Ji-hoon…
Han transcurrido tres semanas desde la coronación de mi hermano y la impaciencia de la población ya se siente en el ambiente. En los noticieros, los analistas y los líderes de la oposición no dudan en calificar a Seo-him como un monarca incapaz, criticando la falta de soluciones inmediatas a la crisis del país. Me hiere la injusticia de sus palabras: ¿cómo pretenden que resuelva los problemas de una nación entera cuando apenas se está adaptando a su nueva existencia? Por ahora, cada dictamen que firma responde a las directrices de Thomas Vance, quien permanecerá tres meses en el palacio evaluando la estabilidad de la Corona mientras mi hermano recibe intensas tutorías sobre gobernanza y derecho real.
Por mi parte, la vida transcurre en una monotonía engañosa, eclipsada por la sombra de mis pesadillas. En las últimas noches, los sueños han cobrado un matiz aterradoramente nítido: me veo rodeado por una familia a la que siento profundamente mía, contemplo rostros devastados por la hambruna y me descubro liderando guerras sangrientas. La pesadilla del incendio ha cambiado; ya no me desespero ni golpeo la puerta buscando auxilio. Ahora simplemente me siento en el trono de madera tallada y me dejo consumir por el fuego, aguardando el final. Despierto con el sudor corriéndome por las mejillas y el rastro de lágrimas rebeldes cuyo origen no alcanzo a comprender. Mi corazón duele como el infierno al despertar; es un luto antiguo que me quema el pecho.
En el instituto, la tensión no cede. Los exámenes finales se aproximan y el acoso de mis compañeros continúa de forma implacable. Es un bucle interminable, pero he aprendido a amoldarme a las heridas.
Cada mañana mantengo la rutina de saludar a mi hermano antes de desayunar. A mi madre apenas la cruzo por los pasillos, y mi alma agradece esa distancia; es la única forma de evitar que siga despedazándome el orgullo.
—Hermano adorado, ¿cómo estás? —me saludó Seo-him al verme entrar al comedor, con una sonrisa cansada dibujada en el rostro.
—Herma... —inicié con afecto, pero la voz se me cortó en seco al cruzar mirada con la Sra. Choi.
En poco tiempo, mi ama de llaves se ha convertido en una suerte de abuela protectora. Es ella quien guarda en silencio las verdaderas razones por las que regreso del colegio maltrecho y con la camisa manchada. Su sutil carraspeo me recordó la estricta etiqueta del palacio.
—Su Majestad, muy buenos días —me retracté de inmediato, inclinando la cabeza en una reverencia impecable.
Nos sentamos a la mesa, pero noté que Seo-him apenas probaba bocado. Su tez lucía marcadamente pálida y unas profundas ojeras ensombrecían su mirada.
—¿Se encuentra bien, Su Majestad? —inquirí, dejando los cubiertos a un lado.
—Todo está tranquilo, no te preocupes —respondió, intentando restar importancia a la situación.
—Lo conozco a la perfección, su majestad. Algo no anda bien en usted... ¿O es que acaso ya no confía en mí?
Seo-him dejó escapar un largo suspiro y me miró con abatimiento.
—Por supuesto que confío en ti. Solo son asuntos de Estado que me cuesta digerir; la política es más sofocante de lo que imaginé.
—Comprendo. Debo retirarme ya, para no llegar tarde al instituto —asintió, manteniendo la intriga. Sabía que sus desvelos no se debían solo a las tutorías; había un peso más oscuro carcomiéndole el ánimo y estaba decidido a averiguar de qué se trataba.
Días después, la administración del colegio anunció las actividades extracurriculares obligatorias: cada estudiante debía inscribirse en una disciplina deportiva. Jamás he destacado en los deportes; siempre me he considerado torpe. Sin embargo, al revisar la lista, la opción de tiro con arco provocó un vuelco violento en mi pecho. Al recordar la sensación de sostener la madera y la tensión de la cuerda en mis sueños, mi corazón se aceleró. Decidí ignorar el impulso; mi madre siempre me prohibió cualquier práctica física sin dar explicaciones, y no deseaba buscar más problemas.
Mientras tanto, las obligaciones de mi hermano se multiplicaron. Sus asistencias a recepciones y debates nocturnos eran tan continuas que apenas coincidíamos en los pasillos.
Una noche, lo encontré en el vestíbulo principal a punto de abordar la comitiva real. Se tambaleaba sutilmente por el agotamiento.
—Hermano, te ves extenuado —le dije, acercándome con preocupación—. ¿Puedo ayudarte en algo?
—Hermanito, todo está bajo control —murmuró, pasándose una mano por el rostro pálido.
—Tienes una recepción oficial esta noche. ¿Qué te parece si asisto en tu lugar?
Seo-him negó rotundamente con la cabeza.
—No, Ji-hoon. Podría ser arriesgado.
—Solo debo acudir con la máscara y representar a la Corona. Nadie notará la diferencia si me mantengo distante. Por favor, déjame hacerlo; me servirá para aprender a socializar y tú podrás descansar. Yo también soy príncipe de este reino, puedo asumir esta responsabilidad por ti.
Mi hermano lo meditó durante unos segundos, abrumado por el cansancio.
—Está bien... ve tú —cedió finalmente—. Le avisaré al chofer para que sepa que serás tú quien aborde el vehículo principal.
Editado: 05.09.2026