Una Corona En El Siglo 21

CAPITULO III

Ji-hoon…

Los sucesos que sacudieron al país en las últimas semanas parecían salidos de una pesadilla distante. Tras la locura del colapso democrático y la desesperada decisión de restaurar la monarquía, el mundo a nuestro alrededor cambió a una velocidad aterradora. Pero la verdad es que mi propia vida siempre ha sido una tormenta silenciosa.

Desde que tengo memoria, la tragedia ha marcado mi camino. Apenas era un niño cuando mi padre murió, y tras su partida, la casa se convirtió en un infierno helado. Mi madre jamás volvió a ser la misma; vive sumergida en un mal humor constante que, por alguna razón que nunca he logrado comprender, parece reservado únicamente para mí. Aun así, la quiero, buscando desesperadamente las migajas de un afecto que jamás llega.

Lo único brillante en mi existencia es mi hermano mayor, Seo-him. Él lo es todo para mí: mi refugio, mi mejor amigo, mi único pilar. Me apoya en todo a pesar de que soy un chico reservado y cerrado con mis emociones, quizás porque apenas tengo dieciocho años y el peso del mundo ya me resulta abrumador.

En la preparatoria ostento el primer lugar académico, pero jamás he recibido un "estoy orgullosa de ti" o un simple abrazo de mi madre.

La escuela es otro suplicio; por ser el mejor alumno, me convertí en el blanco perfecto de las burlas y los golpes. Jamás me defiendo; no sé cómo hacerlo y prefiero tragarme el dolor para no causar más problemas en casa.

Aquel día crucé el umbral de nuestro hogar con la ropa manchada de barro y el uniforme húmedo tras haber sido víctima de otros golpes en los baños del colegio. Intenté subir rápidamente a mi habitación para cambiarme antes de que me vieran, pero mi hermano me interceptó en el pasillo.

—¿Hyung...? Hola —saludé, forzando una sonrisa mientras escondía las mangas sucias tras la espalda.

—¡Hermanito! —Seo-him me observó con esa calidez que solo él poseía—. ¿Todo bien? Te ves cansado.

—Sí, todo tranquilo. ¿Y tú? ¿Dónde está mamá?

—Estaba terminando un boceto en el estudio. Mamá salió hace un par de horas, no me dijo a dónde iba —respondió, señalando el lienzo en el rincón.

Olvidaba mencionarlo: mi hermano es un artista excepcional. La pintura es su pasión absoluta; ha expuesto sus obras en varias galerías locales y ver cómo sus ojos se iluminan al sostener un pincel me llena el corazón. Me alegra infinitamente que él sí pueda perseguir lo que ama.

Horas más tarde, mi madre regresó. Traía una sonrisa resplandeciente, una emoción desbordante que jamás le había visto en el rostro. Nos ordenó reunirnos de inmediato en el comedor.

—¿Recuerdan que hay un Alto Comisionado de la ONU buscando a los descendientes del difunto Rey Young? —inquirió ella, rompiendo el silencio.

—Sí, lo vi en las noticias —asintió Seo-him, confundido.

—Pues hoy me citaron en la Comisión —prosiguió mi madre, juntando las manos con un fervor casi aterrador—. Me notificaron oficialmente que ustedes son la línea de sangre real. ¡Y tú, mi querido Seo-him, serás el Rey de esta nación!

El aire se congeló en mis pulmones. Jamás imaginé que por nuestras venas corriera la sangre del héroe más grande de nuestra historia, ni mucho menos que mi hermano terminaría cargando semejante peso sobre sus hombros.

—Madre... ¿de qué estás hablando? Esto es imposible —cuestionó Seo-him, perdiendo el color de las mejillas.

—Es la realidad, hijo —sentenció ella sin titubear—. Tendrás que abandonar esa ridícula carrera de arte que no te ha servido de nada y asumir el mando del país.

—¡No! —suplicó mi hermano, poniéndose en pie con desesperación—. ¡No voy a abandonar la pintura! Es lo que amo, es mi vida...

—¡Lo harás porque es una orden! —el tono de mi madre se volvió tajante y despiadado—. Serás el soberano, tendrás poder y riquezas. No pienso discutirlo más. Si osamos rechazar la corona, las autoridades nos castigarán por alta traición.

Seo-him quedó pasmado, con la mirada rota. Sin añadir una sola palabra, mi madre dio media vuelta y lo dejó allí, despojándolo de sus sueños en cuestión de segundos. Mi hermano caminó en silencio hacia su habitación y se encerró. Sentí un nudo sofocante en la garganta; la vida le estaba arrebatando su libertad y yo no podía hacer nada para salvarlo.

Al día siguiente, Seo-him salió al pasillo listo para partir. Me acerqué con cautela.

—Hyung... ¿estás bien? —murmuré, buscando sus ojos.

—Claro que sí, hermanito —respondió con una sonrisa ensayada, aunque la melancolía en su mirada lo delataba por completo—. Lo estuve pensando anoche... tal vez no sea tan malo ser el Rey.

Sabía que mentía para no preocuparme. Quise abrazarlo, pero la voz imperiosa de mi madre nos interrumpió anunciando que la escolta oficial nos aguardaba.

Minutos después nos encontrábamos en la oficina presidencial. El lugar imponía un respeto sobrecogedor. Thomas Vance, el Alto Comisionado, nos recibió con una reverencia diplomática y una sonrisa amable.

—Señora Kim, un placer verla de nuevo —expresó el diplomático extranjero, para luego fijar su vista en nosotros—. Y aquí tenemos al futuro de esta gran nación.



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En el texto hay: politica, romance, accion

Editado: 05.09.2026

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