Una de miedo

Una de miedo

Mis queridos pequeños y no tan pequeños de la casa. Antes de nada deciros que en este cuento no hay final feliz ni perdices que comer porque ¿qué culpa tienen ellas de la felicidad de los demás? Este es un cuento contado y recontado, sin mayores pretensiones que dar algún que otro diminuto susto. Y es que seamos sinceros ¿a quién no le gusta pasar un poquito de miedo? ¿Verdad?

 Este cuento, narrado desde la vigía de sueños inquietos, dará como resultado escuchar golpeteos en la ventana de vuestra habitación. El cristal, velado tras la lluvia, proyectará mil caras mezcladas y apretujadas al ritmo de los truenos. En este cuento, pasado de boca en boca, nadie ha vivido felizmente porque aquí tal cosa no tiene cabida. Se dan cúmulos de fatalidades que merodean a lo largo del perfil de la madrugada. Dejan a su espalda desvelos incipientes y miradas esqueléticas afanándose por salir detrás de las cortinas.

 Gatos bufando, perros aullando y huellas perdurables en el espejo del baño. Inquietante testigo ellas de la presencia de entidades sobrecogedoras que pronto mostrarán algo más que esas huellas. Yo me lo creo ¿y vosotros? Debo insistir en que este no es un cuento contado y recontado al uso. Podría juraros que esta fábula fabulosamente fabulosa es pavorosa desde su simpleza. ¡Qué miedo sólo imaginarlo!

 Mirarlas, luces sobre vuestras cabezas que van sucumbiendo, una tras otra, hasta descomponerse en penumbra. Lo queráis o no ya estáis sugestionados ¿consecuencia? Veréis cosas que no están ahí ¿o sí lo están? ¡Uy, no sé yo! Y como en las películas del género echáis a correr, tropezáis y caéis. Os levantareis tan rápido como podéis y nada más dar dos pasos volveréis a trastabillaros. Finalmente retomareis la carrera para volver al suelo ¡cuánta torpeza en el peor momento!…

 Vuestros rostros parecen desencajarse de horror. ¿Los veis? ¿Los notáis? El sudor perla vuestras frentes. La columna os retumba, la quijada martillea como una ametralladora y las piernas se os aturullan. Derredor pronto oscurece, como en esas noches invernales que nunca finalizan. ¡Ya llegan! Esas cosas se mueven al crepúsculo ¿qué cosas? Jinetes de pesadilla que galopan tan rápido como les dejéis hacerlo.

 Este bien podría ser un cuento contado y recontado en desuso. ¡Pobre de él! Una fábula fabulosamente fabulosa de aprensiones irracionales. Imaginad aquella vieja casona aislada del mundo, anclada sobre un agreste acantilado donde persistentemente rompe el mar. De madrugada casi siempre llueve, caen relámpagos y soplan con inquina los vientos. Una catarsis de agua salada tenaz hasta en su aroma. Bajo ese diluvio cada uno de vosotros presiente a alguien acechando entre las afiladas rocas. Tal vez buscando el momento propicio para saltar sobre vuestras pequeñas gargantas. Y claro, no os atrevéis a mirar no vaya a ser que, efectivamente, algo o alguien esté ahí…

 Espeluznantes gritos, aparecidos de ultratumba, tarántulas como puños, gárgolas de afiladas garras, depredadores con ojos inyectados en sangre, bosques susurrantes y demás parafernalias con el fin de escribir cuentos agrios. No, definitivamente esto de acá no es un cuento contado y recontado al uso. Tampoco se podrá extraer moraleja alguna de tal compendio de palabras y por ende haceros a la idea mis estimados sufridores.

 Abrir la galería de vuestros móviles pues os han dejado fotos escalofriantes. Al verlas, porque las veréis, pasaréis desvelados las noches venideras. ¡Qué bien! ¡A temblar! Bueno al menos un poquito. De normal temblores en la madrugada delictiva. Niños y niñas arrinconados por monstruos que campean en el armario o por espíritus demacrados que arrastran sus penas bajo la cama. Animaros, podéis echar un vistazo…

 Desvelos infantiles aflorando al mismo tiempo que manos huesudas y dedos escuálidos. ¿Veis cómo se cierran sobre sí mismos? ¡Claro! Así podrán golpear la puerta de vuestra habitación. ¿No tenéis pensado dejadlos entrar?…

 Viene el hombre del saco y viene a por vosotros y sin vosotros no se irá. No importa que os cubráis con la sábana o que busquéis la luz bienhechora del celular. No, porque estáis durmiendo bien despiertos y él lo sabe.

 No se puede narrar este cuento al calor de la chimenea ni escuchar el crepitar de los leños sin sentir, al menos, un tembleque prolongado ¡Cuán delicioso es! Séalo pequeños y no tan pequeños de la casa puesto que este cuento contado y recontado se susurra entre iguales. Y debe hacerse a público entregado, compuesto en su mayoría por zombis y hombres lobo; vampiros y momias del Antiguo Egipto, insectos gigantes e invasores de otros mundos, fantasmas de blancas sábanas y científicos de pelos encrespados, carreteras solitarias y cabañas del bosque… ¡Ay! ¡No sé cuál da más repelús!

 Contad hasta diez mis amigos y pensad en lo que os he dicho. Tomaros vuestro tiempo y al terminar experimentaréis otro apetecible tembleque. ¡Qué deleite! Seguid contando, no pasa nada. Afinad la oreja ¿escucháis esas risotadas de bruja montada en su escoba y gato negro al hombro? Escuchad un poco más. Ahora aullidos desconcertantes de hombre hecho lobo por una mordida inesperada; el vuelo desenfrenado del vampiro y ese muerto viviente saliendo de su tumba…

 Percibiréis diferentes e inquietantes premoniciones. El lento peregrinar de los que ya no están entre nosotros, haciendo camino de su pena. Cargan faroles prendidos y hacen sonar campanillas de plata ¿qué anunciarán? A lo mejor ¿qué pronto os uniréis a ellos? Diferentes estremecimientos, prácticamente en lucha constante con el sentido común mas ¡Ay! El menos común de los sentidos es. ¿Y los monstruos sin rostro? ¿Podéis verlos? ¿Escucharlos? ¿No? Pues están pegados a vuestros colchones, tirando hacia atrás de las sábanas.

 Efectivamente amigos míos, hete aquí un cuento contado y recontado. Premeditado en su esencia, listo para dejar caer uno, dos o tres pequeños sustos. Acá se apilan sospechas y voces susurrantes; alaridos sordos y arañazos en la pared. Pasos tétricos acercándose desde el sótano y entidades malvadas aguardando en el ático ¿no vais a subir?…




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