Una Cupido en Praga

Capítulo 3

Narrado por Daisy

El doble.

Víctor y Alexander estaban dispuestos a pagarme el doble de mi tarifa habitual.

En cualquier otro trabajo, esa habría sido una excelente noticia.

En el mío también.

Solo había un pequeño problema.

No aceptamos devoluciones.

Desde que salí del club de golf, aquella frase no había dejado de dar vueltas en mi cabeza.

No era el dinero.

Bueno, quizá un poco.

Era muchísimo dinero.

Pero lo que realmente me incomodaba era la seguridad con la que lo habían dicho.

No querían recuperar su inversión si yo fracasaba.

No contemplaban el fracaso como una posibilidad.

Esto se logra porque se logra.

En todos mis años haciendo este trabajo había aprendido algo sobre las familias poderosas: mientras más dinero tenían, menos acostumbradas estaban a escuchar la palabra no.

Y Víctor y Alexander eran muy poderosos en Praga.

Por eso no había firmado nada.

Todavía.

Nunca aceptaba oficialmente un trabajo antes de hacer mi propia investigación.

Primero investigaba.

Después observaba.

Luego decidía.

Y solamente si estaba convencida de que las dos personas tenían posibilidades reales de ser felices juntas, firmaba el contrato.

Porque había algo que mis clientes a veces olvidaban.

Yo podía crear encuentros.

Podía provocar coincidencias.

Podía conseguir que dos desconocidos terminaran compartiendo una mesa, un viaje o una conversación.

Pero jamás uniría a dos personas solamente porque sus familias consideraban que sus apellidos combinaban bien.

Seguía creyendo en el amor.

Supongo que después de todo lo que me había ocurrido con Anton, eso era bastante sorprendente.

Pero así era.

Antes de unir a dos personas necesitaba saberlo todo.

Edad.

Familia.

Trabajo.

Dinero.

Relaciones anteriores.

Amigos.

Rutinas.

Gustos.

Lugares que frecuentaban.

Qué hacían cuando estaban felices.

Qué hacían cuando estaban estresados.

Y, sobre todo, necesitaba responder una pregunta:

¿Pueden estas dos personas hacerse felices?

Para averiguarlo tenía un arma secreta.

Fabi.

—¿Cómo te fue con los ricachones en el club?

Fabi apareció en la pantalla de mi computadora con la boca llena.

—¿Qué estás comiendo?

Levantó algo redondo frente a la cámara.

—Buñuelos.

—¿Otra vez?

—Los hice ayer.

—¿Cuántos hiciste?

Fabi miró hacia un punto fuera de cámara.

—Esa pregunta me parece invasiva.

—Estás almorzando buñuelos.

—Son más de las cinco de la tarde.

—Eso lo hace peor.

—No critiques la gastronomía colombiana y dime cómo te fue.

Se metió otro pedazo en la boca.

—¿Cerraste el negocio?

—Todavía no.

Fabi dejó de masticar.

—¿Por qué?

—Pagarán el doble.

Sus ojos se abrieron.

—¿El doble?

—Sí.

—Retiro todo lo dicho. Me encantan esos señores.

—Pero no podemos cometer errores.

—Nosotras nunca fallamos.

—Algún día podríamos hacerlo.

—Hoy no.

—Fabi, son muy poderosos. Si algo sale mal, no creo que se conformen con pedirme una disculpa.

—¿Qué van a hacer? ¿Romperte las piernas?

La miré.

—No ayuda que preguntes eso.

—Perdón.

Se comió otro pedazo de buñuelo.

—No van a romperte las piernas.

—Gracias.

—Probablemente.

—Fabi.

—Daisy, relájate. Lo vamos a conseguir.

Se limpió los dedos con una servilleta.

—Además, si van a pagar el doble, supongo que este miércoles la asistente estrella recibirá un aumento.

—¿Este miércoles?

—No me gusta esperar.

—Ni siquiera hemos aceptado el trabajo.

—Pensamiento de pobre.

—Te voy a colgar.

—Espera.

Fabi acercó la cara a la cámara.

—¿Cómo está Ludovico?

Me quedé inmóvil.

Ludovico.

Veterinario.

Seis de la tarde.

Miré el reloj.

5:37.

—¡Mierda!

—¿Qué?

Me levanté de golpe.

—¡La cita!

—¿Cuál cita?

—¡Ludovico!

—Ay, Daisy…

—Tengo que irme.

Agarré mi bolso mientras intentaba ponerme los zapatos.

—Empieza a investigar a Nicolás y Elena. Todo, Fabi. Familia, exparejas, trabajo, rutinas, gustos, lo que encuentres.

—¿Y los viejitos?

—También.

—No les digas viejitos cuando firmemos.

—Te mando ahora mismo los nombres completos. Nos vemos mañana en Savoy.

—¿A qué hora?

—Ocho.

—¿Y mi aumento?

—¡Adiós, Fabi!

Cerré la videollamada.

Llegué a la veterinaria a las 6:10.

Diez minutos tarde.

Dos veces en un mismo día.

Aquello empezaba a convertirse en una crisis de identidad.

—Perdón —dije apenas crucé la puerta—. Tuve una reunión importantísima y después perdí completamente la noción del tiempo.

La veterinaria me miró.

Después miró hacia abajo.

—Pero ya llegó Ludovico —añadí.

—Eso veo.

—Y él sí quería llegar puntual.

—Estoy segura.

Me agaché.

—Discúlpate, Ludovico.

No hizo nada.

—Está avergonzado.

—Se nota.

La veterinaria señaló la mesa de exploración.

—Vamos a revisarlo.

Lo ayudé a subir.

—Primero voy a revisar sus signos vitales.

Asentí.

Lo examinó con calma mientras yo le acariciaba la cabeza.

—Muy bien, campeón —murmuré—. No pasa nada.

—Voy a tomarle la temperatura.

—Perfecto.

La veterinaria levantó el termómetro.

Ludovico la miró.

Yo miré el termómetro.

Después miré a Ludovico.

—Perdóname.

La veterinaria colocó el termómetro donde tenía que colocarlo.

—¡Oink! ¡Oink!

—Ya sé, mi amor.

—¡Oink!

—No me mires así. Yo tampoco inventé este método.

Por cierto…




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