Una Cupido en Praga

Capítulo 1

Narrado por Daisy

La novia estaba a punto de lanzar el ramo cuando me di cuenta de algo: si yo no hubiera intervenido dos años atrás, probablemente ninguna de las personas que estaban ahí estaría celebrando esa boda.

Ni el vestido blanco.

Ni las flores.

Ni la enorme torre de copas de champaña que brillaba bajo las luces colgadas entre los árboles.

Ni Sebastián mirando a Rebeca como si fuera la única mujer en aquel jardín.

Nada de eso habría ocurrido.

Bueno, probablemente la torre de champaña sí.

Era espectacular y, viendo el tipo de invitados que había esa noche, estoy segura de que alguno de esos ricos habría encontrado cualquier excusa para poner una igual en una de sus fiestas.

La ceremonia se había celebrado al aire libre, en los jardines de una antigua propiedad a las afueras de Praga. Detrás de nosotros se levantaba una enorme residencia de piedra clara, de esas que parecen demasiado elegantes para llamarlas simplemente casas y demasiado pequeñas para llamarlas castillos.

El césped parecía recién recortado con tijeras.

Había mesas cubiertas de manteles blancos, arreglos florales por todas partes y cientos de pequeñas luces cálidas suspendidas entre los árboles.

Incluso el clima se había portado bien.

Un milagro considerando que llevábamos semanas revisando el pronóstico.

—¿En qué piensas? —preguntó Fabi a mi lado.

—En que hicimos un buen trabajo.

Fabi siguió mi mirada hasta los recién casados, que intentaban avanzar entre una multitud de familiares decididos a conseguir una fotografía con ellos.

—¿Buen trabajo? —levantó su copa—. Daisy, esos dos se acaban de casar. Yo diría que hicimos un trabajo espectacular.

Sonreí.

No podía discutirle eso.

Dos años antes, Rebeca y Sebastián ni siquiera sabían que el otro existía.

Sus padres sí.

Y ese pequeño detalle había sido suficiente para que una tarde cualquiera ambos se sentaran conmigo en una cafetería de Praga y me hicieran una propuesta.

Querían que sus hijos se conocieran.

No obligarlos.

No comprometerlos.

No arreglar un matrimonio como en una novela del siglo pasado.

Solo querían una oportunidad.

Una de esas casualidades que parecen obra del destino.

Y crear casualidades era precisamente mi especialidad.

Dos años después estaba observando el resultado mientras una pequeña banda tocaba cerca de la terraza de la residencia y varios invitados levantaban sus teléfonos para grabar a los novios.

—¡Daisy!

Me giré.

El padre de Rebeca se acercaba acompañado por la madre de Sebastián. Cada uno llevaba una copa de champaña.

—Ahí está nuestra genio —dijo él.

—No empiece —respondí riéndome.

—¿Por qué no? Es la verdad.

La madre de Sebastián me tomó del brazo.

—Hace dos años te dije que esto era una locura.

—Lo recuerdo perfectamente.

—También te dije que jamás funcionaría.

—Eso también lo recuerdo perfectamente.

—Y ahora mira.

Los cuatro observamos a Rebeca y Sebastián.

Él acababa de decirle algo al oído y ella se reía mientras intentaba apartarlo porque una fotógrafa les pedía que miraran hacia la cámara.

—Se ven felices —dijo la mujer.

Había algo distinto en su voz.

Orgullo, quizá.

O esa emoción que tienen los padres cuando observan a sus hijos entrar a una nueva etapa de su vida y quieren fingir que no están a punto de llorar.

—Lo son —respondí.

El padre de Rebeca señaló hacia una zona un poco más apartada del jardín, debajo de un enorme tilo cuyas ramas cubrían parte de las luces de la fiesta.

—Vamos a brindar tranquilos antes de que alguien vuelva a secuestrarnos para una fotografía.

Fabi apareció inmediatamente a mi lado.

Nunca sabía dónde estaba cuando había que trabajar, pero misteriosamente siempre aparecía cuando alguien pronunciaba las palabras champaña, comida o postre.

—¿Brindis? —preguntó.

—Brindis —confirmé.

Nos alejamos unos metros del resto de los invitados hasta quedar bajo el árbol.

Desde allí todavía podían verse la pista de baile, las mesas y la fachada iluminada de la residencia, pero el ruido llegaba ligeramente más bajo.

Tomé una copa de la bandeja de un mesero que pasaba.

El padre de Rebeca levantó la suya.

—Por el amor.

—Por el amor —repetimos.

La madre de Sebastián miró hacia mí.

—Y por un trabajo muy bien hecho.

—Eso sí —dijo Fabi—. Yo brindo dos veces.

Todos nos reímos.

—No sé cómo lo haces, Daisy —continuó la mujer—. Pero si alguien vuelve a preguntarme por ti, tendrá tu número antes de terminar la pregunta.

—Ese es el mejor tipo de publicidad.

—No necesitas publicidad —respondió el padre de Rebeca—. Después de esto te vamos a recomendar con todo Praga.

—Por favor no con todo Praga.

—¿Por qué?

—Porque también me gusta dormir.

Volvimos a reír.

Y entonces ocurrió algo que, aunque jamás admitiría frente a ellos, me conmovió bastante.

La madre de Sebastián me abrazó.

No fue un abrazo elegante y educado de esos que uno da en una boda.

Fue un abrazo de verdad.

—Gracias —me dijo al oído—. En serio.

Me tomó por sorpresa.

Porque mi trabajo normalmente terminaba mucho antes de momentos como aquel.

Yo provocaba un encuentro.

Creaba las condiciones.

Movía algunas piezas.

Después desaparecía.

No necesitaba invitaciones de boda.

Ni agradecimientos.

Ni fotografías.

Mi trabajo se desarrollaba mejor cuando nadie sabía que había existido.

Pero aquella familia había insistido en que estuviera presente.

Y, siendo completamente sincera, ¿quién era yo para rechazar la invitación de una familia tan poderosa?

Aquella boda estaba llena de empresarios, políticos, amigos y parientes con apellidos importantes.




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