano mayor no dejó descendencia, la corona recae sobre su cabeza.

—Es una terrible lástima lo de mi hermano —manifestó Min-woon, secándose una lágrima inexistente antes de erguirse con orgullo—. Pero no debe preocuparse, Comisionado. Como hombre de política, sabré tomar las riendas de este imperio con mano firme.

—En ese caso, señor Jeon, me corresponde declararlo...

La puerta se abrió repentinamente. Mi secretario interrumpió la escena para anunciarme que la viuda del hermano mayor aguardaba afuera. Le ordené pasar de inmediato.

La mujer que entró vestía con sencillez, pero caminaba con una dignidad serena que silenciaba la habitación. Al cruzar miradas con Min-woon, la sonrisa del político se congeló al instante, reemplazada por un sutil pero evidente nerviosismo.



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En el texto hay: politica, romance, accion

Editado: 05.09.2026

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