Una Cupido en Praga

Capítulo 2

Narrado por Daisy

Hay pocas cosas en mi vida que considero imperdonables.

Llegar tarde es una de ellas.

Por eso, cuando abrí los ojos aquel lunes y vi que eran las 7:25 de la mañana, mi primera reacción fue pensar que el reloj estaba mal.

Mi segunda reacción fue recordar que los relojes rara vez se equivocan.

—Mierda.

Salté de la cama.

Todos los días me despertaba a las 6:36.

No a las 6:30.

No a las 6:35.

A las 6:36.

¿La razón?

No tengo idea.

En algún momento de mi vida puse la alarma a esa hora y después de repetirlo suficientes veces se convirtió en una de esas costumbres absurdas que uno ya no cuestiona.

Pero aquella mañana las 6:36 habían pasado hacía casi una hora.

Y yo seguía en pijama.

Dos días después de la boda de Rebeca y Sebastián, tenía que reunirme temprano con Fabi para revisar nuestro siguiente trabajo.

Me lavé los dientes mientras intentaba acomodarme el cabello con la otra mano.

Me cambié la ropa interior.

Me puse lo primero decente que encontré.

Me recogí el pelo.

Agarré un pedazo de pan, me serví medio vaso de jugo de naranja y desayuné de pie mientras buscaba mi bolso.

Todo eso en menos de quince minutos.

Probablemente un récord personal.

Cuando salí de mi departamento todavía estaba terminando el último pedazo de pan.

Excelente.

Cupido profesional.

Cien bodas.

Incapaz de escuchar una alarma.

Aquella semana trabajaríamos desde Café Savoy.

No teníamos oficina.

Nunca la habíamos necesitado.

Y si tenía que elegir entre pasar ocho horas encerrada frente a un escritorio o trabajar desde uno de los cafés más elegantes de Praga, la decisión no era particularmente complicada.

Cuando llegué, Fabi ya estaba sentada esperándome.

Por supuesto.

El único día que yo llegaba tarde, ella tenía que llegar temprano.

—Buenos días, bella durmiente.

Dejé mi bolso sobre la silla.

—No empieces.

Fabi miró la hora.

—¿Se te pegaron las cobijas?

—¿Eso qué significa?

—Que no te querías levantar.

—Tú y tus frases colombianas otra vez.

Me senté frente a ella.

El café estaba comenzando a llenarse. Meseros iban y venían entre las mesas bajo aquel enorme techo decorado que hacía que desayunar allí se sintiera mucho más importante de lo que realmente era.

—Me quedé leyendo anoche —dije.

Fabi sonrió inmediatamente.

—Ah.

Conocía esa sonrisa.

—¿Qué?

—¿La de los hombres lobo sadomasoquistas?

Miré hacia las mesas cercanas.

—¡Shhh!

—¿Qué?

—Baja la voz.

—Solo pregunté.

—No tienes que anunciarle a todo Praga lo que leo.

—Yo no te juzgo.

—Tu cara dice lo contrario.

—A mí me parece muy bien que leas.

Hizo una pausa.

—Sobre todo si son lobos musculosos haciendo cosas…

—Fabiola.

—Ya, ya.

Tomé aire.

—Además, tú sabes perfectamente cuáles son los que me gustan.

—Precisamente por eso pregunté.

Negué con la cabeza.

Fabi sonrió satisfecha.

—Bueno, como hoy decidiste honrarnos con tu presencia, te tengo una sorpresa.

—¿Qué hiciste?

—¿Por qué siempre asumes que hice algo?

—Experiencia.

Fabi levantó la mano hacia uno de los meseros y le hizo una seña que supongo que ella consideraba seductora.

En realidad parecía estar tratando de dirigir un avión.

—¿Qué haces?

—Seducción europea.

—Parece que tienes un calambre.

—Cállate.

El mesero se acercó intentando disimular una sonrisa.

Llevaba un plato.

Sobre él había una pequeña rebanada de pastel y, escrito cuidadosamente a un lado, un mensaje:

Felicidades por tus 100 bodas.

Me quedé mirándolo unos segundos.

—Fabi…

—¿Te gusta?

Sonreí.

—Muchísimo.

—Sabía que sí.

—No tenías que molestarte.

—No fue ninguna molestia.

Se acomodó tranquilamente en su silla.

—De hecho, lo pagué con la tarjeta de la empresa.

La miré.

—¿Me compraste un pastel con mi dinero?

—Nuestro dinero.

—Mi dinero.

—Detalles administrativos.

—Fabi.

—No arruinemos un momento bonito hablando de contabilidad.

Tomé el tenedor.

—Bueno. A trabajar.

—Ni siquiera has probado el pastel.

—Puedo comer y trabajar.

—Eso es muy triste.

—Los siguientes clientes.

Fabi suspiró dramáticamente y abrió su tableta.

—Está bien.

Deslizó un dedo por la pantalla.

—Nuestro próximo trabajo será enamorar a un CEO de treinta y cinco años, exitoso, soltero, guapo y, según las fotografías que me enviaron…

Volvió a mirar la pantalla.

—Muy rico.

—¿Cuánto?

—Muchísimo.

—¿Patrimonio?

Fabi me miró.

—Yo no estaba hablando de dinero.

Me quedé en silencio.

Ella sonrió.

—Fabi.

—¿Qué? Mira la foto.

—No.

—Mide casi metro noventa.

—Eso tampoco es relevante.

—Depende de qué estemos midiendo.

—Fabiola.

Soltó una carcajada.

—Está bien, está bien. También tiene muchísimo dinero.

—Eso sí es relevante.

—Y tenemos que conseguir que se enamore de una genia del marketing de veintiocho años, guapísima, inteligente y aparentemente igual de ocupada que él.

—Interesante.

—Yo ya los veo juntos.

—Todavía no los conoces.

—No importa. Van a tener bebés hermosos, una casa enorme y vacaciones familiares todos los años en Maldivas.

—¿Ya planeaste hasta las vacaciones?

—Estoy comprometida con el proyecto.

—Concéntrate.

Tomé un pedazo de pastel.

—¿Quién nos contrató?

Fabi volvió a revisar la información.

—El papá del chico y el abuelo de la chica.

Eso sí llamó mi atención.

—¿Juntos?

—Juntos.

—Entonces ya se conocen.




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