Una Corona En El Siglo 21

CAPITULO V

Ji-hoon…

El banquete real dio inicio con una ostentación sofocante. Entre el murmullo de copas de cristal y las risas ensayadas de la élite, me sentía como un fantasma colado en una fiesta ajena. Mi madre no se despegaba un solo segundo del costado de Seo-him, ufanándose ante diplomáticos y periodistas de ser la progenitora del nuevo soberano. Mirándola desde lejos, la pregunta de siempre volvió a lacerarme el pecho: ¿Por qué me aborrece tanto? ¿Qué pecado cometí al nacer para que ni todo mi esfuerzo alcance para merecer una sola mirada de afecto?

Buscando aire fresco, me escurrí hacia los jardines traseros del palacio, lejos del encandilador destello de las cámaras. Caminaba despacio cuando una figura chocó contra mi hombro, soltando una pequeña exclamación en un idioma que me tomó unos segundos reconocer.

Bonjour! —se disculpó la mujer.

A juzgar por su porte y atuendo, era una elegante dama extranjera de mediana edad. Para mi fortuna, comprendía perfectamente sus palabras. Olvidé mencionarlo: domino seis idiomas. Aprendí inglés, francés, italiano, chino, español y, por supuesto, coreano, devorando libros en mis noches de soledad con la ingenua esperanza de que mi madre se sintiera orgullosa de mí; un esfuerzo inútil que solo sirvió para ganarme más desprecio.

Bonjour, madame —respondí con fluidez.

La mujer arrugó las cejas, gratamente sorprendida.

Vous parlez français? (¿usted habla francés?) —inquirió, llevándose una mano al pecho—. Peux-tu m'aider a trouver la salle de banquet, s'il te plaît? Cet endroit est enorme, je me suis perdue et je cherche alguien...(me puede ayudar, me perdi estoy buscando a alguen)

Bien sûr, madame. Qui cherchez-vous? (¿claro, a quien buscas?) —ofrecí amablemente.

Je cherche mon mari. Il debe estar adentro ya, por favor. (mi esposo esta adentro por favor).

Acepté escoltarla manteniendo la cautela para no cruzarme con mi madre. Al reingresar al Gran Salón, la dama divisó a un hombre, suspuse que era su esposo ya que su apariencia paresia extranjera, se dirigía a una de las mesas principales, cuando note para mi desgracia, en ese mismo lugar se encontraban Seo-him, mi madre y Thomas Vance y, quise salir de ahí pero antes de que pudiera distanciarme, la señora me tomó con firmeza del brazo y me arrastró hacia la mesa.

Donde un señor de porte majestuoso se puso de pie al ver llegar a la mujer.

Mon amour! Tardé en encontrarte; este joven tan amable me ayudó a llegar hasta aquí —explicó ella en francés.

—Muchas gracias, jovencito —expresó el hombre en un coreano impecable, pero con un marcado acento extranjero—. Permítame presentarme: soy Emmanuel Macron, presidente de la República Francesa.

El aire se me congeló en la garganta al percatarme de que acababa de guiar a la primera dama de Francia.

Mon amour, il parle français! Il comprend tout lo que dices —añadió la mujer con entusiasmo.

El mandatario francés arqueó las cejas con genuino asombro.

—¿Así que hablas mi lengua materna, muchacho? ¿Cuál es tu nombre? —inquirió con calidez, extendiendo la mano.

Antes de que la angustia me hiciera dudar, Thomas Vance intervino salvándome de la encrucijada:

—Señor presidente, le presento al Gran Segundo Príncipe de la Corona. Por decreto de seguridad, su nombre e identidad pública se mantienen en estricto secreto real.

—Comprendo y respeto la tradición —asintió Macron, dedicándome una profunda inclinación de cabeza—. Es un verdadero honor, Príncipe. Admiro enormemente su diplomacia y la empatía de dominar mi idioma. Le estoy profundamente agradecido por haber protegido a mi esposa.

—El honor es completamente mío, Señor presidente —respondí tras mi máscara, saludando con un porte impecable—. Cualquier persona en mi lugar habría hecho lo mismo.

—Por favor, túteme; dime Emmanuel —sonrió el mandatario francés—. Me encantaría conversar más a fondo contigo. ¿Cuántos años tienes?

Iba a responder cuando la voz áspera de mi madre irrumpió como un látigo:

—Señor presidente, solo tiene dieciocho años —declaró ella con una sonrisa cargada de amargura, adelantándose para cortarme el paso—. Es un muchacho inexperto que no sabe nada de la vida; jamás entendería sobre política o asuntos de Estado.

El veneno en sus palabras no pasó desapercibido, pero el presidente de Francia solo ladeó la cabeza, observándome con mayor intriga.

—¿Dieciocho años? Sorprendente. Por tu postura y la madurez de tu voz, habría jurado que trataba con un hombre experimentado —comentó Macron.

—Él siempre ha proyectado esa aura —añadió Vance con misterio—. Incluso al ver su rostro... me recordó de inmediato a la estampa de un antiguo guerrero.

—Vaya, Thomas, eres un hombre privilegiado al haber visto su rostro —bromeó Macron, para luego volverse hacia mí y estrechar mi mano con firmeza—. Espero que en un futuro cercano me honres con una charla privada. Te debo un favor, Príncipe.

—Será un privilegio, Emmanuel —aseguré.

—Disculpen la interrupción —interfirió mi madre con tono tajante y mordaz—, pero el Príncipe debe retirarse ahora mismo. ¿Verdad, hijo?



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En el texto hay: politica, romance, accion

Editado: 05.09.2026

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