Una Corona En El Siglo 21

CAPITULO IV

Ji-hoon…

Mi madre interrumpió abruptamente el inesperado momento de cercanía que el Alto Comisionado comenzaba a tener conmigo.

—Señor Vance, disculpe la interrupción —expresó ella, cruzándose de brazos con impaciencia—, pero ¿podríamos continuar con los detalles de la ascensión de mi hijo al trono?

—Por supuesto, señora Kim. Disculpe usted —respondió Thomas, dedicándome una última mirada de genuina fascinación—. Su hijo menor simplemente me deslumbró; posee una presencia extraordinaria.

Aquella apreciación me tomó por sorpresa, haciendo que un calor extraño me recorriera el rostro. Mi madre, visiblemente incómoda por la atención que se me brindaba, solo atinó a carraspear.

—No se preocupe, prosigamos —manifestó ella con frialdad.

—Bien. Dentro de cinco días se celebrará la fecha auspiciosa para la coronación —anunció el Comisionado, retomando su semblante profesional—. Es necesario que esta misma tarde se trasladen a la residencia oficial.

—¿Al Palacio Real? —inquirió mi madre, arrugando el entrecejo—. Pero ese lugar funciona como un museo nacional, señor.

—Lo era —corrigió Vance—. Desde que la ONU asumió la transición, el pabellón central fue restaurado y adecuado para
habitabilidad real. Mi secretario los escoltará a su casa para recoger sus pertenencias. Los veré allá al caer la tarde.

Pocas horas después, nos hallábamos empacando. La verdad es que mis pocas pertenencias cabían en una sola maleta, pero la idea de partir me oprimía el pecho. Aquella casa albergaba recuerdos preciosos junto a mi padre, pero también las cicatrices de la crueldad rutinaria de mi madre. Al salir al pasillo, descubrí a Seo-him de pie en el umbral de su estudio. Contemplaba su taller con los ojos anegados en lágrimas, acariciando con la mirada los lienzos y pinceles que se veía obligado a abandonar. El dolor en su rostro me laceró el alma; ver cómo le arrebataban su pasión me resultaba insoportable.

Al llegar al majestuoso complejo palaciego, fuimos recibidos por el propio Thomas Vance y decenas de sirvientes alineados que se inclinaron al unísono.

—Joven Seo-him, es un placer darle la bienvenida a su nuevo hogar —declaró el Comisionado.

—Gracias, señor Vance —asintió mi madre con altivez—. Por fin viviremos como nos corresponde.

—Me temo que ha habido una confusión, señora —intervino el diplomático con absoluta firmeza—. Usted no residirá en la estructura principal del palacio.

La sonrisa de mi madre se congeló al instante.

—¿Qué dice? ¡Soy la madre del Rey! —protestó, con la indignación encendiéndole las mejillas.

—Efectivamente, es la madre del monarca, pero su hijo es mayor de edad —explicó Vance con serenidad implacable—. Además, usted no ostenta el título de Reina Viuda. Tras revisar minuciosamente los registros civiles, descubrimos que jamás contrajo matrimonio legal con el difunto padre de sus hijos.

Aquel dato cayó como un rayo en la habitación. Mi madre palideció violentamente, abriendo los ojos desmesuradamente, y admito que yo quedé tan atónito como ella.

—¿C-cómo sabe eso...? —balbuceó ella, perdiendo la postura.

—Es mi deber investigar cada detalle —puntualizó el diplomático—. No existe ningún acta que respalde un enlace civil o religioso.

Acorralada, mi madre soltó una risa nerviosa.

—Bueno... jamás lo consideramos necesario. En fin... ¿dónde se supone que voy a vivir entonces?

—Por deferencia a sus hijos, se le ha asignado el Pabellón Noreste, ubicado en los jardines exteriores —aclaró Vance—. En el palacio principal solo habitarán Su Majestad el Rey y el Gran Segundo Príncipe, Jeon Ji-hoon.

Un escalofrío me recorrió la espalda al escuchar aquel título ancestral dirigido hacia mi persona. Mi madre apretó los dientes, tragándose la humillación.

—Acepto —masculló.

—Excelente. A partir de mañana, instructores de protocolo les enseñarán la etiqueta y las leyes del reino —continuó Vance—. Deben recordar una regla fundamental: la realeza jamás agacha la cabeza ante nadie. El Rey no hace reverencias a ningún ser humano, y el Príncipe únicamente se inclina ante el Rey. En cambio usted, señora Kim, al no tener un rango nobiliario, deberá inclinarse ante sus dos hijos.

Aquel mandato me erizó la piel. Noté cómo el rostro de mi madre se tornaba de un rojo volcánico, a punto de estallar de rabia ante la idea de inclinarse frente al hijo que siempre aborreció. Presintiendo el desastre, decidí intervenir.

—Señor Comisionado... ¿puedo pedirle un favor personal? —supliqué con tono suave—. Quisiera que el día de la coronación me permitan llevar el rostro cubierto con una máscara tradicional. No deseo que el público me reconozca en las calles; prefiero conservar mi libertad.

—Pero Ji-hoon, mereces ser reconocido como el príncipe que eres... —alcanzó a objetar Thomas, pero mi madre interrumpió tajante.

—A mí me parece una idea excelente —sentenció ella con desprecio—. De todos modos, su cara no tiene ninguna relevancia.

Ahí estaba de nuevo: el dardo veneno habitual directo a mi corazón.



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En el texto hay: politica, romance, accion

Editado: 05.09.2026

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