Ji-hoon…
Oscuridad. Una densidad negra y pesada me aprisionaba el cuerpo, sofocándome en un abismo donde el tiempo parecía no existir. Intentaba mover los párpados, pero pesaban como losas de piedra. En medio de aquella penumbra, una pregunta martilleaba mi mente, fragmentándola en dos: ¿Quién soy verdaderamente? ¿El muchacho de dieciocho años, débil, humillado e invisible, que lloraba en silencio por el desprecio de su madre? ¿O el Rey Young, el estratega impiadoso que gobernó un imperio a hierro y fuego, extendiendo sus dominios a través del dolor y la victoria?
Mis pensamientos eran un caótico torbellino. No poseía la fuerza suficiente para recuperar el control de mis miembros. De pronto, la frialdad de la realidad irrumpió en mi transé: sentí la presión de unas manos ajenas sujetando con rigidez mi brazo derecho.
—Es una pena, joven Príncipe... —susurró una voz desconocida y rasposa a escasos centímetros de mi oído—. Pero hay que terminar el trabajo. Cianuro directo a la vena. Después de todo, ni siquiera la persona más cercana a ti te quiere con vida.
Las palabras resonaron en mi conciencia como un latigazo. La persona más cercana a mí. La orden de mi ejecución venía de alguien dentro del círculo íntimo, alguien que respiraba el mismo aire del palacio. La aguja rozó la piel de mi antebrazo.
En ese instante de peligro mortal, la fragilidad de Ji-hoon fue desplazada por el instinto bélico reprimido durante siglos. Forcé mis ojos a abrirse de golpe. La luz cegadora del quirófano no me detuvo: antes de que el émbolo se desplazara, mi mano izquierda se disparó con una velocidad e ingenio que mi cuerpo de diecisiete años jamás había ejecutado. Sujeté la muñeca del agresor, tensionándola con la precisión de un guerrero letal, obligándolo a soltar la jeringa. Con el mismo impulso, le propiné un impacto seco con el nudillo en la mandíbula.
El hombre, vestido con bata médica y un barbijo que ocultaba su rostro, soltó un alarido de dolor y sorpresa. Tropezó contra las mesas de instrumental quirúrgico, haciendo estallar frascos de cristal al suelo, y huyó despavorido por la puerta antes de que pudiera erguirme. Mis fuerzas se agotaron de inmediato; colapsé sobre la almohada, jadeando, incapaz de perseguirlo.
El estrépito de la lucha hizo que tres guardias de la comitiva real irrumpieran en la habitación con las armas desenfundadas.
—¡Su Alteza! ¡¿Qué sucedió?! —exclamó el capitán, observando el desastre y la jeringa destrozada en el suelo.
—¡Llamen al médico de guardia! —ordenó el otro.
Minutos después, el equipo médico examinaba minuciosamente mis constantes vitales. Escuchaba sus susurros asombrados hablando de un "milagro médico" de un coma profundo. Sin embargo, no había calidez en mi rostro. Mi mirada, antes esquiva y temerosa, se había vuelto fría, penetrante y distante. Los recuerdos de dos vidas colisionaban en mi cabeza: los recuerdos del joven maltratado de dieciocho años y las memorias del monarca de cuarenta años. Un puzle incompleto. Recordaba las batallas, la gloria, la estrategia militar... pero mi memoria pasada se cortaba drásticamente a los cuarenta años. No recordaba cómo morí en aquella era; solo sabía, por los libros de historia que leí en la escuela, que mi palacio fue devorado por las llamas.
Cuando el médico concluyó que mi estado era extrañamente estable, le ordené al capitán de la guardia que se acercara.
—Información —exigí. La frialdad y el matiz autoritario de mi voz hicieron que el soldado se pusiera firme por instinto.
—Su Alteza... ha estado en coma exactamente un mes desde el accidente en el río —reportó el oficial, bajando la vista—. La camioneta real fue saboteada. Las investigaciones determinaron que cortaron las líneas de freno. El Rey ha estado buscando al responsable, pero la investigación está estancada.
—A partir de este instante, queda prohibido el paso a esta habitación para cualquier persona —sentencié con tono tajante—. Nadie entra. Ni siquiera el Rey sin mi autorización previa. Y quiero que revisen las cámaras de seguridad del hospital de los últimos diez minutos. Acaban de intentar matarme de nuevo.
—Pero su Alteza como detenemos al Rey de entrar es impo… —intento decir el guardia, pero con una mirada fulminante que le di palideció y respondió—. Como ordene su Alteza, con permiso.
El guardia se retiró de inmediato a cumplir la orden.
Quedé a solas con el silencio de la habitación.
¿De porque le di la orden de no dejar entrar ni a mi hermano?, fácil de responder: no dejo de pensar lo que dijo el sicario “alguien muy cercano a ti dio la orden de asesinarte”, no es que desconfié de mi hermano, pero lo quiero mantener lejos, porque está claro que me quieren rematar de una vez por todas, por otra parte, no podía encajar las piezas de mi mente. Tenía sentimientos encontrados: la vulnerabilidad del muchacho que fui se entrelazaba con la astucia despiadada del rey que alguna vez goberné.
De pronto, un altercado rompió la calma del pasillo. Se escuchaban gritos y protestas amortiguadas. La puerta se abrió y mi guardia entró, visiblemente apenado.
—Su Alteza... es el Rey. Exige verlo.
—Déjalo pasar —ordené suavemente.
Seo-him atravesó el umbral con el rostro deshecho, con profundas ojeras y la ropa arrugada. Al verme despierto y consciente, las lágrimas brotaron de sus ojos. Corrió hacia la cama y me envolvió en un abrazo desesperado, temblando contra mi pecho.
Editado: 05.09.2026