Una Corona En El Siglo 21

CAPITULO VII

Seo-him…

El silencio de mi estudio se rompió en mil pedazos cuando la puerta se abrió de golpe, revelando al jefe de mi escolta personal con el rostro desencajado y la respiración cortada.

—¡Su Majestad! Ocurrió una tragedia... La camioneta real... sufrió un atentado en la carretera de la montaña —balbuceó el guardia, temblando visiblemente.

El tintero se me resbaló de los dedos, manchando los documentos sobre la mesa. Sentí que el suelo bajo mis pies cedía hacia un abismo helado.

—¿De qué estás hablando? —exigí, pálido como un lienzo en blanco—. ¿Dónde está mi hermano?

—El vehículo se quedó sin frenos a alta velocidad, rebasó el barandal y cayó al río —explicó el capitán, bajando la mirada con aflicción—. Los buzos de la guardia lograron rescatar al Príncipe Ji-hoon del interior de la cabina sumergida. Estaba inconsciente, sin respirar... Lo trasladaron de emergencia al Hospital Central de Seúl.

No escuché nada más. Un zumbido ensordecedor se apoderó de mis oídos. Salí corriendo del palacio hacia la comitiva, con el corazón martilleándome el pecho a un ritmo frenético. Fui yo, me repetía en un eco desquiciante. Fui yo quien lo envió a esa trampa. Era mi vida la que debía extinguirse en ese río, no la suya.

Al llegar al centro médico, el caos era absoluto. Decenas de patrullas, canales de televisión y periodistas rodeaban el edificio. En las pantallas de la sala de espera, las transmisiones en vivo ya anunciaban la supuesta muerte o agonía del nuevo soberano de Corea. El país entero creía que la víctima del atentado era yo.

Enojado ante la desinformación y abrumado por la rabia, me abrí paso entre el cordón de seguridad e irrumpí directamente ante las cámaras en el vestíbulo principal.

—¡Escúchenme bien! —bramé, con la voz quebrada pero cargada de una autoridad desesperada—. ¡La persona que lucha por su vida en este quirófano no es el Rey! Es mi hermano menor, el Gran Segundo Príncipe. Alguien manipuló el vehículo real con la intención de asesinarme a mí, pero fue mi hermano quien terminó pagando las consecuencias de este horrendo crimen. ¡Exijo justicia y les juro que los culpables pagarán por esto!

Mi declaración desató una tormenta mediática instantánea. Dejé a los reporteros atónitos y me dirigí a toda prisa hacia la sala de cuidados intensivos.

Allí me encontré con mi madre. Llegó al pasillo con los ojos desorbitados por el pánico, sujetándose el pecho como si le faltara el aire.

—¡Seo-him! ¡Hijo mío! —exclamó, corriendo a abrazarme con desesperación—. ¡Dios mío, estás a salvo! Escuché en las noticias que el auto se había despeñado... Pensé que eras tú, casi me muero del susto...

Me congelé ante su contacto, apartándola suavemente, pero con firmeza.

—Ji-hoon está adentro, madre —musité, sintiendo que la garganta se me cerraba.

Ella pestañeo, procesando mis palabras. De pronto, la expresión de terror desbordante en su rostro se disipó, transformándose en una mueca de evidente alivio y fría indiferencia.

—Ah... ¿era Ji-hoon? —murmuró, dejando escapar un largo suspiro mientras se acomodaba el vestido—. Qué susto me he llevado. Por un momento pensé que todo nuestro esfuerzo por la corona se venía abajo. Menos mal que fuiste tú quien se quedó en palacio. Ese muchacho solo sirve para atraer la desgracia... Siempre buscando meterse donde no lo llaman.

El aire se volvió tóxico. Escuchar esas palabras frente a las puertas del quirófano encendió una chispa de furia primigenia que jamás pensé poseer.

—¡Ya basta! —estallé, gritándole a la cara sin importarme la presencia de los guardias o el personal médico—. ¡Cállate de una buena vez! ¡Es tu hijo! ¡Tu hijo menor está al borde de la muerte y lo único que te importa es la dichosa corona!

—¡Seo-him, no me alces la voz! —reprendió ella, sorprendida por mi arrebato.

—¡Le he tolerado toda la vida su desprecio hacia él, pero esto supera cualquier límite! —proferí con lágrimas de impotencia quemándome los ojos—. Ji-hoon abordó esa camioneta esta noche únicamente para cuidarme, ¡porque vio que yo no podía más con el cansancio! Si mi hermano está muriendo en esa cama, es por mi culpa... ¡pero también por la tuya, por haberlo tratado como una basura marchita toda su vida!

Mi madre abrió la boca para rebatir, pero sus palabras se congelaron cuando la puerta de la unidad de cuidados intensivos se abrió. El médico cirujano emergió con el rostro sombrío, quitándose la mascarilla.

—¿Cómo está mi hermano, doctor? —supliqué, abalanzándome hacia él.

—Su Majestad... la situación es sumamente crítica —informó el especialista con tono grave—. El Príncipe sufrió ahogamiento severo, múltiples contusiones en el tórax y un traumatismo craneoencefálico severo debido al impacto. Logramos estabilizar sus signos vitales, pero su cerebro ha entrado en un estado de coma profundo.

—¿Cuándo va a despertar? —inquirió mi madre con voz fría, casi por puro compromiso.

—No podemos saberlo, señora —suspiró el médico—. Podría ser en unas horas, en unos meses... o tal vez nunca. Solo nos queda esperar.

Un sollozo ahogado se me escapó del pecho. En ese preciso instante de devastación, el sonido de unos pasos firmes resonó por el pasillo. Un hombre de unos cincuenta años, de porte elegante, traje a la medida y una mirada tan gélida como el acero, se aproximaba acompañado por dos escoltas privados.



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En el texto hay: politica, romance, accion

Editado: 05.09.2026

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